El cardenal arzobispo de Madrid, don José Cobo, enseñó al Papa León XIV las primeras piedras de las 17 nuevas iglesias que se van a construir en Madrid. Muchas de ellas van a ser barracones pero el caso es que en Madrid ya vivimos 7 millones de personas y, en efecto, se necesitan nuevos templos para los nuevos barrios. 

 

Si deben empezar siendo barracones, sólo recordar que hay barracones hermosos y barracones asquerosos. Pero me centro en sólo tres aspectos imprescindibles, barracón u obra de arte, para distinguir un templo de un garaje:

1. Que haya reclinatorios. Decía Georges Bernanos que el hombre siempre vive arrodillado, ante Dios o ante su pecado... mejor que sea ante el primero.

Y no pasaría nada porque también hubiera reclinatorios para recibir la comunión de rodillas. Empieza a vivirse este hábito en algunas iglesias de Madrid y bastaría con que el cardenal Cobo sugiriera la recepción del Santísimo de rodillas y en la boca para que se consolidase un hábito que muchos curas y laicos madrileños ya han incoado. Recuerden que la clerecía progre está ya jubilada o prejubilada, aunque sigue detentando el poder eclesial. La Iglesia progresista se muere por consunción... y porque a los jóvenes les parece un peñazo onegero que no ofrece respuestas. 

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Ante el Santísimo, de rodillas, por favor.

2. La Iglesia no puede girar alrededor de la asamblea de fieles, gira alrededor de Dios. Por tanto, el Sagrario es el centro, no debe estar oculto no se sabe dónde. Que no haya que buscar al Santísimo cuando se entra en un templo.

3. El confesionario, bien visible y con bicho dentro. Quiero decir, con cura confesando.

Si se cumplen esas tres condiciones, al alcance de todas las economías... me conformo con el barracón.

No entro en la apariencia exterior de un templo, aunque algunas nuevas iglesias madrileñas más bien parecen garajes. 

No entro por dos razones: porque mi sensibilidad arquitectónica es parecida a la de la Chata de Pumarín y porque si no hay dinero más que para un barracón acepto que haya que empezar a adorar a Cristo en un barracón y, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, ir preparando al Señor un hogar en condiciones.

Ahora bien, no tengo sensibilidad artística pero sé para qué sirve un templo: para adorar a Dios y para administrar los sacramentos, cimiento y pilar de una Iglesia sacramental, como es la Iglesia de Roma. 

Sólo espero que los nuevos 'templos' de Madrid, de los que el obispo Cobo enseñó la primera piedra al Papa León XIV, tengan en cuenta esos tres elementos. 

Porque, como decía el gran Giovanni Guareschi, está bien fiarse pero es mejor no fiarse.