Con motivo del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos, el presidente norteamericano rememoró la victoria ante España en la Guerra de Cuba de 1898, trayendo a la memoria el “Desastre del 98” por la pérdida de las últimas colonias españolas en el Atlántico y el Pacífico. Las alusiones a España en esa efeméride en EEUU no son una bravuconada gratuita más sino otro misil a la línea de flotación de la política del actual inquilino en La Moncloa. Por otro lado, evidencia la realidad que está atravesando España actualmente, otra etapa histórica parecida.
Cuando Trump señala que "los españoles no se están portando bien" y que "escarmentarán", en clara alusión a la negativa de Pedro Sánchez de cumplir con el 5% del gasto en defensa dentro de la OTAN, el alineamiento contra Israel en favor de los terroristas de Gaza y en contra de la guerra de Irán, EEUU evoca a la historia con la diferencia de que España hace mucho que dejó der ser un imperio. Qué legitimidad ética y política puede hacer valer Sánchez en el mundo libre rodeándose y tapando tantas infamias corruptas. Se entiende que haya elegido aliarse con dictaduras y estados terroristas, enemigos del mundo libre en Occidente. Y este hecho ya es de por sí un desastre que ahonda aún más nuestro aislamiento internacional y la depresión nacional en la población española.
Nosotros desde España podemos añorar mejores tiempos pero a nadie se le ocurre enfrentarse a EEUU en pleno siglo XXI solo para salvar el pellejo de cuestiones domésticas judicializadas. Tampoco ayuda la animadversión de Trump con todo lo que tenga que ver con el comunismo. Ya vimos la actitud de la Casa Blanca hacia regímenes comunistas como Venezuela, Cuba y ahora el gobierno social-comunista de Sánchez. “El comunismo es un cáncer” llegó a decir en los festejos de la Independencia y Sánchez debe sentirse aludido.
Si el "Desastre de 1898" fue una catástrofe para España por el hundimiento de la flota española y la pérdida traumática de las últimas colonias en ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas entre otros) que certificó el fin de un imperio, el "Desastre del 2026" es otra calamidad más actual. Por un lado, porque internamente está atacando la convivencia y la polarización de los españoles, y por otro, porque enfrenta los intereses de la Administración norteamericana por cuestionar casi todo el trabajo sucio que hace Washington para defender Europa.
Si el "Desastre de 1898" fue una catástrofe para España por el hundimiento de la flota española y la pérdida traumática de las últimas colonias en ultramar (Cuba, Puerto Rico y Filipinas entre otros) que certificó el fin de un imperio, el "Desastre del 2026" es otra calamidad más actual
El Desastre del 26 se caracteriza también por la erosión sistemática del Estado de Derecho inmerso en una corrupción galopante que ha generado un clima de desafección total hacia la clase política en España. Por otro lado, la autocracia de Sánchez propia de un régimen comunista disfrazado es un sentimiento extendido por la toma de control de los contrapesos institucionales —desde el poder judicial hasta los órganos reguladores— derivando que la voluntad del Ejecutivo se impone por encima de la separación de poderes.
Por último está el desmantelamiento constitucional: las reiteradas agresiones a la Constitución Española, vistas por muchos (dentro y fuera del país) como un ataque a la arquitectura misma de nuestra democracia, han dejado a España en una situación de indefensión desastrosa.
Todo suma. Para un observador externo como Trump, España no es hoy un aliado sólido y fiable, sino un país inestable, vulnerable y, por tanto, manipulable que cuestiona hasta la seguridad nacional de la OTAN por insistir en sus lazos comerciales con Pekín y el alineamiento con el primer enemigo de Occidente: Irán y China. Nuestra "debilidad" no está solo en la falta de gasto militar, sino en una crisis de legitimidad interna que nos impide proyectar fortaleza hacia el exterior. Trump lo sabe y no desaprovecha la oportunidad para arrinconar al socio mentiroso de Moncloa como no hace con ningún otro aliado europeo, por actuar de forma desleal hacia la OTAN: en una cumbre atlántica España acepta un pacto del gasto y de vuelta a casa Sanchez sostiene lo contrario.
Si España en 1898, tras la pérdida de las posesiones de ultramar, se sumió en una catarsis colectiva que dio origen a la creación de la Generación literaria del 98 (con Unamuno, Baroja, Machado) que marcó el siglo XX, convirtiendo el duelo nacional en una literatura de la angustia y el debate existencial , en la actualidad el “Desastre del 2026” es una crisis con similitudes en el XXI. Un hipotético asalto de Marruecos en Ceuta y Melilla no contaría con la lealtad y protección de Trump y la OTAN. El Desastre para España sería perfecto.
Todo suma. Para un observador externo como Trump, España no es hoy un aliado sólido y fiable, sino un país inestable, vulnerable y, por tanto, manipulable que cuestiona hasta la seguridad nacional de la OTAN por insistir en sus lazos comerciales con Pekín y el alineamiento con el primer enemigo de Occidente: Irán y China
Tenemos un entorno internacional —personificado en el nacionalismo de Trump— que no perdona la falta de compromiso y debilidad de Sánchez. Asimismo España padece una clase política española formada por el PSOE y la Coalición Consentidora de la Corrupción (CCC) que ha priorizado la permanencia en el poder del gobierno social-comunista sobre la salud institucional, debilitando los pilares que deberían sostenernos ante cualquier presión extranjera.
A diferencia de hace 128 años, la reacción de los españoles al “Desastre del 2026” no puede limitarse a la respuesta digitalizada retuiteando en X y escondiéndose tras perfiles en las redes sociales que han sustituido a las tertulias en los cafés. Ya solo por ese hecho agrava el sentido del desastre.
La Generación del 98 nos enseñó que si España quiere sobrevivir a este nuevo desastre, la respuesta no puede ser la resignación y los brazos caídos, sino la recuperación urgente de la legalidad del estado de derecho, la integridad institucional y, sobre todo, perseguir un proyecto regeneracionista que sea capaz de ilusionar más allá de la mera supervivencia política. Emulando a Trump, la divisa sería: España y los españoles primero… y luego si acaso los partidos.