Se preguntaba San Bernardo, hace 900 años, en plena Edad Media: "¿Cómo podrá amar limpiamente a su prójimo quien no lo ama en Dios? Porque el que no ama a Dios no puede amar en Dios. Luego es necesario amar a Dios primero para poder amar al prójimo en Dios".
Claro que el propio Cristo, fuente aún más autorizada que Bernardo de Claraval, da los dos mandamientos que resumen toda la ley, toda la doctrina cristiana... todo: "Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo". Por si no ha quedado claro: primero a Dios y luego al prójimo. El orden de los factores sí que altera el producto: primero Dios, luego el prójimo, por ese orden. Por remachar, cantidad y calidad: Dios sobre todo las cosas, al prójimo, sólo como a ti mismo.
No se necesita mucho más que estas dos citas para afrontar uno de los peligros que encara la Iglesia en el Siglo XXI; convertirse en una ONG... y la Iglesia no es una organización gubernamental, perdón, no gubernamental.
Primero, porque si no se ama a Dios no es posible amar al prójimo. Como mucho, llegaremos a filántropo. Y ya saben: ¡Dios nos libre de los filántropos!
Hasta aquí lo importante, la esencia y el busilis de la cuestión…. porque no sólo de pan vive el hombre.
En cualquier caso, Dios nunca se deja utilizar como instrumento, ni tan siquiera por una buena causa.
Ahora bien, no olvidemos la otra razón, razón practica: no sólo es que la Iglesia no se convierta en una ONG porque no fue creada para eso. Es que, además, como ONG la Iglesia representa una castaña importante: lo hace fatal. La Iglesia de Cristo, como organización humanitaria, vale más bien poco: tiene mucho patrimonio pero escasísima liquidez. El Principado de Andorra goza de mucho más liquidez que la Iglesia universal.
Piedras sí, tiene muchísimas, de gran lucimiento artístico... pero sólo sirven para predicar y administrar los sacramentos. Como inversión, de lo más decepcionante.
Firme propósito para el año que comienza: suprimir el espíritu onegero en el Cuerpo Místico… de raíz.