El investigador Philippe Lemoine, desde el think tank francés Observatoire Hexagone, deja al desnudo una realidad cada día más tozuda y es que la inmigración no resolverá el problema estructural de las pensiones ni de Francia ni del conjunto europeo. La razón es tan evidente que no hace falta ser un analista para saber que la inmigración que nos llega, viene sin cualificación, con dificultades de integración laboral, dependiendo durante años de ayudas públicas y chocando culturalmente, todo esto es un combinado explosivo que tensiona todavía más al sistema.

Europa lleva años tratando la inmigración masiva como si fuera un fenómeno inevitable, como algo justo, incluso sencillo y beneficioso, que simplemente hay que gestionar gracias a ciertos protocolos y algunas subvenciones… Y durante años nos han dicho que en Europa necesitábamos inmigración masiva para sostener las pensiones, rejuvenecer la población y cubrir empleos.

Pero cada día más, se percibe como mal añadido a la vida de los ciudadanos. Entonces, ¿por qué se sigue insistiendo en un modelo que fractura a la sociedad y que ni siquiera cumple las promesas económicas que nos venden?

La inmigración es una decisión populista y quien la pone en marcha desconoce las consecuencias directas de tales políticas, entre otras cosas, porque la élite del poder vive protegida en barrios seguros, con colegios privados, vigilancia permanente y coche oficial. Todo lo contrario del ciudadano corriente, que coexiste con el deterioro de los servicios públicos, la inseguridad creciente, la presión salarial y la fragmentación cultural de sus ciudades.

La inmigración que nos llega, viene sin cualificación, con dificultades de integración laboral, dependiendo durante años de ayudas públicas y chocando culturalmente, todo esto es un combinado explosivo que tensiona todavía más al sistema

Los millones de inmigrantes que han llegado -la mayoría de ellos sin control real sin formación, sin compatibilidad cultural o sin capacidad productiva- han provocado lo contrario, una sociedad más fragmentada y más conflictiva. Barrios convertidos en guetos, aumento de delitos violentos según qué zonas, saturación sanitaria, presión sobre la vivienda y un creciente agravio comparativo con quienes han cotizado toda la vida y ven cómo las políticas públicas priorizan constantemente la llamada “vulnerabilidad”, un palabro tan subjetivo como manipulador.

Y mientras todo esto sucede, las altas instituciones europeas y buena parte de la socialdemocracia occidental reaccionan desde el paternalismo y la propaganda moral. Cualquier crítica al modelo migratorio se etiqueta automáticamente como xenofobia, extremismo o “ultraderecha”. La batalla de las palabras, como expone Edurne Uriarte en su última publicación. Una estrategia que durante años ha funcionado, pero que se agota, y ahora está dándose la vuelta, porque la realidad cotidiana pesa más que las modas ideológicas importadas desde los campus progresistas estadounidenses.

La ideología woke, basura exportada por la izquierda desde los Estados Unidos, obsesionada con la culpa occidental, la deconstrucción nacional, las políticas identitarias y el globalismo dominante, ha balcanizado gran parte de la burocracia europea. Bajo esa visión, las fronteras son un concepto opresivo, las identidades nacionales son algo sospechoso del pasado y los ciudadanos son obligados permanentemente a pedir perdón por existir. El problema es que la sociedad real no es un seminario universitario, funciona sobre equilibrios culturales, seguridad, confianza mutua y percepción de justicia. Cuando esto falla, se rompen esos equilibrios y aparece la reacción política con los malvados reaccionarios.

Cualquier crítica al modelo migratorio se etiqueta automáticamente como xenofobia, extremismo o “ultraderecha”.

a sociedad civil europea está utilizando el único instrumento democrático que todavía conserva: las urnas. Reino Unido acaba de convertirse en ejemplo demoledor. El laborismo de Keir Starmer, primer ministro inglés, ha sufrido un desplome histórico perdiendo 1.380 concejales. Pero no se crean, porque los conservadores tampoco salen indemnes y pierden 581. Pero el fenómeno verdaderamente revelador es el ascenso de Nigel Farage y la derecha alternativa, que pasa de apenas dos concejales a 1.428. Y lo más significativo es que ese crecimiento no procede solo del votante conservador desencantado, sino de antiguos bastiones obreros y laboristas. Algo muy parecido sucede en España, donde los votantes de Vox son trabajadores manuales y procedentes de las capas bajas de la sociedad, que son los que más amenazados se sienten por sus trabajos, sus necesidades vitales y los barrios en los que viven. Exactamente lo mismo que ya ha empezado a verse en FranciaAlemaniaItalia o Países Bajos.

Millones de ciudadanos europeos sienten que la política que nos ha traído hasta hace unos pocos años, ha dejado de representarles. Es el bipartidismo, que empieza a mostrarse agotado como fórmula de consenso social. También en España. El deterioro del PSOE, agravado por los escándalos de corrupción que rodean al entorno de Pedro Sánchez, y una política basada más en resistir que en gobernar, anticipa un desgaste que se viene reflejando en las últimas citas electorales, y que se volverá a repetir en Andalucía. Si esto sucede con el socialismo, es que el bipartidismo está tocado en la línea de flotación y claro, el PP busca reposicionarse hacia posiciones más firmes en inmigración, soberanía y seguridad, entendiendo que el terreno político europeo se ha desplazado.

La regularización masiva de cientos de miles de inmigrantes ilegales y la utilización de la llamada ley de nietos alimentan todavía más la sospecha de que las políticas migratorias no responden al bien común, sino al cálculo electoral. El ciudadano percibe que se le exigen sacrificios constantes mientras las élites políticas blindan su poder mediante ingeniería demográfica, subvención estructural y dependencia administrativa. Por eso, la prioridad nacional empieza a ser aceptada incluso entre los votantes del PSOE, donde el 31% de estos, la defienden, porque millones de europeos sienten que sus gobiernos han dejado de priorizarles. Está claro, nos acercamos a los tiempos de confrontación con el status quo político ante la amenaza social de los ciudadanos.

La regularización masiva de cientos de miles de inmigrantes ilegales y la utilización de la llamada ley de nietos alimentan todavía más la sospecha de que las políticas migratorias no responden al bien común, sino al cálculo electoral

El poder de las fronteras (Erasmus), de James Crawford. Las fronteras nunca habían sido tan numerosas ni tan decisivas como en la actualidad. Desde los hielos que desaparecen en el Ártico hasta Cisjordania, la frontera entre Estados Unidos y México o los límites invisibles de Internet, Crawford explora cómo nacionalismo, migraciones, tecnología y cambio climático están transformando el mapa del mundo. En un contexto de tensiones crecientes y divisiones cada vez más rígidas, el autor plantea una pregunta inquietante: si las fronteras siguen siendo una solución… o se han convertido en el problema.

La batalla de las palabras para una nueva derecha (Sekotia), de Edurne Uriarte. La autora analiza cómo el control del lenguaje se ha convertido en una de las principales herramientas del poder cultural contemporáneo. A través de términos como democracia, igualdad, feminismo o progreso, ciertas corrientes ideológicas han impuesto marcos morales que condicionan el debate público. Con un enfoque divulgativo y crítico, la autora distingue entre progreso y progresismo, desmonta manipulaciones semánticas y reivindica la recuperación del significado de las palabras como condición imprescindible para pensar con libertad y debatir sin miedo.

El despertar estratégico de Europa (Almuzara), de Eduardo Zamarripa. Europa afronta uno de los momentos más decisivos de su historia reciente. Las bases políticas, militares y estratégicas que sostuvieron décadas de estabilidad empiezan a tambalearse ante un escenario internacional cada vez más hostil e imprevisible. El teniente general Eduardo Zamarripa analiza con rigor los grandes retos de seguridad del continente, desde la OTAN hasta Ucrania, Rusia o el riesgo nuclear, y plantea una cuestión esencial: si Europa será capaz de defender su soberanía, recuperar autonomía y garantizar su propio futuro.