Como contamos en Hispanidad la pasada semana, el pleno del Congreso ha iniciado la tramitación de la reforma de la ley de eutanasia cuyo objetivo sobre el papel es reducir el tiempo hasta un máximo de 25 días para ejecutar una eutanasia cuando esta haya sido recurrida judicialmente. La propuesta también establece que solo se puede recurrir contra el dictamen de la comisión que avala la eutanasia -órgano integrado por profesionales médicos y juristas-, ante el Tribunal Superior de Justicia de cada comunidad y en un plazo máximo de tres días.
Y decimos que esta es la intención sobre el papel porque la realidad es que esta iniciativa busca, de fondo y en forma, contravenir la decisión del Supremo. Me explico, hace unas semanas el Tribunal Supremo reconoció como legítimo que una persona "con una vinculación particularmente estrecha" con un paciente que ha pedido la eutanasia pueda recurrir judicialmente la aplicación de la eutanasia. Esta decisión no es baladí, puesto que abre la puerta a que los familiares de una persona que quiera ser eutanasiada puedan impugnar la eutanasia a tiempo.
Y en plena batalla para que la eutanasia sea un derecho absoluto, porque no hay nada más progresista, se publican datos de eutanasiados tanto en España como en Canadá. ¿Y por qué la comparativa? Pues porque el país americano fue el primero en legalizar la eutanasia, y ya lleva 10 años con ella en vigor, nuestro país entró cinco años después en la lista de los más progres, por lo que podemos ver cómo va Canadá para hacernos una idea de cómo le irá a España.
En Canadá, el primer año completo en que la eutanasia fue legal fue el año 2016. Ese año fueron eutanasiadas 1.018 personas, pero en estos 10 años, la eutanasia se ha convertido en una de las principales causas de muerte del país. Por ejemplo, 16.499 canadienses fallecidos mediante suicidio asistido en 2024. Es más, los datos indican que el país registra el mayor número de muertes por suicidio asistido en el mundo, superando oficialmente las 100.000 “prestaciones” este año coincidiendo con el aniversario.
En España contamos con cinco años del derecho a matarte y hemos llegado la cifra de 1.668 españoles fallecidos gracias al Estado y al Gobierno más progresista de la historia. Como señala Religión en Libertad, de las 3.716 solicitudes totales, 1.284 -un 34%- han tenido lugar en el año 2025, es decir, estamos cogiendo carrerilla. Ya mismo alcanzaremos las cifras canadienses.
En España la tasa de mortalidad por eutanasia es del 0,13%, mientras en Canadá llega al 5,10%, pero como siempre decimos, nuestro país, al igual que Canadá, empieza a deslizarse por el peligroso plano inclinado o pendiente deslizante por el que transitan los países que han aprobado la eutanasia: el número de eutanasias va creciendo año a año...
Además, se empieza permitiéndola sólo en casos excepcionales y por voluntad propia, pero se termina aplicándola sin restricciones, a cualquier persona e incluso en contra de su voluntad, y de manera especial a los más débiles y vulnerables: enfermos mentales, ancianos, discapacitados, sobre todo intelectuales..., que no pueden defenderse ante la decisión de otros -el Estado, un médico, los jueces, los políticos o sus familiares- sobre sus vidas.
Un plano inclinado o pendiente deslizante muy difícil de parar que provoca que la vida no tenga ningún valor, especialmente la de los más débiles y vulnerables, y que sea a ellos a quienes se termine aplicando al eutanasia incluso sin su consentimiento.
Porque la eutanasia y el suicidio asistido suponen traspasar la frontera ética de que la vida es sagrada y ni uno mismo y ni mucho menos un tercero puede disponer de ella. Esa frontera ética está en la conciencia de todas las personas del mundo, es decir, que es ley natural: respetar la vida humana en todas sus etapas, desde la concepción a la muerte natural. Y esa frontera ética debería estar reconocida por las leyes: como el ‘no’ a la pena de muerte, al asesinato o al homicidio. Es decir, es la misma razón por la que hay que oponerse también a la pena de muerte, al asesinato o al homicidio: no con un argumento religioso, sino meramente humano y racional.