Cuando era un joven profesor de Periodismo, allá por los primeros años de la década de los ochenta, de vez en cuando me apasionaba al hacer alguna crítica a lo que yo consideraba un error teórico o un defecto de la práctica profesional imperante. Un antiguo alumno de esa época me recordó hace poco lo que dije, en uno de esos arrebatos: “El periodista es, ante todo, una persona con convicciones y sentimientos que lucha por su libertad e independencia; que debe buscar la verdad con criterios de justicia y de humanidad; y no estar apegado al teletipo y ser un correveidile neutro de las declaraciones de los que detentan el poder, sino salir a la calle, a los bares, a las plazas, para ver cómo piensan y viven las personas normales y así poder servirlas mejor”.
Yo no he salido a los bares y a las plazas a hablar con las personas que me encontrase, pero en estas semanas he tenido la oportunidad de conversar con algunos amigos, vecinos y conocidos, varios de ellos jubilados o a punto de jubilarse, sobre la situación de nuestro país.
No sé qué grado de representatividad de la Opinión Pública tendrá este grupo de buenas personas, pero sí sé que todos están enormemente preocupados y que no le ven una salida airosa a la situación, pues todos piensan que no es solo un tema de alternancia en el poder sino una crisis profunda del sistema, cuyo resquebrajamiento ninguno podía prever hace unas décadas o años.
Lógicamente, cada uno de mis interlocutores enfatizaban unas cosas u otras, dependiendo de su formación y trayectoria profesional, de su status social, de su edad y experiencia… E, incluso, de los medios de comunicación que seguían.
Así, por ejemplo, uno de ellos, que había sido profesor de latín en la enseñanza media, me confesó que todos los días se acordaba, con cierta desazón, del inicio de la famosa Catilinaria de Cicerón: “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra paciencia, Catilina?). Pero cambiando al corrupto de la Roma imperial por los de la España actual.
Todos están enormemente preocupados y que no le ven una salida airosa a la situación, pues todos piensan que no es solo un tema de alternancia en el poder sino una crisis profunda del sistema, cuyo resquebrajamiento ninguno podía prever hace unas décadas o años
De otro conocido me admiró la buenísima memoria que tiene. Pues, en un momento dado de la conversación, comenzó a enumerar el elenco de “barrabasadas” de toda índole que el actual Gobierno había cometido. Y son tantas y tan seguidas que algunas de ellas se me habían olvidado y pienso que a la mayoría de la gente también; tan variadas y tan graves que, en comparación, las de Catilina semejan a pellizcos de monja; tan impunes, por lo menos hasta ahora, que desesperan a cualquier amante de la justicia.
Y ya que hablamos de la justicia, recuerdo que con un buen amigo estuvimos profundizando en aquellas palabras de San Agustín que, esta vez, saqué yo a colación: “Un Estado que se refiriera sólo a los propios intereses y no a la justicia en sí misma, a la verdadera justicia, no sería estructuralmente diverso de una bien organizada banda de salteadores”.
Lo más sencillo fue aplicarlo a cómo habían asaltado el poder los actuales gobernantes y, una vez instalados en él, a cómo habían asaltado la mayor parte de las instituciones.
Pero también salieron a relucir otras cuestiones de fondo que se refieren a los errores antropológicos y teológicos de la Modernidad y que tienen que ver con el declive de la civilización occidental, afectando a casi todos los países, no solo al nuestro. Recuerdo que a mi amigo le gustó mucho mi definición de progresismo: “el regreso a la barbarie y a la irracionalidad con tecnología punta”.
Recordamos la definición de justicia de Ulpiano: “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”, siendo este “suyo”, en primer lugar, el respeto a la propia dignidad de cada persona, por muy pequeñita o anciana que sea. Por eso una sociedad cuyas leyes no protegen el derecho a la vida, el derecho a la propiedad privada, la igualdad ante la ley, etc., etc., es injusta per se. Y, desgraciadamente, esto no es solo obra de los actuales gobernantes españoles.
Si a esto añadimos que el exceso de burocracia y protocolos generales (muchos de ellos obligados por instancias supranacionales desconocedoras por completo de las circunstancias reales de las personas) se opone radicalmente al concepto de justicia. Y que el positivismo jurídico obliga a los jueces a aplicar las leyes tal cual, por muy injustas que sean…
Ya que en este mundo lo más normal es que no haya justicia, y entre otras cosas, también precisamente por eso, tenemos que esperar con firme Esperanza en que sí habrá una Justicia divina reparadora en la Otra Vida, que es Eterna
La reacción de mis interlocutores ante esta situación que analizábamos ha sido muy diversa según el temperamento de cada uno. Como casi todos son hombres de fe y buena voluntad, procuran ser justos y honrados en sus vidas y colaborar con algunas iniciativas que palien esas injusticias, pedir a Dios paciencia y ánimo… E, incluso algunos rezamos para que Dios intervenga de nuevo en la Historia de un modo catárquico y regenerador.
No obstante, uno de ellos, el de la memoria de elefante, tras reflexionar sobre lo que él mismo había recordado y yo había asentido, se entristeció sobremanera ya que (me contó luego) él y algunos de sus familiares habían padecido algunas de esas barrabasadas. Y llevado de una cierta desesperación afirmó que “este mundo es totalmente injusto”.
Y yo no se lo negué, aunque sí le hice algunas matizaciones. Y después, simplemente le recordé algunos versos de Jorge Manrique (“este mundo es el camino para el otro que es morada sin pesar”…), y que, ya que en este mundo lo más normal es que no haya justicia, y entre otras cosas, también precisamente por eso, tenemos que esperar con firme Esperanza en que sí habrá una Justicia divina reparadora en la Otra Vida, que es Eterna.
Como no pude alegrarle mucho con mis palabras, pues le habían venido malos recuerdos a su cabeza que le atosigaban, le recomendé que, cuando lo viera oportuno, leyera la encíclica de Benedicto XVI Spe Salvi, y los puntos del Catecismo de la Iglesia Católica que hablaban del Cielo, el Purgatorio y el Infierno.
Al cabo de varios días supe que, gracias a Dios, había sido una buena terapia. Estaba lleno de Esperanza.