No soy ningún experto en crítico de arte y ni mucho menos musical, pero sí un observador más de lo que está sucediendo a nuestro alrededor, donde la decadencia es materialmente evidente en todos los ámbitos de la vida: la política, la familia, la moral, la subjetividad del auto apercibimiento, etc. Y si hay algo claramente plasmable, es lo que está sucediendo con las artes plásticas y la música, que son precisamente las artes que determinan el nivel social en su condición de la intelectualidad y la belleza.

No estamos asistiendo únicamente a una transformación de los elencos artísticos, sino a una mutación profunda del criterio estético. La decadencia del arte contemporáneo —tanto en la música como en las artes plásticas— no es un fenómeno espontáneo ni una simple cuestión generacional: es el resultado de una industria cultural que ha decidido sustituir la exigencia por la rentabilidad y la experiencia estética por el consumo automático. Es decir, la destrucción de la belleza por un negocio que no aporta trascendencia, solo resultados en las cuentas bancarias.

En el ámbito musical, el diagnóstico es contundente. La música que domina hoy las listas de éxito ha dejado de ser una forma de expresión para convertirse en un producto neuroquímico de impacto inmediato, diseñado para cerebros incapaces de sostener la atención más allá de unos segundos. La melodía, la armonía y el desarrollo han sido sacrificados en favor del estribillo eterno y de una razón sonora que elimina cualquier rango dinámico. No se busca emocionar ni interpelar, sino estimular de forma refleja y ante una generación educada en el automatismo y el pragmatismo para el placer, el negocio está hecho.

La consecuencia es doble. Por un lado, se empobrece el lenguaje musical y por otro, se degrada al oyente, que deja de escuchar para simplemente consumir. Theodor W. Adorno advirtió sobre la cultura industrializada, que genera la ilusión de novedad, anestesiando el pensamiento crítico.

La música que domina hoy las listas de éxito ha dejado de ser una forma de expresión para convertirse en un producto neuroquímico de impacto inmediato, diseñado para cerebros incapaces de sostener la atención más allá de unos segundos

No seamos ingenuos. La industria musical no busca artistas con capacidades y habilidades que les hace valiosos por sí mismos. Realmente selecciona activos financieros predecibles, fácilmente procesables por algoritmos y adaptados a la economía de la atención. Han reducido las canciones a fragmentos diseñados para captar dopamina en los primeros segundos. El resultado es ruido que llena el silencio y evita la reflexión.

La estructura de esto que ahora llaman música, deriva en letras literales, descriptivas, obsesionadas con el ego, el consumo o el sexo, acompañado de un fondo machacón, repetitivo y absorbente que no te permite salir de ese laberinto sonoro. Aquí reaparece de nuevo George Orwell, el profeta de lo que sería el posmodernismo: «cuando se empobrece el lenguaje, se empobrece el pensamiento».

Este mismo patrón se reproduce, con inquietante fidelidad, en el arte plástico contemporáneo institucionalizado. Museos, ferias y centros de arte promueven con entusiasmo obras carentes de técnica, forma o belleza, legitimadas no por su valor intrínseco, sino por la manipulación del discurso que las rodea. La artista y youtuber Paloma Hernández, en su libro Arte, propaganda y política, advierte que el objeto artístico deja de hablar por sí mismo y necesita ser explicado, dirigido e interpretado por un comisariado que instruye al espectador sobre lo que debe sentir o pensar.

El paralelismo con la música es evidente. Del mismo modo que el autotune oculta la incompetencia vocal, el relato que acompaña a la “obra de arte”, disimula la pobreza formal. Todo lo que la institución Arte contemporáneo determina qué es contemporáneo, se presenta como válido, social y democrático. Mientras que los artistas que pretenden acceder a ese establishment críticos al sistema, jamás encontrarán respaldo.

Byung-Chul Han denuncia que, al eliminar el misterio, la opacidad y la dificultad, se elimina también la profundidad. Un arte sin resistencia no transmite; simplemente ocupa espacio. La obra deja de ser una pregunta para convertirse en un objeto de consumo rápido, intercambiable y desechable. ¡Todo tan parecido con la música!

La función política de esta degradación no es baladí. Un individuo incapaz de procesar una armonía compleja o definir una forma exigente, difícilmente podrá enfrentarse a un dilema ético, social o político complejo. La simplificación estética produce ciudadanos infantilizados, funcionales, pero estéticamente ciegos, emocionalmente planos.

Del mismo modo que el autotune oculta la incompetencia vocal, el relato que acompaña a la “obra de arte”, disimula la pobreza formal

Frente a esta deriva, recuperar la escucha activa y la contemplación exigente, en la actualidad se ha convertido en un acto de disidencia. Escuchar un álbum completo, detenerse ante una obra sin necesidad de manual explicativo, aceptar la dificultad y el esfuerzo como parte del proceso estético es reclamar la soberanía del criterio. En palabras de Friedrich Schiller, es a través de la belleza como se llega a la libertad. Hoy la belleza está arruinada.

La industria -musical o artística- no ofrece lo que necesitamos, sino lo que es más barato producir y más fácil de vender, frente al artista auténtico, que no da al público lo que ya espera, sino aquello que aún no sabe que necesita. Porque esa es la diferencia esencial entre arte y producto.

Si renunciamos a distinguir entre lo mediocre y lo excelente, renunciamos también a nuestra capacidad de juicio. Y una sociedad que pierde el criterio estético termina perdiendo el criterio moral. Y queridos, estamos ante la evidencia más brutal de los tiempos que nos han tocado vivir.

Arte, propaganda y política (Sekotia) Paloma Hernández. ¿Es hoy el arte contemporáneo un ámbito verdaderamente libre o un espacio condicionado por marcos ideológicos? Esto es lo que se pregunta la autora, porque en España, buena parte de la creación artística reciente ha sido impulsada y sostenida por instituciones públicas alineadas con proyectos ideológicos que debilitan la identidad hispánica. Frente a otras tradiciones culturales que se reafirman, la nuestra se fragmenta. Este análisis propone recuperar el rigor crítico para comprender y cuestionar qué se legitima como “arte” y por qué.

El rugido de nuestro tiempo (Taurus) Carlos Granés. El autor examina el cruce conflictivo entre cultura y política desde los hechos, no desde la teoría. Describe un mundo desordenado por la pérdida de lo común y detecta una paradoja: la cultura, antes libre, se ha vuelto moralizante y canceladora, mientras la política adopta rasgos performativos. Analiza liderazgos actuales para mostrar la crisis del estadismo y reflexiona sobre Occidente, la posmodernidad y el decolonialismo.

Los muertos del reguetón (Pábilo) Jonatan Nieves. Un ensayo riguroso y provocador que, bajo un subtítulo elocuente, propone analizar el reguetón sin dogmatismos ni condenas fáciles. No busca dictar sentencia, sino abrir un debate que estimule el pensamiento crítico y ayude a formarse un juicio más sólido. Frente a la resignación ante la mediocridad dominante, el autor cuestiona la adaptación pasiva a un tiempo degradado y reivindica la posibilidad —aunque incierta— de transformar una cultura mercantil en una nueva edad de sentido y dignidad.