Como algunos de ustedes saben, gran parte de mi investigación académica estuvo dirigida al estudio de la desinformación y la manipulación informativa. Durante esos años comprobé fehacientemente que las personas que fueron objeto de una mayor y más variado ataque de los prejuicios, la superficialidad, las tergiversaciones y las mentiras mediáticas en todas sus formas -desde la simple mentira y la calumnia hasta la omisión de lo esencial y la sublimación de lo accidental- han sido los Papas, dentro de la manipulación sistemática contra la Iglesia Católica, ejercida por los principales medios de referencia del “regresismo”.
Y como una de las enfermedades sociales producidas por una imprudencia congénita, por un sistema educativo deficientísimo y por los propios medios es la “opinionitis”, casi todo el mundo se ha atrevido a juzgar a los papas, sin fundamento alguno en una reflexión sobre conocimientos verídicos.
Lógicamente, la propia fuerza de la realidad que se observa con los propios ojos y oídos, junto a las contrarréplicas de algunos medios católicos, y la excelente labor de su portavoz, hicieron que, en el caso de Juan Pablo II, las mentiras cayeran por su propio peso y que las personas de buena voluntad no cayeran en las trampas saduceas que contra él se forjaron.
Este fracaso de los medios “regresistas” no solo no les desanimó, sino que, desde el primer minuto, les impelió a atacar con más saña aún a su sucesor en la Cátedra de Pedro. Pero de nuevo la fuerza de la verdad, y la serenidad, humildad y sabiduría de Benedicto XVI, fueron un contrapeso eficaz a esa manipulación. Y su memoria en las personas de buena voluntad es de gratitud y admiración.
Durante esos años comprobé fehacientemente que las personas que fueron objeto de una mayor y más variado ataque de los prejuicios, la superficialidad, las tergiversaciones y las mentiras mediáticas en todas sus formas han sido los Papas
Sin embargo, con el papa Francisco, debido a su diferente personalidad, a su modo de actuar y de expresar sus pensamientos, a su forma peculiar de encarar los graves problemas de la Iglesia, y por qué no decirlo, a sus imprudencias y contradicciones, hicieron que esos medios, cogiendo muchas veces el rábano por las hojas, cambiaran su estrategia. Y, en vez de atacarlo, quisieron hacerle uno de los suyos, magnificando aquellas cosas que favorecían sus objetivos de mundanizar la Iglesia, desfigurando su rostro y su doctrina, y omitiendo descaradamente todas las acciones y palabras de Francisco que significaran seguir la misma senda que Cristo nos dio y enseñó.
Y, junto a ello, esos medios siguieron exaltando todas las acciones y planteamientos “regresistas” que se daban en muchas de las propias instituciones de la Iglesia, debido a la “mundanización” que se había operado en casi todas ellas y que ha calado también en muchos católicos de a pie. Por lo que han creado una mayor división en una Iglesia ya, desde años atrás, dividida entre fieles al Magisterio de siempre y a la estructura jerárquica instituida por Cristo, y los “mundanizados”, es decir, aquellos que, en vez de buscar que el mundo crea y siga la voluntad de Dios a través de Su Iglesia, buscan que Ésta se adapte y siga las ideologías, modas y estructuras de ese “mundo” que, junto con el demonio y la carne son, según el catecismo que estudié de pequeño, los tres enemigos del alma.
Como ya les dije en un artículo de hace unos meses, el Papa León se encuentra ante una situación de división y confusión babélica inmensa y dramática, aunque en aquella ocasión solo me referí al Camino Sinodal alemán por un extremo, y, por el otro, a la pretensión de ordenar Obispos propios por parte de los lefrevianos. Pero tiene ante sí mil problemas más que resolver, cuyo elenco haría muy largo este artículo.
¿Y cómo lo está resolviendo? O, expresándolo al modo en que me han preguntado algunos amigos, “¿de qué va este Papa?”
Pues a mi entender, y a tenor de la reflexión sobre sus palabras y acciones, y por el “tempo” de ellas, León XIV sabiéndose sucesor de Pedro y no de Francisco, se ha propuesto, según la oración solemne de Cristo clamando al Padre por la Unidad (“Que todos sean uno, como Tu y Yo somos Uno”), restituir esa Unidad en la Iglesia. Unidad en Cristo, Camino, Verdad y Vida.
Han creado una mayor división en una Iglesia ya, desde años atrás, dividida entre fieles al Magisterio de siempre y a la estructura jerárquica instituida por Cristo, y los “mundanizados”, es decir, aquellos que buscan que Ésta se adapte y siga las ideologías, modas y estructuras de ese “mundo”
Y lo está haciendo, por ahora, muy lentamente, con una prudencia exquisita, sin tomar aún decisiones quirúrgicas, ni siquiera las que muchos ven necesarias y urgentes como, entre otros ejemplos, sustituir a varios presidentes de Dicasterios Vaticanos importantes que han creado división y confusión, o intervenir con decisión en algunos problemas enquistados.
Por ahora, se ha limitado a reiterar la doctrina de siempre, sin improvisaciones, con textos previamente pensados y escritos, utilizando fuentes de la Sagrada Escritura y de grandes santos; a ser él mismo quien porte la Cruz en el Vía Crucis, con textos sacados de San Francisco; a frenar con delicadeza el ímpetu del proceso sinodal; a realizar unos pocos viajes donde, además de reiterar las enseñanzas de Cristo, ha demostrado también un gran sentido común, como por ejemplo, en varios países de Africa animando a sus habitantes a no emigrar, sino a quedarse en su país para sacarlo adelante; a manifestar, al menos en dos ocasiones su desacuerdo con las bendiciones a parejas homosexuales; a vivir en la Residencia papal en el Vaticano; a predicar la Paz con insistencia (aunque en este punto algunos piensan que ha caído en una pequeña imprudencia, al enfrentarse con Trump); y a realizar los nombramientos que no había más remedio que hacer, que han recaído en personas prudentes y preparadas para la función encomendada; y a cuidar su descanso, una vez a la semana.
Ciertamente, pienso que Usted estará de acuerdo conmigo en que el calificativo prudente le cuadra como anillo al dedo a nuestro Papa actual. Tal es así que aún los medios no se han ensañado con él. Sin embargo, yo tengo un temor. Como Usted sabe, se puede faltar a la prudencia tanto por precipitación como por irresolución. Quizás los dos mejores ejemplos que conozco de esos dos extremos sean el de un antiguo chiste y el que nos proporciona Shakespeare en Hamlet.
El antiguo chascarrillo se cuenta así: estaban varios amigos y conocidos tomando unas cervezas en un bar, cuando de pronto alguien abre la puerta y grita: “Patxi, Patxi, que tu casa está ardiendo y tu mujer está en el balcón pidiendo socorro”. Raudo como una centella, sale uno del bar, coge una bicicleta que estaba sobre la pared, se monta y… plaf, se choca contra una esquina y cae al suelo. Tumbado y con una mirada perdida dice: “ni me llamo Patxi, ni tengo mujer, ni sé montar en bicicleta. Esto me pasa por precipitado”.
León XIV sabiéndose sucesor de Pedro y no de Francisco, se ha propuesto restituir esa Unidad en la Iglesia. Unidad en Cristo, Camino, Verdad y Vida
Evidentemente, el “síndrome de Patxi” no afectará nunca a León XIV. Pero sí corre peligro de que también a él, como a todos en determinadas circunstancias, le pueda afectar de alguna manera el “síndrome de Hamlet”, cuya naturaleza no hace falta explicitar.
Y ese dilema, entre actuar decididamente o no, se lo va a encontrar en su visita a España. Y tengo la esperanza de que no le afecte y su deseada venida, además de confirmar la fe de todos nosotros y de alzar nuestra mirada al Cielo, sirva para aclarar la confusión reinante y remediar los problemas que todos conocemos.
Pienso que Usted y yo deberíamos comenzar a rezar para que así sea.