"La Iglesia vive de la Eucaristía", dijo san Juan Pablo II. "La Eucaristía hace la Iglesia", aseguró Francisco, para zanjar la ingente cantidad de chorradas que se dijeron en el Sínodo de la Amazonía.

Ahora León XIV afirma: "La Eucaristía es el Tesoro de la Iglesia, el Tesoro de los Tesoros". Lo dijo ante monaguillos, en su jubileo, en un discurso que ha sido el mejor, en mi opinión, de su por ahora corto pontificado. 

Porque lo que está en juego no es ni una Iglesia progre frente a una Iglesia conservadora, ni el caca-culo-pedo-pis de las cuestiones de la moralidad de la bragueta, apartado de la teología moral que, a lo largo de la historia, casi siempre se ha solventado aplicando el sentido común. No, lo que está en juego, en la Iglesia y en el mundo, es la eucaristía, el amor de Dios por la humanidad. 

Y el discurso del Papa Prevost es el propio de un norteamericano: gente práctica que sigue el viejo aforismo primero: "Si funciona no lo cambies". Al que yo añadiría: si no funciona comprométete en el cambio. 

Además de animar al sacerdocio a esos jóvenes, León XIV les planteó el gran secreto de la Iglesia, el tesoro de los tesoros: el reinado eucarístico, que empieza con la palabra gracias: ¿Qué esperamos para amar a Cristo?

Reparen en estos dos párrafos: "Hay una prueba inequívoca de que Jesús nos ama y nos salva: dio su vida por nosotros al ofrecerla en la cruz. De hecho, no hay amor más grande que dar la vida por quienes amamos (cf. Jn 15,13). Y esto es lo más maravilloso de nuestra fe católica, algo que nadie podría haber imaginado ni esperado: Dios, creador del cielo y de la tierra, quiso sufrir y morir por nosotros, criaturas. ¡Dios nos amó hasta la muerte! Para lograrlo, bajó del cielo, se humilló ante nosotros haciéndose hombre y se ofreció como sacrificio en la cruz, el acontecimiento más importante de la historia del mundo. ¿Qué debemos temer de un Dios que nos amó hasta este punto? ¿Qué más podemos esperar? ¿Qué esperamos para amarlo como se merece?".

Y por tanto, "la Iglesia, de generación en generación, preserva cuidadosamente la memoria de la muerte y resurrección del Señor, de la que es testigo, como su tesoro más preciado. Ella lo custodia y lo transmite celebrando la Eucaristía, que ustedes tienen la alegría y el honor de servir. La Eucaristía es el Tesoro de la Iglesia, el Tesoro de los Tesoros. Desde el primer día de su existencia, y luego durante siglos, la Iglesia ha celebrado la Misa, de domingo a domingo, para recordar lo que su Señor hizo por ella. En las manos del sacerdote y en sus palabras, 'este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre', Jesús todavía da su vida en el Altar, todavía derrama su Sangre por nosotros hoy. Queridos monaguillos, ¡la celebración de la Misa nos salva hoy! ¡Salva al mundo hoy! Es el evento más importante en la vida del cristiano y en la vida de la Iglesia, porque es el encuentro donde Dios se nos entrega por amor, una y otra vez. El cristiano no va a Misa por deber, sino porque lo necesita, ¡absolutamente! ¡La necesidad de la vida de Dios que se da sin retorno!"

¿Cómo resumiría servidor este párrafo? Fácil: comunión diaria. Insisto: el camino más recto hacia la eternidad. Y conviene ponerlo en práctica enseguida. Ante la falta de sacerdotes, cada día se pone más difícil, también en naciones católicas: la asistencia diaria a la eucaristía.