Dicen que la belleza en tiempos de paz es un lujo, pero la belleza en tiempos de guerra es una expectativa vital. Sin ella, nos convertiríamos en máquinas de odio, aniquiladoras de la respiración. La belleza es el recordatorio constante de que somos algo más que carne y conflicto, seres capaces de salvar el valor de la vida incluso cuando está bajo ataques explosivos. Un camaleón que cambia de color según el instante

En un escenario de conflictos y violencia como el mundo actual, lo bello deja de ser un adorno para pasar a convertirse en un muelle de resistencia. No es solo estética sino es el recordatorio de que, incluso entre escombros, seguimos siendo capaces de crear luz y sentir emociones bellas. La belleza despojada de sentimientos es como aguantar  la respiración, no por mucho tiempo. 

A menudo nos preguntamos si hay algún villano que disfrute de una belleza en la guerra que el resto de los mortales no alcanzamos a percibir. Seguramente sí porque la historia está plagada de episodios donde padecía la condición humana para disfrute estético de unos opresores tiranos. En la actualidad, hay chupatintas que prefieren hacer crónicas de guerra en vez de crónicas de belleza en tiempos de paz.

Con tanta represión física y dialéctica la belleza estética puede estar dejando de brillar a los ojos. Los actos de valentía, la generosidad de un extraño o la integridad de alguien que a menudo no se ve pero se siente, son otras formas de belleza oculta como un hilillo de supervivencia. Y luego está la belleza intelectual, la  elegancia de una idea, una solución perfecta a un problema o una emoción espiritual expresada que conmueve. 

Más desgracia que los japoneses no creo haya muchos pueblos por haber sufrido en propia carne los efectos de dos bombas atómicas. Y pese a ello inventaron una técnica para embellecer jarrones quebrados de porcelana pegando tiras de oro

Los más aptos, dicen saber hablar desde el alma para aproximarse a la sombra de la belleza. La mayoría de los mortales hablamos desde la cabeza y así nos va, pensando que la belleza es un lujo solo posible en tiempos de paz. Por fortuna se esconde tras cualquier rincón y escenario, en ocasiones cubierto con polvo y en otros en pleno esplendor radiante de la ignorancia. 

Es rebelde, se resiste a extinguirse porque mientras perdure la condición humana, incluso entre los cascotes, un llanto de vida puede ser la más sublime manifestación de belleza. Tiene siempre un punto de sorpresa que lo convierte en algo especial, como decía Baudelaire.

Dejemos que la belleza oprima la opresión y aflore como un jardín florido. Más desgracia que los japoneses no creo haya muchos pueblos por haber sufrido en propia carne los efectos de dos bombas atómicas. Y pese a ello inventaron una técnica para embellecer jarrones quebrados de porcelana pegando tiras de oro. 

Como decía Umberto Eco en su obra: Historia de la belleza: “Lo bello es aquello que nos da placer por el simple hecho de mirarlo, sin que queramos poseerlo o comerlo.” No se trata de un objeto que se posee ni un rostro que el tiempo marchita, sino una forma de mirar. Al final, ser capaces de ver belleza es simplemente nuestra forma más pura de decirle sí a la vida.