Orban es despedido de forma brutal de la presidencia húngara. Es cierto, hace solo unos pocos artículos, aseguré aquello de que Europa se vuelve hacia la derecha... , pero este giro húngaro —la salida de Viktor Orbán—, no cambia en casi nada la situación y ahora vamos a ver por qué.
La pérdida del poder por parte de Viktor Orbán en Hungría ha sido recibida con entusiasmo en amplios sectores de la política europea, especialmente en aquellos alineados con la mayoría socialdemócrata en Bruselas por el Partido socialista, Partido Popular, Verdes y otras izquierdas indefinidas. La reacción más explícita ha sido la de Ursula von der Leyen que, casi con lágrimas en los ojos, afirmó: «Hungría ha elegido a Europa. Europa siempre ha elegido a Hungría. Un país retoma su camino hacia Europa. La Unión se fortalece». Esta declaración no solo muestra la satisfacción institucional general, sino también cierto alivio político por la desaparición de un personaje incómodo dentro de la Unión Europea.
Durante años, el gobierno de Orbán ha ejercido un papel rupturista por su capacidad de veto en decisiones clave. La oposición de Hungría era un freno real en el engranaje de Bruselas. Determinadas resoluciones comunitarias, como la política exterior, determinados perfiles ideológicos y algunas cuestiones vinculadas al modelo político europeo como la inmigración y la agenda climática, eran contrarias a la forma que ellos veían las soluciones políticas. Es por esto que su salida del poder elimina este obstáculo, lo que explica la rapidez y unanimidad en las felicitaciones al nuevo líder, Péter Magyar.
La llegada de Magyar abre la puerta a una relación más fluida con las instituciones europeas, lo que podría traducirse en beneficios económicos inmediatos para el país como, por ejemplo, el posible desbloqueo de cerca de 20.000 millones de euros retenidos por la Comisión Europea. Fondos que estaban condicionados a la realización de algunas reformas en materia de Estado de derecho exigido por Bruselas, en un prolongado pulso con el ejecutivo de Orbán.
Sin embargo, el entusiasmo inicial de la Unión Europea, seguramente contrastará con la realidad política que hay tras el nuevo presidente porque, atención, Magyar realmente no es una ruptura con el sistema anterior, de hecho, procede del entorno político de Orbán, y este dato es clave. Como hemos visto, el cambio puede ser significativo en términos financieros, también con las relaciones exteriores -incluido un más que posible distanciamiento de Vladimir Putin-, pero no lo será tanto en lo relacionado con el fondo ideológico. Hay que tener en cuenta que los resultados electorales hablan por sí mismos, ya que la izquierda no ha logrado ni un solo escaño, lo que confirma que el electorado húngaro mantiene una orientación claramente conservadora.
Este punto introduce un elemento que no podrá ignorar el nuevo gobierno, porque tendrá que tener muy en cuenta la tendencia sociológica del país. Magyar deberá gobernar contando con su base electoral que, en gran medida, son los principios que han definido la etapa de Orbán y cualquier desviación significativa podría tener un coste político elevado en futuras elecciones. Por lo tanto, el margen de transformación estructural es limitado, y el nuevo liderazgo se verá obligado a equilibrar las entusiasmadas expectativas de Bruselas con las de su propio electorado. Es decir, Europa sigue con la aguja fija de su brújula hacia la derecha.
Los húngaros eran objeto de presión constante por corrupción, cuando en realidad lo que molestaba era la base ideológica; sin embargo, con España nadie ha levantado la mano ni se les ha retenido las cuantiosas cantidades de dinero recibido, porque ideológicamente era coincidente con Europa
Por otro lado, Péter Magyar tendrá que lidiar la herencia institucional que recibe, que no es poca y, a priori, mucho en su contra. No olvidemos que durante los años de Orbán, consolidó una red de influencia en medios de comunicación y en el ámbito judicial, sostenida en parte por la financiación pública y las reformas legales, de manera que apuntaban a favor del propio Viktor Orbán que, como ya sabemos en España, es una forma de corromper a la sociedad y a las instituciones. Este entramado, señalado en diversas ocasiones por organismos europeos, constituye uno de los principales desafíos para el nuevo gobierno y su desmantelamiento o el mantenimiento será una de las claves para interpretar las verdaderas intenciones del cambio político prometido en campaña por Gagyar.
Europa, que ha sido tremendamente crítica con Orbán, no lo hacía por las políticas ejercidas en Hungría, tampoco por la corrupción, esto solo lo usaron para azotar al régimen de Orbán. Lo que verdaderamente molestaba en Europa era a ideología conservadora, familista y cristiana que se ejercía desde el gobierno. Y este punto lo traigo a colación porque Pedro Sánchez llegó siendo el adalid de la regeneración democrática, y en siete años ha conseguido la misma corrupción, o más, que Orbán en dieciséis años húngaros: ha trufado de millones a los medios de comunicación, especialmente RTVE, y con los impuestos de todos los españoles; ha colonizado a su favor las instituciones jurídicas, tales como la fiscalía o el Constitucional; ha puesto hombres de su confianza en el Banco de España, en las empresas del Ibex; y ha saturado fiscalmente a los españoles, como también hacía Orbán.
Es verdad, la comparación no implica necesariamente una equivalencia total, pero sí pone de relieve el debate sobre la aplicación de los estándares dentro de la Unión Europea. Los húngaros eran objeto de presión constante por corrupción, cuando en realidad lo que molestaba era la base ideológica; sin embargo, con España nadie ha levantado la mano ni se les ha retenido las cuantiosas cantidades de dinero recibido, porque ideológicamente era coincidente con Europa: leyes homosexualistas, feminismo radical, agendismo climático e inmigración sin control. Como se ve, antagónico a Hungría. El debate enmudecido está aquí.
En definitiva, el relevo político en Hungría es interpretado en Bruselas como una oportunidad para reforzar la cohesión interna de la Unión Europea. Sin embargo, la continuidad ideológica del electorado y el origen político de Péter Magyar me temo que van a chocar en bastantes ocasiones.
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