La izquierda pierde la calle y se le nota, y entre otras cosas, el tono cambia. De la suficiencia moral, a la retórica nerviosa, el discurso a la defensiva y, en ocasiones, abiertamente, el insulto. Aquella supuesta superioridad ha dado paso al victimismo. Y el victimismo, como técnica política, es una herramienta tan eficaz como corrosiva, y eso ellos lo saben, lo malo es que los demás también lo conocemos y ya no nos afecta.

Durante años, el recurso era etiquetar al contrario para deshumanizar. “Fascista”, “ultraderecha”, “reaccionario” y, más recientemente, “escuadrista”. El adversario no era alguien con quien debatir, sino alguien a quien descalificar y con eso bastaba. La descalificación del contrario sustituía al argumento. Lo llamativo es que quienes con mayor ligereza han utilizado esas categorías, ahora se muestran ofendidos cuando reciben cualquier contestación en los mismos términos, e igualmente duros. Descubren, con sorpresa impostada, que el debate público le responden de igual forma. Ya ves, lo que antes era pedagogía antifascista, ahora es acoso intolerable.

La estrategia consiste en la deslegitimación del opositor. Es decir, no se rebate el dato si el dato no gusta, y entonces se cuestiona al periodista o al contertulio. Igualmente, no se responde a la investigación, sino que se desacredita al medio. De aquí viene el término “seudomedio”, que surgió para descalificar a los periodistas o canales de información que, en los primeros descubrimientos de la corrupción del entorno político o familiar de Pedro Sánchez, sirvió para tratar de acallarlo. Así, cuando una encuesta no favorece al poder político, se duda de su metodología, excepto si la publica el CIS, que se convierte en la verdadera ciencia demoscópica. La vara de medir no es el rigor técnico, sino el pragmatismo político.

En el ámbito televisivo, la técnica es aún más grosera. Cuando el argumentario les acorrala, se interrumpe. Cortar al orador de forma permanente no es un accidente, es una táctica. Impide que el interlocutor desarrolle su razonamiento y al final el debate se llena de ruido. En más de un plató hemos visto a personajes como Sara SantaolayaPablo Fernández o Ramón Espinar practicar la treta de la interrupción constante. Y es que no es solo una cuestión de formas, es -sobre todo- un síntoma de que cuando no existe una línea argumental sólida, se recurre al encharcamiento verbal.

Más elaborada —y más eficaz— es la técnica de la dispersión temática. El debate versa sobre economía y en un zigzag calculado, en cuestión de segundos, deriva hacia derechos civiles, memoria histórica o cambio climático. Se mezclan temas y conceptos distintos para evitar una respuesta concreta. De tal forma que, la pregunta inicial se diluye en una cascada de cuestiones que nada tiene que ver con el origen de la discusión. De esta forma, tanto el oponente como el oyente, pierden el hilo y el mensaje termina por disolver la pregunta o el hilo argumental del oponente. Si alguien insiste en volver al asunto central, la réplica está preparada: se trata de un obsesionado, un provocador o, en el peor de los casos, un exponente del “fascismo heteropatriarcado opresor”.

Lo mismo sucede con las preguntas concretas que se hacen desde la oposición a los ministros de Sánchez, especialmente en las sesiones de control al gobierno, que nunca se contestan. Solo se dan respuestas vacías sin sentido o se formula una pregunta dirigida a la oposición. Es una técnica paradójica esa de hacer oposición a la oposición.

El victimismo completa el engranaje. En este sentido, Irene Montero o Ione Belarra han perfeccionado una modalidad distinta: ante la pregunta incómoda, se devuelve otra pregunta o se descalifican las formas, o peor, se invalida al periodista de la sala y pasa a ser un “maleducado”, como sucede de forma habitual con Vito Quiles, porque, entre otras cosas, los compañeros de Vito no hacen su trabajo, que es dejar de ser un contrapeso del poder, porque han sido comprados a un alto precio, el de su dignidad profesional.

En esta escuela, el referente indiscutible ha sido, y es, Pablo Iglesias. Su estilo combina la interrupción, la ironía descalificadora y la autovictimización en una fórmula casi litúrgica. No deja hablar, siempre tiene razón y, además, es víctima del sistema mediático cuando no de as cloacas. La tríada perfecta.

Pero por encima de todos, el líder institucional del fango lo encarna Sánchez, que hace uso de la tribuna del Congreso, para señalar públicamente a comunicadores como Iker Jiménez, extendiendo la sospecha a todo aquel que no se alinee con la narrativa gubernamental. El mensaje es claro: quien no participa del consenso oficial forma parte del problema. Así, el pluralismo informativo se convierte en anomalía y la crítica, en amenaza para el sistema.

Quizá el nerviosismo tenga la explicación en la calle, porque cuando la gente no responde como antes y las encuestas —salvo las más complacientes— reflejan un desgaste evidente, la retórica es totalitaria y grosera. El sarcasmo puede ser un recurso literario, pero en política, suele ser el síntoma de la evidente debilidad.

El resultado de estas estrategias es una progresiva disolución del debate público. Porque el ruido puede tapar una pregunta durante unos minutos, pero no la elimina. Y, tarde o temprano, alguien volverá a preguntar por lo mismo.

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