La rebelión de los hombres buenos. Subtítulo: “Cómo la masculinidad ha sido robada y cómo puede rescatarse”.

Estoy tan hasta el gorro de mujeres reflexionando sobre la mujer -¿no tienen otro tema?- como de las soflamas feministas. Y el feministo, es decir, el especimen feminista de género masculino, es todavía más insoportable. Ya saben que todavía hay algo más tonto que un obrero de derechas: un hombre feminista.

En general, no soporto el narcisismo feminista. Mujeres alabando a otras mujeres, habitualmente por cuestiones ajenas a la feminidad o reescribiendo la historia como una eterna esclavitud del sexo femenino por el masculino, siempre sádico. Y todo ello sin límite.

El feminismo ha provocado odio a la maternidad y odio al varón. Un balance de lo más exitoso

Las primeras me recuerdan la vulgaridad en la que puede decaer el genio femenino, siempre exagerado, para el bien y para el mal. Las segundas me hastían porque llevamos medio siglo de feminismo -todo él radical- y estoy hasta el gorro de que no se pueda hablar de otra cosa que de la mujer. Una mujer, por lo demás, sujeto de derechos sin deber alguno, lo que contradice la principal virtud femenina: la creatividad, hacer cosas. La pereza es defecto masculino.

¡Cuánto daño ha hecho el feminismo a la mujer! Al despreciar al hombre, ha conseguido que el varón huya de ella o, en el mejor de los casos, la utilice. Total, que la fémina se ha quedado sola.

Además, el feminismo ha provocado odio a la maternidad y odio al varón. Por lo primero, ha sido el iniciador y promotor de esta siniestra era abortera. Por el odio al varón ha provocado la batalla global más estúpida de la historia, media humanidad contra la otra media. Un balance de lo más exitoso.

De la mujer es la justicia; del hombre, la fortaleza. En armonía cada sexo toma prestado la virtud del otro. Con el feminismo, ese toma y daca es imposible

Con lo sencillo que resulta contemplar la maravilla que es la creación del hombre dividido en dos sexos, tan distintos como complementarios. De la mujer es la justicia; del hombre, la fortaleza. En armonía, cada sexo toma prestado la virtud del otro. Con el feminismo, ese toma y daca es imposible.

Y por todo ello, me ha encantado la valentía de María Calvo, profesora de la Universidad Carlos III, quien, con una pluma envidiable, pero sobre todo, con un cerebro afilado, reivindica la masculinidad, un fenómeno tan relevante que su marginación daña a hombres y mujeres.

Ese libro no se lee bien, se lee con ganas. Yo creo que hasta a la verdulera de Irene Montero le gustaría.  

Relacionado