Hoy no les voy a hablar de lo mundano, ni de la actualidad geopolítica ni de narrativas interesadas o  la polarización social…. sino del duelo, por la pérdida de un ser  querido.

Presuponemos que es lo propio en los seres humanos con familiares, amigos o allegados. Luego viene otra categoría de duelo: por los animales y, en especial las mascotas en casa. Llegan a tu vida, en ocasiones por azar del destino o no, por designio milagroso o incluso porque el universo te tiene reservado una experiencia espiritual. 

Aquí en España, tan progres como siempre, que tenemos una Ley de Bienestar Animal que por primera vez los reconoce como “seres sintientes“. Tan sintientes somos pero que apenas damos cabida a los funerales y duelos de Estado de personalidades de la sociedad civil.

Hasta entonces e incluso todavía aún hoy proliferan los casos de maltrato animal y desamparo. Lideramos la barbarie en Europa en abandonos de animales de compañía. 300.000 al año, nada más y menos. La civilización de los españoles aún no ha calado en el trato con animales. No basta sólo con saber leer y escribir.

Pese a la ley, seguimos observando mascotas ultrajadas, desatendidas, desprotegidas, malcriadas y hasta vejadas. Los hay que custodian una vivienda el día entero como un sheriff sin las atenciones debidas por sus amos. Otras que actúan de protectores de la propiedad privada sin presencia humana pero exhaustos por tanta soledad, la falta de  comida y/o agua. Todo el día solos, a veces al sol con algo de sombra expuestos a la carencia de compañía, de cariño e inclemencias del tiempo. 

Lideramos la barbarie en Europa en abandonos de animales de compañía. 300.000 al año, nada más y menos. La civilización de los españoles aún no ha calado en el trato con animales

Los que no sufren así pero alguna otra causa, pasan por seres sintientes pero sin praxis. Recluidos y atormentados por sus tutores. Al son de una voz de mando o un golpe de bastón se les imparte disciplina para obedecer. Pese a todo, hay quienes adquieren el compromiso de adopción y criarlos como un miembro familiar más. Presuponiendo que tienen también alma, sentimientos y necesidades. Pero para eso hay que partir de la condición de humano con corazón. Y ya sabemos que hay de todo en la viña del señor, a quien se le otorga la desgracia de un animal de compañía como si fuera un objeto de usar y tirar.

Afortunadamente la mayoría comparten amistad, bondad, amor, cercanía, pero dolor y sufrimiento también. A más de una mascota solo les ha faltado hablar para comunicarse. En honor  a la verdad y en el lado opuesto, a no pocos tutores les ha faltado morder como un ser de cuatro patas, rabioso consigo mismo, con la sociedad y con su existencia compartida a golpe de palos día a día. 

En la literatura hay bastantes ejemplos al respecto. “Platero y yo” es una bella obra juvenil de Juan Ramón Jiménez que poetiza el amor por el animal y el duelo por la pérdida. Llegado a este punto se podría hacer propia otra obra: “Blanquita y yo”, mascota menuda, peluda de blanco, ojos muy celestes y gentiles ronroneos. Oscar Wilde ya decía con razón que convivir durante tiempo con una mascota nos hace ser mejores personas. 

Cierto o no, la humanización de los seres sintientes llevó a que hasta la Legión presuma de cabra, símbolo de buena suerte, fortaleza y resistencia (como la que vivimos actualmente de forma acusada). 

Pero lo que tenemos pese a tanta civilización y sensibilidad animal -con los nuestros y los de fuera– es una ley más que se incumple por falta de diligencia, escarmiento y complicidad de las autoridades. Los comparamos con seres vivientes pero que a la hora de la verdad la normativa no contempla los permisos por enfermedad, hospitalización o defunción y su regulación en el  estatuto de los trabajadores como sería menester con los humanos. Vds dirán, una causa más para escaquearse. O no, si es un ser adoptado familiar más no se le puede tratar como si fuera un florero de decoración y al tutor abstraerle de la salud mental por tanto sufrimiento animal.

Luego llega un día el duelo. Nada más lejos del pret-a-porter. Cada cual lleva el duelo como puede y como bien sabe. Uno llega a hacerse la siguiente cuestión: Si Dios dispone de la vida de los humanos, y los humanos de la vida de sus mascotas, ¿son los humanos también dioses (Dios) franquiciados que sacrifican a seres sintientes obra de Dios/Creador/Universo para acabar con el sufrimiento animal? Verdugos y salvadores al mismo tiempo. Pero el duelo es todo menos una franquicia emocional. Si tampoco es mundano, ¿qué es?. Cómo llamaríamos ese estado del duelo donde el pasado y el presente coexisten con una intensidad insoportable sin más futuro en perspectiva, pero con un dolor agrietado por la marcha de un ser frágil caído al vacío. 

Los que padecen el duelo, son/somos, a la vez, parte de una creación mayor y entes capaces de causar destrucción o alivio y por eso la sensación de "dios franquiciado" es lo que precisamente hace que el duelo se sienta más pesado. La suspensión del tiempo, que saca a la víctima y a sus amos de la cronología lineal y lo sitúa en otra dimensión, coexiste con una intensidad inhumana que certifica la finitud de toda vida terrenal. Ley de vida, pero no deja de ser cruel. 

Nadie se puede alegrar de una marcha inesperada salvo que eluda el sufrimiento. Pero aún así, Platero, Cuqui, Blanquita o como se llamen perdurarán como un recuerdo inmortal. Todo duelo teme su fin y sueña con terror el día en que termine la pena. 

Por eso, ellos merecen un DEP y nosotros que la memoria no los borre de nuestro alma. Nos separa tan sólo un simple peaje y un vínculo invisible permanente.