En todo el debate político actual, con su alabanza exageradísima de lo público, donde todo lo estatal es bueno y lo privado malo, percibo una confusión de fondo que puede aclararse en dos palabras.
Al "no tendrás nada en propiedad y serás feliz", un pleonasmo injusto, hay que oponer la doctrina social de la Iglesia que defiende la propiedad privada, la única que puede hacer libre al hombre y que es buena en sí misma.
Eso sí, la Iglesia defiende una propiedad privada compatible con no tener nada como propio, sólo como prestado por Dios, porque su propiedad tiene un Creador.
Es más: la Iglesia, al menos desde la Rerum Novarum de León XIII (1891), no quiere una sociedad de proletarios: quiere una sociedad de propietarios... siempre que sobre esa propiedad privada, individual y familiar, pese la hipoteca social que pregonaba San Juan Pablo II, el Papa más austero del siglo XX: el que posee mucho debe compartir con el que posee poco.
Y recuerden, la propiedad privada es como el estiércol... estupenda, siempre que esté repartida y no concentrada en pocas manos. Pero es el hombre quien, 'motu proprio', debe compartir, no el Estado quien debe obligarle a hacerlo, como pretende la progresía.
Los políticos sólo saben imponer, coaccionar: es lo que provoca enfrentamientos civiles.
La Iglesia, por el contrario, propone, porque reconoce al hombre como ser libre, nada menos que con la dignidad del Hijo de Dios.
¡Viva la propiedad privada pequeña!