Les voy a contar lo que ocurre después de la muerte: ya fuera del tiempo, somos juzgados -juicio particular- y nos vamos, bien al infierno, al purgatorio o al Cielo. Luego, como decía John Henry Newman, un pequeño lapso y viene el juicio final cuando resucitaremos con cuerpo glorioso, tras la reunión entre alma y cuerpo.
Para entendernos, que nuestra vida, la de cada uno de nosotros, es eterna. No podía ser de otra forma porque, ¿cómo matar a un espíritu?
¿Acaso existe motivo para la tristeza? Es una mera cuestión de confianza en Dios y la confianza es el único tipo de conocimiento cierto, incluso superior a la evidencia pues los ojos engañan y no digamos nada el limitado método científico.
La misericordia sirve para todo tiempo y lugar, pero resulta imprescindible cuando el mundo ha envejecido y empieza a sufrir de senilidad.
El Alzheimer del mundo nos exige lo que hemos dicho a lo largo del triduo pascual: por el Jueves Santo, comunión diaria, por Viernes Santo, confesión semanal, por el Sábado Santo, rezo del Santo Rosario. Soluciones drásticas para problemas drásticos... de un mundo envejecido que ha perdido a Cristo.
Pero a Cristo siempre se le encuentra cuando se le quiere encontrar.
Repitan conmigo: no hay motivo para la tristeza, pero sí razones para abandonarnos en manos del único que sabe cómo salir del Sepulcro.
A fin de cuentas, el mundo actual recuerda aquella ironía de la genial película 'Un, dos Tres': la situación es desesperada pero no grave. Porque, a fin de cuentas, el destino sólo es la Providencia.