Cada verano asistimos al mismo espanto. Las llamas devoran miles de hectáreas en España, Portugal, Francia o Grecia; las imágenes conmueven a la opinión pública y los responsables políticos comparecen con gesto grave; y, antes incluso de que se extinga el último foco, aparece el mismo argumento de siempre: el cambio climático.
El clima cambia hoy como ayer, e ideologizar un hecho natural es traicionar a la ciencia y mentir a la sociedad. Nos toca vivir una época donde el cientificismo es casi un acto religioso y llevar la contraria al inventado dios climático es una herejía. Una etapa de la humanidad marcada por la brújula de la Agenda 2030 y la “verdad” del cambio climático es una de las patas más fuertes que se aplican en Europa, mientras que en España, la legislación de Montes actual, la que burocratiza cualquier actuación preventiva de orden privado, fue creada por José María Aznar, amparada por José Luis Rodríguez Zapatero, reforzada por Mariano Rajoy y blindada por Pedro Sánchez... A ver si el problema del cambio climático lo tiene el bipartidismo.
Los incendios necesitan combustible. Y ese combustible tiene un nombre que no quieren escuchar, se llama abandono. Montes desatendidos, cortafuegos descuidados, riberas sin limpiar, acumulación de ramas caídas, hojas secas, restricciones al pastoreo tradicional y una gestión forestal sometida desde los despachos con una burocracia que somete por asfixia al campo.
Hace apenas unos meses, tras la devastación provocada por la DANA, se hicieron muchas fotos, grandes reportajes, se contaron muertes y vidas desaparecidas por centenas. Y, amén del vergonzoso espectáculo político que dieron desde el gobierno central y la desidia de la Comunidad Valenciana, se habló de prevención, de infraestructuras abandonadas que se retomarían y de una nueva gestión del territorio. Sin embargo, las leyes permanecen intactas y numerosos cauces siguen sin poder limpiarse porque la ley sigue prohibiéndolo bajo pena de multas graves; las administraciones continúan atrapadas entre la incoherencia y las incompatibilidades de unas con otras, tropezándose entre sí las autorizaciones, los informes y las normativas, convirtiendo el mantenimiento ordinario en una carrera de obstáculos.
Con los incendios ocurre algo parecido. Año tras año arden miles de hectáreas, desaparecen explotaciones agrícolas, ganaderas y forestales, familias enteras ven arruinado el trabajo de toda una vida, pero las políticas de prevención siguen sin cambiar. Se habla mucho de descarbonización y muy poco de desbrozar. Se legisla sobre emisiones mientras se olvida retirar la maleza que convierte al monte en un polvorín. Es un dicho que emerge de los lugareños por generaciones milenarias: los incendios se apagan en invierno recopilando leña, pastoreando bosques, montes y riveras, permitiendo a los que viven del campo hacer de su vida un espacio de libertad y sabiduría ancestral, conservando los cortafuegos; dejando a los agricultores trabajar un paisaje que actuaba como barrera natural frente al fuego. En definitiva, un bosque se cuida durante el invierno para no lamentarlo en verano.
Las ovejas comen pienso en vez de pasto, reportando un gasto extra que el ganadero antes no tenía, con el aumento de un IVA a favor del Gobierno, que de otra forma no existiría. Los lugareños son multados si desbrozan sus tierras y cualquier actuación requiere tal cantidad burocrática de licencias, permisos y dinero que desincentiva cualquier iniciativa, provocando el vaciado de los pueblos. Hoy, muchas de esas prácticas tradicionales son sospechosas, mientras que durante siglos era lo que protegía a nuestros ecosistemas, quizá sin tener una idea científica de por qué se hacía, pero funcionaba.
No es negar la existencia de cambios climáticos, ni rechazar la protección del medio ambiente. Se trata de recordar que la mejor política ambiental comienza por gestionar bien el territorio. Un bosque abandonado no es un bosque protegido. Un río colmatado no es un río natural. Un campo sin actividad acaba siendo un campo vulnerable. El problema, como decía al principio, es ideologizar lo natural para convertirlo en una palanca de poder, sometimiento y expolio fiscal.
Resulta difícil no percibir una contradicción cuando las mismas administraciones que proclaman la emergencia climática mantienen políticas que dificultan la limpieza de montes, limitan determinadas actividades rurales o convierten en una odisea administrativa actuaciones preventivas ampliamente respaldadas por numerosos profesionales del sector. Pedro Sánchez, por segundo año consecutivo, reclama un pacto de Estado… ¿Para qué?, ¿cuál es el objetivo?, ¿cuál la propuesta? Huele a propaganda como lo de las decenas de miles de viviendas o, sin ir más lejos, los datos de inversión, porque, no sé si lo saben, que Hacienda recaudó más de 325.000 millones de euros en impuestos, en 2025, pero el Gobierno sólo destina 175 millones para prevenir incendios. ¡Poco nos pasa!
Como afirma Luis Antequera, "por supuesto que hay cambio climático. Cada día cambia el clima, y cada mes, y cada año, y cada siglo." Pero la discusión no es esa, sino si las políticas públicas están reduciendo los riesgos o, por el contrario, están agravando las consecuencias de los incendios y de otras catástrofes naturales. Porque cuando arde un bosque no desaparecen únicamente árboles: desaparecen cosechas, explotaciones ganaderas, biodiversidad, patrimonio natural y proyectos de vida, y vidas humanas también.
La sociedad empieza a exigir algo más que eslóganes. Quiere eficacia. Quiere, sobre todo, prevención. Quiere que quienes legislan respondan por los resultados de sus decisiones y que se paguen las consecuencias como lo pagaría cualquier gestor de una empresa privada, pero claro, como diría Carmen Calvo, «como el dinero público no es de nadie».
El abandono no es ecologismo, es negligencia. Y quizá haya llegado el momento de reconocer que proteger el medio ambiente consiste en menos discursos y más en cuidar, mantener y trabajar el territorio antes de que sea demasiado tarde. Dejar de tomar decisiones en despachos enmoquetados y preguntar a los que viven con las botas embarradas y las manos callosas de trabajar en el monte.
El malestar de las élites y la revolución de la Agenda (Sekotia), de Juande González. Tras el derrumbe del Muro de Berlín, parecía abrirse una era de libertad, pero nuevas corrientes ideológicas acabaron moldeando la política y la cultura occidentales. Juande González analiza el origen de la Agenda 2030, cuestiona sus fundamentos y plantea cómo las élites han influido en el debate público. Como alternativa, reivindica recuperar el protagonismo de las ideas, la familia y la nación como pilares del futuro.
El clima: no toda la culpa es nuestra (La Esfera de los Libros), de Steven E. Koonin. El climatólogo Steven E. Koonin examina críticamente el discurso dominante sobre el cambio climático y distingue entre los datos científicos, sus incertidumbres y las interpretaciones políticas. Con un enfoque divulgativo, analiza qué afirma realmente la evidencia disponible, desmonta ideas extendidas y defiende un debate público más riguroso, transparente y alejado de simplificaciones o mensajes alarmistas.
Incendios forestales (Hércules), de VV. AA. En los últimos años, los incendios forestales han adquirido una intensidad y un comportamiento cada vez más difíciles de controlar. Esta obra analiza las causas desde una perspectiva histórica, social y territorial, prestando especial atención al caso de Galicia. Sus autores examinan la evolución del medio rural, las estrategias de prevención, el impacto sobre personas y bienes, y destacan la educación y la implicación ciudadana como elementos esenciales para afrontar un problema de enorme complejidad.