La formidable agencia de oficinas argentina Notivida nos informa de la caída de la natalidad en aquel país. La tasa de fecundidad se ha derrumbado a la mitad en 10 años. Pasen y lean.

Ahora contemplemos el fenómeno desde Europa. Sí, nuestra natalidad aún ha caído más que la de Hispanoamérica pero, ojo, nos consolamos diciendo que los hijos de los inmigrantes compensarán nuestro odio a la fecundidad, nuestro egoísmo, nuestro narcisismo -la paternidad es lo contrario al narcisismo- y nuestra falta de vitalidad. Occidente es un mundo mortecino

Pues no. La ausencia de hijos no se soluciona con inmigración porque los inmigrantes… tampoco querrán tener hijos. Es más cómodo renunciar a los hijos.

Recuerden lo que soltó ese profeta del futuro que es don Pedro Sánchez desde la tribuna del Congreso: "hay gente que no quiere tener hijos y eso es una decisión democrática que hay que respetar”.

Es cierto, la esterilidad y el egoísmo también son democráticos. Nos vamos hacia la extinción como raza humana, pero en mitad del esplendor democrático.

¿Que cuál es la solución al democrático desmadre de Pedro Sánchez? Pues tener más hijos. Entre otras cosas porque uno diría que lo que pretenden estos clementes amigos de la inmigración no es beneficiar al emigrante sino que el emigrante les pague la pensión. 

Y lo más chocante es que eso no es posible. El reemplazo no es ni bueno ni malo: es imposible.

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