Un país sin niños es un país que se muere aunque vivamos cada vez más años, y España lleva ya muchos años en esa senda triste y peligrosa. La población aumenta, ciertamente, pero sólo gracias a la inmigración, que está muy bien, pero apostarlo todo únicamente en los que vienen de fuera no es ni aconsejable ni prudente.
Los datos están ahí y los ha publicado el INE este jueves. España cerró 2025 con 49.570.725 habitantes, 442.428 más que en 2024, gracias al incremento de personas nacidas en el extranjero, ya que el número de nacidos en España se redujo.
Así, por primera vez en la historia, los nacidos en el extranjero superaron los 10 millones (10.004.581 nacimientos) y fue mayor que la de nacionalidad extranjera debido a los procesos de adquisición de nacionalidad española. De esos 10 millones, 7,2 millones son extranjeros, lo que supone un nuevo récord, y sitúa el porcentaje de extranjeros en España en el 14,6%.
Que el invierno demográfico se haya consolidado en nuestro país no es ni mucho menos positivo. Al contrario, compromete, por ejemplo, el futuro del sistema público de pensiones. Aunque sólo fuera por esta razón, urge instaurar el salario maternal. Pero un salario de verdad como, por ejemplo, en Alemania, no las ridículas ayudas actuales que, como mucho, llegan hasta que el niño cumple 3 años.
Dinero público hay, y mucho. Hacienda lleva varios años aumentando la recaudación hasta niveles históricos. Concretamente, hasta noviembre recaudó la friolera de 301.355 millones de euros, un 10% más que el año anterior. ¿A dónde va todo ese dinero? Actualmente, el Estado destina unos 4.000 millones a ayudas directas a la maternidad. Es ridículo.