Me comenta Marco Patuano, CEO de la compañía Cellnex, que los ciberataques se están multiplicando. ¿Y quién gana la batalla? Los atacantes o los defensores. Se ríe y me comenta: me conformo con empatar.
Ahora bien, Patuano asegura, al mismo tiempo, que hablar de ciberataques hoy es hablar de inteligencia artificial.
Y entonces recuerdo el pugilato judicial que estamos viviendo entre Sam Altman, el de ChapGPT y su exsocio, hoy el hombre más rico del mundo, Elon Musk.
Dos egos terribles que se apuntan a la paternidad de la inteligencia artificial (IA). En un momento dado, Musk ha soltado, ante el tribunal: la inteligencia artificial podría matarnos a todos.
Y así es. Ahora bien, habrá que insistir en que la IA no debe infundirnos temor: sólo supone pasar de una progresión aritmética a una progresión geométrica. Eso sí, sus posibilidades son enormes. Sí debe darnos miedo que, al otro lado de la IA, pulule un humano avieso. Porque una vez desencadenada, no hay quien la pare. Es como la energía nuclear. Si está controlada es maravillosa porque nos proporciona la mayor energía al menor coste. Pero cuando lanzas una bomba atómica ya no puedes volver atrás, solo sufrir las consecuencias.
Pues bien, es más fácil utilizar la IA, y utilizarla mal, que construir una bomba atómica, y necesitamos la IA igual que necesitamos la energía nuclear.
Lo malo no son las armas, lo malo está en las personas. Un arma puede ser muy poderosa pero en buenas manos no es temible.
El asunto es la confianza que cada uno tenga en sus semejantes y lo que cada uno confíe en Dios.