Desde hace años, el momento en el que experimento un gozo mayor cada año es el día de la Resurrección del Señor, especialmente en la Vigilia Pascual, de la que mi alma sale dando saltos de alegría. Una alegría inefable. Aunque no todas las liturgias sean como aquella, que recuerdo vivamente, de finales de los ochenta en San Pedro del Vaticano.

Celebró san Juan Pablo II. Marco incomparable. Homilía excelsa. Comunión devota y agradecida en la que sentí como pocas veces ese Amor infinito de Dios. Y un coro de voces y una música maravillosa. Cuando, al final de la sagrada ceremonia, interpretaron el movimiento final del Mesías de Haendel parecía que los Ángeles tocaban las trompetas y cantaban el Aleluya. Y yo me unía a ellos a pleno pulmón desde un corazón henchido de Esperanza. Al salir de la Basílica, yo continué cantando el Aleluya, aunque ya más bajito, mientras mis amigos me miraban con una sonrisa respetuosa y comprensiva.

Y pensé, de nuevo, en la felicidad plena que tendremos en el Cielo si, a pesar de nuestras miserias y debilidades, correspondemos, con Su Gracia, al Amor Infinito de Dios que acabamos de contemplar una vez más en la Semana de Pasión.

Ese pensar que nuestra meta es el Cielo, cuyas puertas nos volvió a abrir nuestro Señor Jesucristo con Su Pasión, Muerte y Resurrección, pero a las que tenemos que acceder libremente cada uno (“Quien te creó sin ti, no te salvará sin ti”, que, como Usted sabe, decía San Agustín), no es sólo algo que debemos considerar en la Pascua, sino una verdad llena de Esperanza que, de modo natural y lógico, tenemos que tener diariamente, siempre, en nuestro corazón.

Sin embargo, parece que el centrarnos en los afanes de este mundo, y el virus del materialismo que nos ataca de mil maneras, a veces sin darnos cuenta, hace que a muchos cristianos se les olvide para qué estamos aquí, para qué nos creó Dios al principio y para qué nos ha redimido Cristo. Como nos recordó Jorge Manrique, en unos versos inmortales, que ahora transcribo en prosa: “Este mundo es el camino para el Otro, que es morada sin pesar…” 

“¿Cuál es su mayor ilusión o deseo personal?”, contesté inmediatamente, sin pestañear, “ir al Cielo”

En relación con este olvido, recuerdo la cara de inmensa sorpresa y extrañeza que puso una alumna de Doctorado que me entrevistó hace ya unos quince años sobre mi trayectoria académica y la ciencia comunicativa para la revista que dirigía, cuando a la pregunta “¿Cuál es su mayor ilusión o deseo personal?”, contesté inmediatamente, sin pestañear, “ir al Cielo”.

Cuando días después, tras una de las sesiones del curso, me interpeló por esa respuesta, le tuve que explicar que no me importaba que me dieran, si acaso lo mereciere, cualquier premio académico o científico, pero que, como ella habría leído en los Evangelios, de nada le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma. Y le recordé también, pues me di cuenta de que estaba imbuida de cierto cientifismo, que  “aquel que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”.

También, en otras circunstancias y por otras personas, me han preguntado a veces por cómo será el Cielo. Y ante esto sólo podemos decir lo de San Pablo: “ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón del hombre, las cosas que preparó Dios para los que le aman”.

O sea, que será una felicidad eterna tan inmensa e indescriptible que no nos la podemos imaginar, y que no tiene parangón alguno con las mayores satisfacciones o momentos de felicidad que tengamos en la tierra, ni siquiera con los gozos espirituales que Dios a veces nos anticipa, ya que aquí vemos como en un espejo, pero en el Cielo veremos a Dios cara a cara y gozaremos de la Verdad, el Amor y la Belleza en su esencia y plenitud. Y para siempre, para siempre, para siempre. Como la gran santa Teresa de Ávila repetía cuando era una adolescente, y decidió ir a tierra de moros a que la descabezaran por Cristo. Menos mal que no la dejaron, pues Dios tenía otros planes para ella y, gracias a ellos, su vida y sus escritos no solo consiguieron para sí misma la Gloria eterna, sino que han ayudado a miles de personas a que también gocen del Cielo.

Pero el hecho de que la visión beatífica -la contemplación de Dios, que es la Gloria esencial, y que incluye ver y estar con la Virgen y san José, y con el Ángel de la Guarda…- sea inefable, no significa que no podamos pensar en lo que yo denomino la “gloria accidental”. De hecho, ya desde niño, me he imaginado muchas veces esa gloria. La primera vez, y ante la realidad de que a mis amigos y a mí nos encantaba jugar al fútbol, pero no teníamos más remedio que jugar en una plaza de tierra, con piedras y obstáculos, cuyas porterías eran dos piedras grandes con unas ropas encima, me imaginé el Cielo como un campo de hierba, en el que yo estaba en el equipo de Di Stéfano y de Kubala, y marcaba goles de todos los colores. No se rían. Tenía seis años.

Poco después, cuando murió mi padre, el consuelo de que lo volvería a ver en el Cielo me sirvió muchísimo. Consuelo que, lógicamente, he tenido muchas veces más, sobre todo a la muerte de mi madre.

Pero el hecho de volver a ver a las personas queridas y gozar de Dios junto a ellas, no es la única “gloria accidental” que espero. También el de tener tertulias con mis maestros cercanos y lejanos; el conocer la verdadera historia de la humanidad y la verdad de tantos acontecimientos sobre los que se nos ha mentido; el ver, a la luz de Dios, todo lo que se nos ha ocultado deliberadamente; etc, etc.

Pero, sobre todo, una Gloria accidental inmensa para todos los que amamos la justicia y la misericordia será ver el cumplimiento de las bienaventuranzas que Jesucristo narró en el discurso de la montaña. Que todos aquellos que han hecho el bien y que han sufrido por causa de la justicia y por la crueldad humana estarán felices en el Cielo, y que allí ya no habrá mal alguno.

Esto lo dice mucho mejor que yo Benedicto XVI en la Spe Salvi, cuya lectura le recomiendo, pues la Esperanza, junto con la Fe, ya no serán necesarias en el Cielo, donde el Amor será la única Luz, pero aquí en la tierra es la Luz imprescindible, si no queremos transitar en la oscuridad del Mordor actual y real de nuestro mundo.

Y, por último, me permitirá recordarle que la Madre de Dios y Madre nuestra, la Virgen María, es la Reina de la Esperanza y que, en palabras de Carlo Acutis “la Eucaristía es la Autopista hacia el Cielo”.

¡Feliz Pascua de Resurrección!