Muchos lo han explicado pero el mejor, como casi siempre, ha sido Chesterton: "todos los espíritus débiles viven naturalmente en el futuro, porque no tiene rasgos, es facilón, puedes hacer de lo que quieras… Para lo que hace falta auténtico valor para encarar el pasado".

No cabe duda de que el adjetivo progresista, desde el año crucial de 1968, es el más admirado y perseguido, la condición de progre es aquella a la que la mayoría aspira. Incluso nuestro intelectual de moda, Pedro Sánchez, el que ha superado todas las barreras y borrado todos los límites se autotitula así: progresista.

Ahora bien, el progresismo es, de todas nuestras tendencias, la más idiota, porque parte de la mentira de que el hoy es mejor que el ayer y peor que el mañana... sólo por la obviedad del paso del tiempo.

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Y claro: ni el hoy es mejor que el ayer por ser hoy, ni el mañana es mejor que el hoy porque el futuro sólo es un niño en las rodillas de los dioses. 

El futuro se fabrica en el presente y el niño es el padre del hombre. El futuro, en concreto, depende de la voluntad de Dios, que Él teje con la oración de los hombres. El futuro depende de la Providencia divina que se teje con la libertad de cada hombre y con la suma de esas libertades en orden al bien o al mal. 

No viva en el pasado de la nostalgia sino en el pasado del arrepentimiento por el mal cometido. No viva en el futuro porque entonces no sabrá dónde está su casa, el futuro no tiene cuerpo. Viva en presente, que es el producto del pasado y el fabricante del futuro. La nostalgia puede ser mala pero la ensoñación futuril es una bobada... facilona, pueril. Como recordaba Clive Lewis, el futuro no es la tierra de promisión sólo apta para héroes. Tan solo es eso que llega, sin que hagamos ningún esfuerzo, sin mérito alguno, a razón de 24 horas por días y sesenta minutos por hora. Así que presumir de progresista resulta un poco necio.

Por lo demás, el presente es lo único apasionante.