Por cuestiones personales que no vienen a cuento me traslado a un pueblo de la sierra norte de Madrid. Hablo con un párroco que atiende seis pueblos de la serranía, alguno de no más de 600 almas.
Almas generalmente avanzadas en años. Algunos no salen de casa así que tampoco pueden acudir a la iglesia, mucho menos si tienen que atravesar algún camino peligroso, para los de movilidad reducida.
Tampoco desean que el cura aparezca por su casa porque ya se sabe que cuando el cura entra en el 'domus' es que alguien se está muriendo.
Además, dejar al Santísimo en un pueblo es un peligro. Este siglo XXI no es cristianófobo: es directamente cristófobo.
Es cierto que hay ladrones que sólo buscan riquezas artísticas en las iglesias pero los satánicos buscan al Santísimo para misas negras y profanaciones varias. Y no son excepciones: vivimos entre demonios.
En todo caso, en la sierra de Madrid se vive esa iglesia de piedras y esa soledad del Santísimo y de los párrocos.
Con todo, este buen mosén me susurra algo que me deja de piedra: ¿La confesión? No existe. El sacramento de la penitencia está muerto en la sierra de Madrid.
Y esto es grave porque el pecado del siglo XXI es la pérdida del sentido del pecado. Vivimos una crisis gravísima, de la Iglesia y de la sociedad entera. Cuando los confesionarios crian telarañas, no hay nada que hacer.
La confesión rural ha dejado de existir... y la eucaristía diaria también, pero de humedades hablaremos luego.
Tenemos que meternos en la cabeza que el catolicismo es una religión sacramental. Sin sacramentos no hay Iglesia, no hay vida interior, no hay nada.