Esta semana me he empachado de noticias y de reflexionar sobre los hechos que han contado. Y les confieso que estaría tentado a huir de España si no fuera porque confío en Dios y, en concreto, en la promesa que Jesucristo hizo al Padre Hoyos, y que el miércoles la festividad de la Virgen de Fátima, con su promesa paralela a la anterior, endulzara mis pensamientos.
Por ejemplo, al seguir las elecciones andaluzas no he podido por menos que pensar con enorme tristeza que es imposible caer más bajo en zafiedad, hipocresía, cinismo, imprudencia temeraria, manipulación, falsedad e inanidad y vacuidad intelectual, moral y espiritual. Y, aún peor, es tremendo que eso se acepte y se aplauda por los votantes y que no se analice debidamente por la mayor parte de los periodistas, cuyo “objetivismo” en unos casos, y su sectarismo en otros, es cada vez más execrable.
Y no digamos al conocer los nuevos casos de la ignominia que supuso que, mientras morían miles de personas, los ciudadanos estábamos confinados, y a muchos no nos dejaron ir a enterrar a nuestros seres queridos, miembros del Gobierno, con el “noble” fin de satisfacer su desbocada lujuria, utilizando todo tipo de trapisondas, viajaban y vulneraban todas esas medidas que imponían a los demás.
O la tristeza y pesar de ver de nuevo que se haya abocado a dos de nuestros guardias civiles a una muerte segura.
Más allá de la acostumbrada abominable actitud del Gobierno, es muy duro comprobar fehacientemente que se esté facilitando la entrega masiva de droga para destruir personas y familias en una espiral diabólica.
Ha habido otros muchos casos que han podido inducir a la depresión a cualquiera que ame la Verdad, la Vida, la Libertad, la Justicia y… a España.
La única solución es que, de una vez por todas, recuperemos el espíritu, la sangre y la fuerza de los héroes y santos que han hecho que España tenga la historia más gloriosa de cuantas naciones han existido, pese a la calumniosa leyenda negra avivada por la masonería internacional y por la nacional
Pero ni deprimirse, ni huir a otro país, ni otras tentaciones lógicas que cada cual pueda tener arreglan nada. Ni tampoco pensar que, a día de hoy, haya soluciones meramente políticas. Así que, en consonancia con algunas de las cosas que he escrito en artículos anteriores, la única solución es que, de una vez por todas, recuperemos el espíritu, la sangre y la fuerza de los héroes y santos que han hecho que España tenga la historia más gloriosa de cuantas naciones han existido, pese a la calumniosa leyenda negra avivada por la masonería internacional y por la nacional, y singularmente apoyada por nuestro propio Gobierno actual.
Precisamente, y en tremendo contraste con lo que les he referido antes al reflexionar sobre las noticias, el libro que he leído esta semana refiere admirablemente esa historia y a mí me ha llenado de orgullo sano de ser español, con lo que las alegrías del pasado han aliviado también las tristezas del presente y han avivado los sueños de futuro. Se titula La cara de la moneda. Luces y glorias de España, del historiador José Antonio Soláns.
Evidentemente, no se trata de recuperar la grandeza del Imperio español, pero sí de echar a los enemigos que, desde arriba y desde dentro, intentan destruir nuestra identidad; de luchar con la fe, sentido del honor, dignidad, amor a la verdad y valentía necesarias para que en España brillen de nuevo la justicia y la libertad.
Y, para lograrlo, lo primero que tenemos que considerar prudencialmente es una jerarquía de criterios, que atañe a todos y que cada uno debería aplicar, con prudencia y creatividad, en su ámbito de actuación vocacional y profesional. Como la lista es muy larga, pues ahora mismo todo está al revés, me limitaré a enunciar los tres primeros.
Y el primer criterio es contar confiadamente con la ayuda de Dios, en todo y para todo, a través de Su Madre Santísima y Madre nuestra. Y esto tan sencillo, que es connatural al ser español y es de sentido común, de fe y razón unidas, y cuya eficacia se puede comprobar empíricamente, pues está presente en toda nuestra gloriosa historia, se ha ido perdiendo paulatinamente, sobre todo desde que en la Constitución del 78 ni siquiera se Le menciona ni se pide Su protección.
Lo primero es considerar tres criterios: contar confiadamente con la ayuda de Dios, en todo y para todo, a través de Su Madre Santísima y Madre nuestra; restaurar en nosotros y en toda la sociedad el amor a Dios y a la verdad, el respeto sagrado por la vida y la protección de la familia; y saber distinguir la ley natural de las leyes positivas
El segundo es que lo primero que tenemos que restaurar en nosotros y en toda la sociedad es el amor a Dios, el amor a la verdad, el respeto sagrado por la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, y la valoración y protección de la familia. Sin estas prioridades, todo lo que se haga es empezar la casa por el tejado. Y facilitará enormemente, entre otras cosas, la impunidad de unos gobernantes mentirosos o el plan de “sustitución de la población” que el Gobierno español, por mandato del Nuevo Orden Mundial (NOM), ha iniciado ya.
En tercer lugar, y como consecuencia del primer punto, y para facilitar los demás, saber distinguir la ley natural de las leyes positivas que, si no son acordes con aquella y, por tanto, son injustas, no sólo no hay que acatarlas personal y profesionalmente, sino que hay que promover una desobediencia civil contra ellas. Llevamos muchas décadas en que hemos dejado de poner en práctica que “hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres”. Y así nos ha ido y nos va.
Tengo la esperanza de que, en su próxima visita a nuestro país, aunque le hayan preparado un programa poco propicio para ello, el papa León XIV incida claramente en estos criterios, al modo de san Juan Pablo II: “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo…”; “El derecho a la vida es la raíz de todos los demás derechos y, por tanto, el fundamento de la democracia y de la paz”.
O al de la Santa Madre Teresa de Calcuta, en su memorable discurso cuando recibió el Premio Nobel de la Paz.
O al de Benedicto XVI: “Dios ama al embrión”; “El compromiso con la verdad es el alma de la justicia”; “Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad…”.
Habrá que seguir rezando para que así sea.