El pasado 21 de marzo -Día mundial del síndrome de Down, por los tres cromosomas en el par 21 que tienen estas personas-, el arzobispo Ettore Balestrero, nuncio apostólico y observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas (ONU), participó en un acto organizado por la Fundación Jérôme Lejeune (descubridor del origen genético del síndrome), en París.
Mons. Balestrero rechazó la cultura eugenésica que se ha instalado en la sociedad occidental por la que la inmensa mayoría de niños a los que se les detecta una anomalía genética durante su gestación son abortados.
“Las prácticas discriminatorias y eugenésicas vinculadas al cribado prenatal y a la interrupción selectiva de embarazos dirigidas a bebés diagnosticados con síndrome de Down deben ser firmemente rechazadas”, declaró, según recogió Aciprensa.
El nuncio apostólico y observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas (ONU) recordó que estas personas “son más que un diagnóstico, más que una condición, y ciertamente más que los límites que otros puedan imaginar”.
“Todos ellos, como todos nosotros, poseen la misma dignidad inherente y valor sagrado, intencionalmente y amorosamente impresos por el Creador desde el primer momento de la concepción”, añadió.
Mons. Balestrero insistió en que las personas con síndrome de Down “tienen los mismos derechos fundamentales que cualquier otra persona” y subrayó que la inclusión no puede reducirse a la provisión de servicios o adaptaciones.
“No se trata simplemente de ofrecer servicios o ajustes, sino de reconocer a las personas con síndrome de Down como miembros plenos de nuestras comunidades”, afirmó.
El di0lomático vaticano animó a “promover y defender la dignidad inherente, los derechos fundamentales y el valor trascendente de toda persona en cada etapa de la vida”.
Además, agradeció la dedicación de todos aquellos profesionales sanitarios, educativos, y por supuesto familias que cuidan y atienden a estas personas: “Un sistema de cuidado y apoyo puede ser operativamente perfecto, pero si carece de corazón, se vuelve frío e impersonal”.
Mons. Balestrero concluyó subrayando que el valor de la vida “no debe medirse por la utilidad o el rendimiento, sino por el simple y profundo hecho de ser humano”, y expresó su deseo de que “nuestros esfuerzos colectivos sigan construyendo una cultura de la vida y de la humanidad donde cada persona con síndrome de Down sea reconocida como única e irrepetible, y acogida con igual dignidad y respeto”.