Con motivo de la reciente expulsión del Museo Reina Sofía de Madrid de tres visitantes judías y el posterior despliegue de banderas palestinas frente al Guernica de Picasso por parte de activistas antisemitas, se hace pertinente la pregunta si el Arte ha de ser neutral o por contra una herramienta de agitación política. Y si la obra artística en sí es apolítica, ¿lo debe ser la institución pública que exhibe dichas obras como espacio de goce, expresión y libertad?
Hay obras profundamente políticas en todos los tiempos, pero los museos o salas de exposición, sobre todo públicas, deberían garantizar que cualquier ciudadano, independientemente de su origen o religión, pueda contemplarlas sin sentirse hostigado o discriminado por un estigma político.
El cisma creado en el Reina Sofia siendo de titularidad pública surge cuando la gestión de la seguridad se percibe como una toma de partido. Si se restringen símbolos de un lado pero se permiten los del otro, el museo deja de ser un contenedor de cultura para convertirse en un agente político, perdiendo su autoridad (moral y funcional) como espacio de encuentro universal.
El debate no es nuevo (estamos habituados a las polémicas en galas cinematográficas, premios culturales o festivales musicales como Eurovisión) pero en unos casos aflora la ética y la responsabilidad de algunos errores, mientras que en otros reina la apología doctrinaria, clausurando las polémicas siempre con la misma cuestión sin poner punto final.
Si se restringen símbolos de un lado pero se permiten los del otro, el museo deja de ser un contenedor de cultura para convertirse en un agente político
En la Documenta 15 (Kassel/Alemania), del año 2022 se produjo uno de los mayores escándalos que se recuerden en el país. En aquella edición se exhibieron obras con una iconografía antisemita según los críticos (caricaturas de judíos con colmillos y símbolos de las SS).
Aunque la dirección de la muestra artística más importante de Alemania tardó en reaccionar, al final se saldó con varias dimisiones en masa y la exculpación de figuras políticas de las que dependía la pasada edición, al tiempo que durante semanas siguieron encendidos debates en los medios de comunicación alemanes sobre la justificación de la retirada del mural censurado y los límites de la libertad de expresión frente al discurso de odio en el arte contemporáneo.
Pese a todas las implicaciones políticas, la máxima responsable orgánica del Dokumenta 15, la Secretaría de Estado del Ministerio alemán de Cultura y Medios, Claudia Roth (Los Verdes), pronto supo sacudirse el polvo de encima para salvar el puesto a pesar de todas las advertencias previas a la inauguración.
En el 2023, la Lisson Gallery de Londres, censuró al artista chino Ai Weiwei que canceló su exposición tras publicar un tuit crítico sobre el apoyo financiero y político de EE.UU. a Israel. La galería argumentó que no era el momento para ese debate, lo que muchos interpretaron como censura política y falta de neutralidad por parte de la institución.
En la Bienal de Venecia del 2024, hubo una presión masiva para excluir el pabellón de Israel debido al conflicto en Gaza. Finalmente, la propia artista israelí, Ruth Patir, decidió no abrir el pabellón hasta que se alcanzara un acuerdo de liberación de rehenes y alto el fuego, adelantándose a una posible expulsión institucional que habría sentado un precedente complejo.
Si los museos dejan de ser lugares donde todos son bienvenidos, se convierten en "trincheras" culturales
En otros museos europeos, desde el Louvre de París hasta la National Gallery de Londres y el Museo del Prado de Madrid hemos asistido prácticamente en directo a ataques de activistas con el lanzamiento de pintura, comida, cristales y pegamento sobre obras de Van Gogh, Botticelli o Goya entre otros. La respuesta de las entidades museísticas ha sido dispar: unos pedían penas de cárcel, mientras otros intentan abrir debates sobre si "vale más el arte que la vida", rompiendo de nuevo la burbuja de neutralidad del recinto.
Cuando ahora un centro como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid se ve envuelto en acusaciones de permitir banderas de un signo mientras incomoda a visitantes por su identidad o símbolos religiosos, el riesgo es la fragmentación de la cultura. Si los museos dejan de ser lugares donde todos son bienvenidos, se convierten en "trincheras" culturales.
La polémica surgida en el Reina Sofía puede entenderse cuando al mando está una figura como Manuel Segade que define su gestión como "polifónica, popular y democrática", al tiempo que cita el feminismo, la lucha de clases y los procesos de descolonización como parte de su "ADN" profesional.
¿Puede una entidad así ser neutral? Podría pero cuesta creerlo y más practicarlo. Para entender aún más los intríngulis ideológicos hay que analizar los componentes de sus órganos de gobierno: por un lado la mano directa del ministerio de Cultura al mando del comunista Ernest Urtasun (Sumar), por otro la presidenta del patronato (a cargo de una exministra del PSOE), así como mecenas privados y de grandes corporaciones empresariales que financian y supervisan una dirección artística con discurso de "lucha de clases" en nombre de la élite del Ibex 35.
En otras entidades de difusión de la cultura española como el Instituto de Cervantes –presidido por designación del Gobierno: Luis García Montero (PCE e IU)-- también recae la sospecha de concursos amañados de puestos de dirección de ciertas delegaciones exteriores en manos de afines a la corriente ideológica que gobierna el país, costando asumir que el Arte y la Cultura puedan ser neutral en el país tal vez más politizado de la UE. Por cierto la presidencia del Consejo de Administración del Cervantes recae en la Secretaría de Estado para Iberoamérica y el Caribe y el Español en el mundo.
Para entender aún más los intríngulis ideológicos hay que analizar los componentes de sus órganos de gobierno
Tiene guasa que algunos gestores públicos del Arte español con apenas estudios y menos capacitación, pero avalados por un carnet, no sepan de la misa ni media (y menos del mundo real) pero no se cansen de darnos discursitos políticos y de practicar el activismo institucional para justificar unos subsidios cortesanos.
A la memoria nos viene el sonado caso del director de la Oficina de Artes Escénicas y Musicales de Extremadura en manos del hermanísimo del presidente de gobierno en un proceso aparentemente amañado por el que ha sido imputado. Cobrar sin ir al trabajo y alegar una ficticia residencia fiscal en Portugal para evadir impuestos, denota cómo se entiende el Arte en algunas esferas, supuestamente libre de injerencias políticas.
Los premios literarios en España tampoco son ajenos al debate. No son pocos que algunos de los más prestigiosos galardones en el país se concedan a personajes de notoria proyección pública en TV para aprovechar el tirón comercial aunque se cuestione su calidad literaria.
Con tanta discusión desencadenada, algo de razón debe tener el director de cine Wim Wenders, cuando al hilo de una polémica similar en la última edición de la Berlinale 2026 contra Israel por Gaza, afirmó como presidente del jurado que «los artistas deben permanecer fuera de la política».
Que en España aún no se conozcan oficialmente todas las millonarias subvenciones públicas al cine español (basadas en afinidades ideológicas para agitar las protestas contra la extrema derecha y la defensa del progresismo) pero con pírricas cifras de audiencia, da cuenta de la degeneración del séptimo arte y la proliferación de actores políticos vestidos de gala que contribuyen a ahondar en la polarización social. A ver qué dicen los intérpretes y directores de cine cuando irrumpa de lleno la IA creando escenas y diálogos hiperrealistas para la gran pantalla.
¿Se entiende ahora por qué está el Arte en crisis? Posiblemente porque ha dejado hace tiempo de ser neutral sin adaptarse a los tiempos. Lo más lamentable con tantas polémicas ideológicas es la proyección de una imagen de España como un país en constante conflicto cultural.