Estamos de nuevo en Cuaresma. Una etapa en la que nos encontramos con nosotros mismos si miramos cara a cara a nuestros Dios, el referente de nuestra santidad y como tal el camino, la verdad y la vida que debemos seguir, y perseguir, por esto mismo existe la Cuaresma.
Vivimos una época de sentimientos y autorreferencia, sin embargo, la realidad de nuestras almas va por otro camino, quizá por eso tenemos esta especia de esquizofrenia con la que no terminamos de alcanzar la paz que nos prometen los gurús de la Nueva Era de la tele o las redes sociales. Esperamos que sea Dios, quien venga a resolvernos los problemas, como si fuese una máquina de expedir favores: “su milagro, gracias”. Esperamos que sea Dios el que nos salve porque sí, y eso ya lo hizo, y ahora es él quien espera que seamos nosotros los que vayamos hacia él.
Deja que te ponga un ejemplo que explica suficientemente bien, con todas sus limitaciones teológicas, qué papel es el nuestro en la salvación.
Imaginad un túnel en cuyo extremo hay un escenario y, sobre él Dios, que mira hacia la humanidad. Solo hay un foco, el mismo Dios Padre, y su reflejo nos alumbra con fuerza, más a los que están cerca. La luz se vuelve tenue, y la humanidad se desvanece hasta que en la parte más oscura todo negro. Todos estamos allí, en presencia de Dios, y Dios mira y ve a los de la primera fila iluminados y va mirando hacia el fondo hasta que llega un momento en que ya solo se adivinan cabezas, pero ya no se les distingue el rostro. Su mirada avanza hasta el fondo, y no se ve a nadie porque están ocultos en la oscuridad maciza, aunque, por supuesto, él sabe quién están allí.
Los de la primera fila, bien iluminados, son aquellos que están en gracia, los que luchan conscientemente por la santidad. Los que pretenden su transformación en Cristo. Según llegas a la parte sombría, son los que ven a Dios pero que no luchan por ser santos, se dejan llevar por la costumbre o las tradiciones, pero no comprometen su vida porque están acomodados en esa religiosidad que cubre el expediente de “cumplir”, cuando no las apariencias. Los últimos, a los que Dios no ve pero que sabe que están allí, son los que no quieren estar cerca de él porque prefieren estar con ellos mismos. Ahora bien, todos tenemos la posibilidad de ir hacia Dios porque todos vemos a Dios, incluso los del fondo negro. Todos podemos avanzar con la luz por la gracia de Dios hacia su dirección. Dios está allí, nos da la gracia de la luz con la que poder dirigirnos hacia él, pero somos nosotros los que tenemos que dar los pasos y avanzar del lado oscuro a la luz. Dios no condiciona, no obliga a ser bueno o malo, pero siempre nos ofrece las oportunidades para hacer el bien porque nos desea a cada uno de nosotros.
Esperamos que sea Dios, quien venga a resolvernos los problemas, como si fuese una máquina de expedir favores: “su milagro, gracias”. Esperamos que sea Dios el que nos salve porque sí, y eso ya lo hizo, y ahora es él quien espera que seamos nosotros los que vayamos hacia él
Para nuestro acercamiento a Cristo y transformarnos en él, cuentan nuestras potencias naturales: inteligencia, edad, estado físico, relaciones sociales, etcétera. Pero ojo, porque nuestras potencias naturales pueden apuntar hacia Cristo o hacia su contrario, teniendo en cuenta que todas estas potencias son, o pueden ser, causa de santidad o de condenación, sin olvidar que normalmente, nuestras potencias confluyen de manera multifactorial en el pecado que cometemos. Por eso, también, se convierten en una confluencia de potencias para ser santos, para ser Cristos, y siempre, en cualquier caso, ya en la santidad, ya en la condenación, contamos con la misericordia y la gracia de Dios.
Y hablando de pecado, atención a la advertencia que nos hace la instagramer Anahís Lambea: «La Nueva Era también elimina la palabra pecado porque dice que solo existen bloqueos o mala vibración, vibración baja… No hay mal, solo hay heridas que sanar, y esto aunque parece y suena compasivo, es realmente súper cruel porque si no existe el pecado tampoco existe el perdón y si no existe el perdón, entonces todo el peso recae sobre ti (…) Es decir que buscas luz, pero nunca descansas ni encuentras la paz real y Jesús dice totalmente lo contrario en Mateo 11:28, dice ‘venid a mí los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso’. Es decir, que la Nueva Era promete expansión y Jesús promete vida; la Nueva era promete control, pero Jesús te promete confianza; la Nueva era te promete poder y Jesús te promete amor verdadero… ¡Aunque pase por la cruz!».
Todo remite a Dios y todo termina en Dios. Dios da la gracia y a Dios llega la gloria. Nosotros no somos más que meros conductores, buenos o malos. Por eso, la Cuaresma es necesaria con todos sus pequeños aportes como el ayuno y la abstención, que no solo es un acto de disponibilidad al cambio, pues nos compromete personalmente. No debemos olvidar que el hombre se salva individualmente, no en comunidad, aunque esta ayude a salvarle. Vivir la Cuaresma es una forma de vida que nos llevará definitivamente a la Pascua, porque “Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe” (1 Co 15,12.16-20).
Amor y perdón. Homilías (Rialp) San Juan Bautista María Vianney. El autor, más conocido como Santo Cura de Ars, a través de esta selección de homilías, aporta firmeza espiritual, transparencia y celo por la salvación. Con lenguaje accesible y doctrina sólida, invitan a la conversión sincera y al recurso frecuente al perdón. Durante más de cuatro décadas al frente de su parroquia, transformó Ars en referente de vida cristiana, guiando a innumerables penitentes hacia la reconciliación y una existencia renovada en el amor de Dios.
Nuestra transformación en Cristo (Encuentro) Dietrich von Hildebrand. Esta obra se ha consolidado como una brillante introducción a las virtudes cristianas en ámbitos católicos germánicos y anglosajones. Clásica por expresar el núcleo de la espiritualidad católica y vigente por dialogar con el hombre contemporáneo, se apoya en un profundo conocimiento de la estructura del alma. Desde ahí, muestra cómo la gracia eleva la ética natural y orienta la vida hacia la plenitud en Cristo.
¿Por qué ayunar si no lo entiendo? (Palabra) Giulio Viviani. En la actualidad, muchos limitan su alimentación por razones de salud, estética, convicción moral o ideológica. La Iglesia también propone estas prácticas, especialmente durante la Cuaresma, aunque a menudo se han perdido o difuminado sus motivos espirituales. Este libro recupera, con un lenguaje claro y accesible, el sentido profundo del ayuno cristiano, explicando su valor como camino de disciplina interior, conversión y apertura a Dios.