España ha entrado en la carrera global por el talento universitario casi por inercia, pero aún no actúa como si entendiera del todo que se trata de una competición estratégica. Los datos mejoran: crece la proporción de jóvenes con estudios superiores y aumenta, aunque desde niveles modestos, el peso de los estudiantes internacionales, que han pasado de representar en torno al 3,5% a cerca del 4,3% del total universitario entre 2018 y 2023, todavía por debajo de la media de la OCDE. En paralelo, los permisos de estancia por estudios casi se han duplicado en una década. Pero detrás de estas cifras no hay, todavía, una estrategia de país cohesionada para aprovechar el momento: las comunidades autónomas compiten entre sí, cada universidad hace la guerra por su cuenta y el relato nacional sobre España como destino universitario sigue siendo difuso.

El contraste es claro si se mira el fenómeno de conjunto. España ya supera los 200.000 estudiantes internacionales en sus universidades y centros de educación superior, una cifra que ha crecido con fuerza en el último decenio y que sitúa al país entre los destinos emergentes más atractivos. Sin embargo, ese crecimiento responde más a la suma de decisiones dispersas (programas en inglés aquí, acuerdos bilaterales allá, iniciativas autonómicas sueltas) que a un proyecto compartido. Las ciudades preferidas por ese flujo son, por este orden, Barcelona, Madrid, Valencia, Granada y Sevilla, lo que dibuja un mapa donde la competencia interurbana por atraer talento está ya en marcha, pero sin un marco nacional que la ordene y potencie. En un momento en el que Estados Unidos ha perdido parte de su atractivo para los estudiantes extranjeros por las políticas migratorias más restrictivas aplicadas durante los mandatos de Donald Trump y por un clima político percibido como menos acogedor, España corre el riesgo de desaprovechar una ventana de oportunidad histórica.

En ese tablero, España tiene una oportunidad singular. Combina universidades de calidad razonable, un número creciente de grados y másteres en inglés (más del 40% de los programas de posgrado ya se ofrecen total o parcialmente en ese idioma) y un conjunto de ciudades con buena calidad de vida, clima benigno y costes aún competitivos frente a Londres, París o Múnich. Pero aprovechar esta oportunidad exige algo más que inercia. Requiere una estrategia clara de país para captar estudiantes internacionales de calidad, alineando la política de visados, la promoción exterior y la oferta académica. Y requiere, sobre todo, trasladar esa lógica al terreno donde realmente se decide el partido: las ciudades.

En un momento en el que Estados Unidos ha perdido parte de su atractivo para los estudiantes extranjeros por las políticas migratorias más restrictivas aplicadas durante los mandatos de Donald Trump y por un clima político percibido como menos acogedor, España corre el riesgo de desaprovechar una ventana de oportunidad histórica

Si uno mira las clasificaciones de mejores ciudades para estudiar, el patrón es nítido. Londres lleva años encabezando el ranking QS Best Student Cities, seguida por urbes como Tokio, Seúl, Múnich, París o Berlín. Son ciudades que han decidido competir de manera abierta y coordinada por atraer talento universitario: gobiernos locales, universidades públicas y privadas, agencias nacionales y empresas se alinean para ofrecer una propuesta compartida al estudiante global. España, en cambio, sigue apareciendo en esas listas a través de sus ciudades de manera algo fragmentada y reactiva, sin un relato integrado de país.

Dentro de ese mapa, Madrid ocupa un lugar clave. Es la capital política y administrativa, pero también la región con más universidades del país, y una de las principales receptoras de estudiantes internacionales: algo más de 30.000, según las estimaciones más recientes, lo que la sitúa muy cerca de Barcelona en volumen absoluto. En el municipio, en torno a 156.000 alumnos cursan estudios universitarios (grados, másteres y doctorados) en nueve universidades con campus en la ciudad, y hasta diecinueve en el conjunto de la Comunidad de Madrid. En términos de masa crítica, Madrid no está lejos de sus homólogas europeas.

El problema es que, en demasiadas ocasiones, el debate político y mediático sobre la universidad en Madrid se formula en clave localista: se discute si hay “demasiadas” universidades privadas, si la pública “pierde peso” o si la Comunidad se ha convertido en un mercado liberalizado donde instituciones públicas y privadas se disputan a los mismos alumnos madrileños. Una parte de la prensa y de la izquierda política mira el mapa universitario como un tablero de suma cero dentro de la región, donde cada nuevo campus privado se interpreta como una amenaza al sistema público, en lugar de preguntarse qué papel juega ese ecosistema conjunto en la competencia internacional. 

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Esa miopía tiene costes. Mientras aquí debatimos si “cabe” otra universidad en Madrid, Londres agrupa alrededor de cincuenta instituciones de educación superior y se presenta al mundo como un único gran campus urbano, capaz de absorber a centenares de miles de estudiantes, muchos de ellos extranjeros. Lisboa, con unos 147.000 estudiantes universitarios y mucha menos población que Madrid, ha decidido que la educación superior en inglés y la imagen de ciudad abierta y creativa son pilares de su estrategia de internacionalización. Bruselas ha hecho de su densidad universitaria cosmopolita (solo la Vrije Universiteit Brussel tiene unos 24.000 estudiantes, un cuarto de ellos internacionales) una pieza central de su identidad como capital europea. 

Madrid, en cambio, dispone de todos los ingredientes para jugar esa liga (masa crítica, combinación de universidades públicas y privadas, conectividad, oferta cultural y de servicios) pero no termina de presentarse al mundo como una ciudad universitaria articulada. Cada universidad emprendió su propia estrategia internacional, la Comunidad centra el discurso en debates domésticos públicoprivado y el Ayuntamiento apenas ha incorporado la dimensión universitaria a su proyección exterior. El resultado es que, cuando un estudiante de Hispanoamérica, de Asia o de Europa del Este compara destinos, ve campañas cohesionadas de “Study in London” o “Study in Lisbon”, mientras Madrid aparece de manera más dispersa, asociada a instituciones concretas pero sin una marca ciudad universitaria reconocible.

Este enfoque localista no solo limita la llegada de talento, sino que también debilita la capacidad de España como país para posicionarse mejor en el mercado global. Porque la competencia no es solo entre Madrid y Barcelona, o entre universidades públicas y privadas, sino entre España y otros países que han entendido que la educación superior es una industria exportadora de servicios intensivos en conocimiento. Cada estudiante internacional que elige España en lugar de otro país no solo paga matrículas y consume bienes y servicios; también genera redes, impulsa la investigación y, en muchos casos, se convierte en embajador informal del país o incluso en residente de largo plazo. 

El resultado es que, cuando un estudiante de Hispanoamérica, de Asia o de Europa del Este compara destinos, ve campañas cohesionadas de “Study in London” o “Study in Lisbon”, mientras Madrid aparece de manera más dispersa, asociada a instituciones concretas pero sin una marca ciudad universitaria reconocible

Desde esa perspectiva, la pregunta que deberíamos hacernos no es si Madrid tiene demasiadas universidades, sino si España tiene suficientes ciudades universitarias competitivas, y qué papel debe jugar la capital en ese ecosistema. La respuesta pasa por tres líneas de acción.

La primera, asumir que el sistema universitario madrileño es parte de la oferta-país y actuar en consecuencia. Eso implica coordinar a universidades públicas y privadas, administración autonómica y local y actores empresariales para definir una estrategia compartida de atracción de estudiantes internacionales: qué perfiles se buscan, en qué áreas de conocimiento, con qué propuesta académica y vital, y cómo se presenta esa propuesta en los mercados relevantes. No se trata de borrar las diferencias entre universidades, sino de sumar capacidades para que Madrid aparezca en el mapa global con una voz clara.

La segunda, superar la desconfianza ideológica hacia la colaboración públicoprivada en educación superior. Como se ha argumentado distintos artículos de Hispanidad, las universidades privadas, bien reguladas, no restan recursos al sistema público; al contrario, liberan plazas en la pública, aportan financiación adicional y generan empleo sin cargar todo el coste sobre el contribuyente. En el terreno internacional, esa diversidad institucional es una ventaja: permite ofrecer programas más flexibles, dobles titulaciones, formatos en inglés y alianzas con empresas y universidades extranjeras que enriquecen el conjunto de la oferta española. 

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La tercera, conectar mejor la escala nacional y la local. España necesita una narrativa de país atractivo para estudiar (basada en la calidad de su sistema universitario, su seguridad, su calidad de vida y su posición geográfica), pero esa narrativa se encarna en ciudades concretas. Madrid, Barcelona, Valencia, Granada o Sevilla han de dejar de competir solo entre ellas y empezar a verse como nodos complementarios de una misma red de destinos universitarios, cada uno con su especialización y su perfil, pero alineados en el objetivo común de atraer talento que, de otro modo, elegiría Canadá, Países Bajos o Alemania.

En un momento en que el talento se ha convertido en el recurso estratégico por excelencia, España no puede permitirse que su principal ciudad universitaria mire al suelo mientras otras capitales europeas miran al mundo. Madrid ya es, en términos absolutos, un gran campus urbano. La cuestión, para España como país, es si decidimos usar esa baza para jugar en la liga global o si seguimos atrapados en discusiones domésticas sobre quién se queda con qué parte de un pastel cada vez más pequeño. La diferencia entre una opción y otra no se medirá solo en matrículas, sino en productividad, innovación y capacidad de atraer y retener a la gente que marcará el futuro.

Antonio Díaz Morales (PhD)