Algo se está moviendo en Occidente, no es la primera vez que lo vengo anunciando. No, no es un cambio brusco ni un vuelco revolucionario, sino la transformación suave del desplazamiento sociológico hacia posiciones conservadoras que empieza a reflejarse en las urnas, lo que Agustín Laje bautizó como “la nueva derecha”. Aunque de momento se muestra más bien como un escenario híbrido, tensionado, donde la derecha avanza, pero choca con límites asentados por décadas en las instituciones, ciertas alianzas tácticas y algunas resistencias culturales profundamente arraigadas.
Francia es, quizá, el ejemplo más claro de esta paradoja. Las recientes elecciones municipales nos muestran un país que se inclina hacia la derecha en términos territoriales, con mayor presencia en municipios medianos y pequeños, pero donde las grandes ciudades siguen siendo bastiones de la izquierda. La victoria del socialista Emmanuel Grégoire en París con un 50,52% no es un dato aislado, sino la confirmación de que la derecha -y especialmente lo que denominan como ultraderecha- crece, pero no logra conquistar los centros urbanos clave. El “frente republicano” francés sigue siendo el dique de contención, evidenciando que el cambio sociológico convive entre los mecanismos políticos diseñados precisamente para frenarlo.
Por su lado, Alemania ofrece una imagen distinta, aunque complementaria. En Renania-Palatinado, la victoria de la CDU con un 31% y el ascenso de AfD hasta el 19,5% consolidan un desplazamiento del electorado hacia la derecha, especialmente entre los votantes más jóvenes. Pero, de nuevo, aparece el límite: AfD sigue excluida de cualquier coalición, lo que obliga a recomposiciones como la probable gran coalición entre CDU y SPD. Es decir, el voto cambia más rápido que las reglas del sistema. Y ese desfase genera más tensión en el sistema que, sin duda, marcará la política alemana en los próximos años, como ha sucedido en España desde las elecciones de julio del 2023.
Y España se sitúa en un punto intermedio. El ciclo autonómico reciente en Extremadura, Aragón, y Castilla y León consolida a Vox como actor imprescindible para la formación de gobiernos del Partido Popular. No gana, pero decide. No lidera la política nacional, pero la condiciona. Esta posición de bisagra le otorga poder real, aunque también abre un riesgo evidente: el desgaste por gestión y la posible aparición de un “techo electoral”, como ya parece que sugieren algunos datos. Esta situación presenta para el PP una disyuntiva estratégica permanente: asumir ese apoyo con sus costes reputacionales o buscar alternativas que, en muchos casos, simplemente no dan los números.
Este patrón del crecimiento en las urnas, pero sin llegar a tener el poder hegemónico para gobernar, se repite a escala europea. La derecha, que se encuentra más allá de la socialdemócrata o democristiana, ha logrado instalarse en el debate público: soberanía nacional, control migratorio, crítica a Bruselas y revisión del consenso sobre Ucrania. En este sentido, la intervención de Santiago Abascal en Budapest junto a Viktor Orbán muestra cómo se está encaminando esta dimensión que se esparce por Occidente, donde ya no se trata solo de partidos nacionales, sino de una red ideológica coordinada que busca influir en las instituciones europeas desde dentro.
Pero no nos engañemos, tampoco aquí el avance es lineal. Hungría, uno de los referentes de este bloque, muestra signos de desgaste. De hecho, los sondeos sitúan a la oposición de Péter Magyar, del Tisza-Partido Respeto y Libertad de centro derecha, por delante de Fidesz, lo que introduce un elemento de incertidumbre clave que nos lleva al dilema de que si Orbán pierde, se debilitará uno de los principales polos de resistencia a Bruselas; por el contrario, si resiste, reforzará su modelo de confrontación y su capacidad de bloqueo en la Unión Europea. Pero pase lo que pase, en ambos casos, el resultado tendrá consecuencias más allá de sus propias fronteras.
Italia añade otro matiz más relevante si cabe. La derrota de Giorgia Meloni en el referéndum sobre la reforma judicial, con un “no” cercano al 54%, demuestra que incluso gobiernos fuertes encuentran límites cuando sus propuestas se perciben como un riesgo institucional. La votación, con una participación cercana al 59%, ha sido leída como un aviso: el electorado puede respaldar un giro político, pero no necesariamente una transformación profunda de las reglas del sistema.
En conjunto, lo que emerge es un nuevo equilibrio inestable. La derecha avanza porque conecta con preocupaciones reales -identidad, seguridad, economía-, pero no logra traducir ese impulso en un dominio estructural del poder. La izquierda, por su parte, pierde terreno en amplias capas sociales, pero conserva posiciones clave gracias a alianzas, instituciones y una fuerte implantación urbana. Es decir, no podemos hablar de un cambio de ciclo cerrado, sino más bien de una etapa de transición. Europa -Occidente- se mueve en un terreno intermedio, donde las mayorías son frágiles, y en mi opinión, la alta política a izquierda y derecha, debe tomar nota y no encerrarse en sus paradigmas de hace cuarenta años y evolucionar como lo hacen sus votantes, a juzgar por los resultados.
De lo contrario, a corto plazo, veremos gobiernos más dependientes, agendas más fragmentadas y la polarización en ascenso. A medio plazo, la incógnita es mayor: si ese giro sociológico termina consolidándose en poder político pleno o si, por el contrario, el sistema institucional europeo seguirá funcionando como un mecanismo de contención, cada día más alejado de los ciudadanos.
Los orígenes de Europa (Rialp), de Christopher Dawson. ¿Y si la crisis de Occidente, especialmente Europa, tiene mucho que ver con dar la espalda a sus raíces? Pues eso precisamente es lo que aporta este libro. Para que Europa mantenga su cohesión, debe reconocer sus raíces y asumir su legado histórico. No es una unidad geográfica ni racial, sino una realidad cultural forjada durante siglos. Surge de la síntesis entre la razón griega, la organización romana, el cristianismo y el impulso de los pueblos bárbaros. Comprender Europa implica entender estos fundamentos, que el autor examina con claridad y profundidad en un análisis breve pero esencial.
La crisis de occidente (Sekotia), de Santiago Cantera. En este mismo sentido apunta este libro, pero con un fondo más histórico donde nos presenta la cimentación de lo que llegó a ser Europa desde la extensión de los monasterios benedictinos que creo la tupida red de ciudades donde la cultura y el arte cristiano puso as primeras piedras, tan fuertes que duran hasta hoy. Los dirigentes deben de empeñarse en no dejarnos sin los pilares de lo que somos.
Prisioneros de la geografía (Península), de Tim Marshall. Para entender la geopolítica es imprescindible partir del mapa. Las decisiones de los líderes están condicionadas por límites físicos como montañas, mares o fronteras, que influyen decisivamente en la historia. Sin considerar la geografía, cualquier análisis queda incompleto. A través de diez regiones clave, el autor explica los grandes conflictos actuales con una visión clara y fundamentada. Los análisis de esta edición, pone en negro sobre blanco algunas de las decisiones que más nos están condicionando nuestra vida y el posible futuro que nos toque vivir.