“‘El amor es ciego’. No es cierto, el enamoramiento es ciego, como cualquier pasión pero el amor no lo es, el amor ve, dice el obispo noruego, predicador del Papa y colaborador de esa pequeña joya llamada Magnificat, Erik Varden.

Y añadiría que el amor goza de una espléndida vista. Es más, el amor comienza siendo racional como una ecuación y frío como un témpano. Es una decisión libérrima, casi científica, si pudiera tocarse o medirse, si fuera material en lugar de espiritual, porque el amor es entrega de uno mismo al otro y porque las donaciones de uno mismo las decide la cabeza, el cerebro, aunque nos permitamos la licencia literaria de asegurar que todo parte del corazón... porque en él radicamos la voluntad libre, lo más glorioso que tiene el hombre. 

Moisés define a Dios como ‘el que es’. San Juan prefiere asegurar que Dios es amor. Las dos definiciones son ciertas y complementarias, demasiado profundas como para comprenderlas sin saborearlas. La una nos dice que no podemos dar razón de nuestra existencia, que somos seres creados, aunque amados, sin ningún derecho y con el deber de gratitud permanente. 

¿Cómo no adherirse a tanta singularidad? ¡La vida es bella, amigo!

La segunda, Dios es amor, nos dice que somos seres amados por ese Creador y que sólo nos realizaremos amando: a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

En todo caso, el amor de Cristo no es el de Hollywood. Ahora en Pascua, tras la Semana Santa y en el domingo dedicado a la Divina Misericordia, podemos comprender nuestra existencia porque nuestro Creador nos ama de forma muy distinta al amor de Hollywood, nos quiere en serio y de forma paradójicamente sublime: Cristo es “Señor en el servicio, redentor en el sacrificio, todopoderoso en la debilidad, benefactor en la muerte, glorificado en la humillación”

¿Cómo no enamorarse de tanta singularidad? La vida es bella, amigo, sólo hace falta querer. Pero recuerde: el amor no es ciego.