Por fin, acerté con el reconcomio que me reducía. Una inquietud que sentía cada vez que oía a un político o periodista español -las dos profesiones que sienten mayor querencia por la palabreja- hablar de "derechos". Me he dado cuenta al releer a San Josemaría Escrivá en su homilía sobre la Navidad: "El amor no pide derechos, quiere servir". Justo a continuación de otra idea relacionada: tenemos libertad para ser esclavos de nuestros miserias o para obedecer a Cristo. Yo me pido lo segundo: "Aprendamos a obedecer, aprendamos a servir: no hay mejor señorío que querer entregarse voluntariamente a ser útil a los demás".

Además, recuerde que el discurso político español no habla de otra cosa que de derechos. Al parecer todos tenemos derechos a todo sin deber alguno. Y eso es imposible. Por la economía sabemos que salvo el crecimiento, el valor añadido, todo es un juego de suma cero: lo que alguien gana es porque alguien lo ha perdido. Si "A" no paga impuesto, "B" no puede recibir subvenciones.

Vaya usted a saber: a lo mejor estamos ante uno de las motivos por los que no puede haber paz social y ante una de las razones de la pérdida de crédito de la clase política ante el ciudadano. Si sólo prometes derechos hasta el más tonto caerá en la cuenta de que estás mintiendo, porque derechos sin deberes no es posible.