En España hay 23.000 parroquias, de las que casi 8.000, la tercera parte, están sin párroco. Nos hemos convertido en una Iglesia de piedras bellas... pero de puñeteras pìedras. En Francia es peor: un cura por cada sesenta campanarios.

En España, ya rozamos los 50 millones de habitantes pero no llega ni a la mitad el número de recién nacidos que son bautizados.

Sólo uno de cada seis españoles va a misa los domingos. Sí, es cierto que aumentan los católicos que van a misa todos los días, algo muy revelador, pero como recordaba San Josemaría, el fundador del Opus Dei, "de 100 almas interesan 100". 

Por cierto, León XIV acaba de recibir a Monseñor Ocáriz, prelado, no obispo, del Opus Dei: los nuevos Estatutos de la Obra continúan en espera. Mejor, cuanto más esperen mejor.

A lo que estamos Fernanda, que se nos va la tarde. España nunca dejará de ser católica porque desaparecería. Pero es cierto que los españoles se están alejando de Cristo, como toda Europa, y de ahí la decadencia española y europea. 

Si uno se arrodilla ante el confesor solitario, el confesor dejará de estar sólo. El sacramento de la penitencia también precisa su particular 'efecto llamada'

Pues bueno, todo el proceso de acercamiento a Cristo, que es el único que puede saciar el alma humana insatisfecha, empieza por el arrepentimiento. No porque él lo imponga, sino porque el hombre es pecador. Es decir, la conversión empieza por la confesión, por el sacramento de la penitencia. En plata: curas al confesionario, que estamos en Cuaresma. 

Conste que uno comprende que los curas huyan del confesionario. Confesar es una tortura. Es, sin duda, el martirio del siglo XXI. La falta de formación doctrinal y de sentido común moral ha llegado a tal extremo que el hombre no ha perdido el sentido del arrepentimiento sino que ha perdido el sentido del pecado. Peca, pero no sabe que peca, cuando no se revuelve con orgullo con el "yo no me arrepiento de nada", el acabose de la soberbia.

Pero por eso hay que hacerlo, por eso los curas deben someterse al martirio del confesionario, con muchas probabilidades de que no se escuche al pecador humilde sino al rebelde que no pretende adaptarse al Espíritu, esto es, al sentido natural, sino que pretende que sea el Santo de los Santos quien se adapte a su modo de ver y vivir la vida. 

Porque el problema de hoy no es el perdón de Dios, que es el Padre del Hijo pródigo, sino el arrepentimiento del hombre, al menos, en esta temible época de la blasfemia contra el Espíritu Santo, la última etapa, en la que vivimos entre demonios, donde el hombre, no sólo no se arrepiente de su pecado y no solo niega que exista el pecado ("no son pecados son errores", como me dijo una mujer muy cultivada) sino que, además, ha convertido el pecado en santidad y la santidad en pecado, el bien en mal y el mal en bien... que no es otra cosa que la Blasfemia contra el Espíritu Santo, el pecado que no se perdonará a los hombres ni en este mundo ni en el venidero. 

La conversión empieza con la confesión. El martirio sacerdotal de hoy consiste en sentarse muchas horas en el confesionario, en una España decadente... porque se ha alejado de Cristo

Pues bien, por todo esto, es por lo que el martirio sacerdotal de hoy consiste en que el cura se siente muchas horas en el confesionario. El modelo actual de los sacerdotes debe ser el Padre Pío. Y es que por esta situación, ligeramente calamitosa, es por lo que hay que hacerlo. Empecemos esta misma Cuaresma a calentar el confesionario a tiempo y a destiempo. La luz encendida de la garita siempre supone una llamada de atención.

Para mí que esto es algo mucho más importante que lo de la sinodalidad.

¿Y si no viene nadie? Pues, al menos, el sacerdote quedará "expuesto' en el confesionario y ante el sagrario. Además, si un penitente -uno solo- se arrodilla ante el confesor solitario, el confesor dejará de estar sólo, seguro. El sacramento de la penitencia también precisa de su particular 'efecto llamada'. Otrosí: el hombre puede alejarse de Dios pero no deja de ser un ser social, afectado, aunque en su presunción lo niegue, por los buenos y los malos ejemplos. 

Lo que no puede ser es que, en Cuaresma, los confesionarios estén aún más vacíos que el resto del año. Eso sí que no.