El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado, conocido por sus siglas en inglés como SIBO, se ha puesto de moda en los últimos años, hasta el punto de que muchas personas lo relacionan con casi cualquier molestia digestiva. Sin embargo, se trata de una entidad clínica descrita desde hace décadas y cuyo diagnóstico y tratamiento siguen siendo objeto de debate entre los especialistas, por lo que conviene aclarar qué se sabe realmente hoy sobre este trastorno y en qué casos hay motivos fundados para sospecharlo.
Como explican el Dr. Javier Nebreda y la Dra. Dianelys Gutiérrez, del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Universitari Dexeus, “el diagnóstico de SIBO debe plantearse solo en pacientes con factores predisponentes bien definidos, evitando atribuir a esta entidad cualquier síntoma digestivo inespecífico y recurriendo a pruebas complementarias únicamente cuando estén justificadas”.
Factores que predisponen
Entre esos factores destacan las alteraciones anatómicas intestinales (por cirugías previas o malformaciones), los trastornos graves de la motilidad, enfermedades endocrinas como la diabetes o el hipotiroidismo y patologías digestivas concretas, como la enfermedad inflamatoria intestinal o el síndrome del intestino irritable, especialmente cuando predomina la diarrea. También se han descrito asociaciones con problemas dermatológicos como la rosácea.
En condiciones normales, el intestino delgado contiene menos bacterias que el colon. El SIBO aparece cuando esa flora se descontrola y prolifera de forma anómala en una zona donde su presencia debería ser limitada. Este desequilibrio puede interferir en la digestión y en la absorción de nutrientes, generando síntomas molestos y, en determinados casos, déficits nutricionales. No obstante, los especialistas insisten en que no todo dolor abdominal ni toda digestión pesada pueden atribuirse al SIBO, y que el diagnóstico debe apoyarse en una historia clínica detallada y en la presencia de factores de riesgo bien identificados.
El SIBO aparece cuando la flora se descontrola y prolifera de forma anómala en una zona donde su presencia debería ser limitada. Este desequilibrio puede interferir en la digestión y en la absorción de nutrientes, generando síntomas molestos y, en determinados casos, déficits nutricionales
A la hora de confirmar la sospecha, el cultivo del aspirado intestinal se considera el test de referencia, ya que permite cuantificar el número de bacterias en el intestino delgado. Sin embargo, se trata de una técnica invasiva y compleja, por lo que en la práctica se utiliza de forma limitada. Mucho más extendidos están los test de aliento, que miden la producción de hidrógeno o metano tras la ingesta de determinados azúcares. El problema es que su precisión es baja y pueden verse influidos por un tránsito intestinal acelerado u otros fenómenos fisiológicos, de modo que su interpretación requiere cautela y experiencia.
Síntomas y tratamiento
Los síntomas más habituales del SIBO son la diarrea, la hinchazón y la distensión abdominal, a menudo descritas como una sensación de “tripas llenas de gas” que empeora tras las comidas. En los casos de sobrecrecimiento de bacterias productoras de metano, conocido como IMO (Intestinal Methanogen Overgrowth), lo que predomina es el estreñimiento. Esta sintomatología se solapa con la de muchas otras patologías digestivas funcionales, por lo que un mismo cuadro clínico puede corresponder a condiciones muy distintas. De ahí la importancia de evitar el autodiagnóstico, las dietas restrictivas sin control médico y el consumo indiscriminado de suplementos o antibióticos.
Los síntomas más habituales del SIBO son la diarrea, la hinchazón y la distensión abdominal, a menudo descritas como una sensación de “tripas llenas de gas” que empeora tras las comidas
El tratamiento del SIBO se basa, en la mayoría de los casos, en antibióticos específicos pautados por el especialista, con una tasa de respuesta que ronda el 60%. En pacientes con recurrencias se pueden plantear ciclos periódicos, aunque no siempre es necesario y cada caso debe valorarse de forma individualizada. El objetivo no es solo aliviar los síntomas, sino también corregir, en la medida de lo posible, las causas que han favorecido el sobrecrecimiento bacteriano.
Medidas complementarias
En cuanto a las medidas complementarias, los expertos señalan que no existe evidencia sólida para recomendar una dieta concreta como tratamiento del SIBO. Algunas pautas empleadas en el síndrome del intestino irritable pueden ser útiles, pero no deben extrapolarse sin más. Algo similar ocurre con los probióticos: ciertos productos han mostrado beneficios en algunos estudios, pero aún no se ha definido qué cepas son las más eficaces ni durante cuánto tiempo deben emplearse.
El mensaje es claro: ante síntomas digestivos persistentes, lo recomendable es acudir al especialista y evitar las soluciones rápidas o las modas sin base científica
Por último, mantener hábitos de vida saludables —buena hidratación, ejercicio físico regular, evitar tabaco y alcohol y cuidar la salud mental— contribuye a mejorar el bienestar general y a reducir factores de riesgo. Aunque el SIBO presenta una tasa de recurrencia elevada, cercana al 50% anual, la investigación continúa avanzando para disponer de pruebas más precisas y tratamientos más efectivos. Hasta entonces, el mensaje es claro: ante síntomas digestivos persistentes, lo recomendable es acudir al especialista y evitar las soluciones rápidas o las modas sin base científica.