La sarcopenia es una gran desconocida que va mucho más allá de la simple pérdida de fuerza o del envejecimiento. Se trata de un proceso progresivo y generalizado de pérdida de masa y función muscular, que afecta a cada vez más personas mayores y que, sin embargo, sigue pasando inadvertido tanto en las consultas médicas como en la vida diaria. Con el aumento de la esperanza de vida, la sarcopenia se está convirtiendo en un reto de salud pública que urge abordar, tanto en la prevención como en el diagnóstico precoz.

 

“El envejecimiento fisiológico conlleva una reducción de la masa muscular y de la fuerza, pero cuando esa pérdida es acelerada y afecta a la calidad de vida y a la autonomía, hablamos de sarcopenia”, explica la Dra. María Luisa de Mingo Domínguez, jefa de servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario La Luz. Y añade: “Es fundamental identificarla a tiempo para poner en marcha estrategias de tratamiento y evitar sus complicaciones”.

Por qué ocurre y quién está en riesgo

La sarcopenia no solo repercute en la movilidad, sino que puede aumentar el riesgo de caídas, fracturas, discapacidad y, en última instancia, mortalidad. El problema, sin embargo, es que sus primeros síntomas suelen pasar desapercibidos: caminar más despacio, tener dificultad para subir escaleras o levantarse de una silla pueden confundirse con signos normales del envejecimiento, cuando en realidad son señales de alerta que no deberían ignorarse.

La causa principal de la sarcopenia es el envejecimiento, pero existen otros factores que la pueden acelerar, como el sedentarismo, la desnutrición, las enfermedades crónicas (especialmente las que conllevan inflamación sistémica o inmovilidad) y la disminución de hormonas como la testosterona y el estrógeno. Por eso, aunque afecta sobre todo a mayores de 65 años, puede aparecer antes en personas que hayan estado mucho tiempo inmovilizadas, con enfermedades crónicas o sometidas a cirugías mayores.

La sarcopenia no solo repercute en la movilidad, sino que puede aumentar el riesgo de caídas, fracturas, discapacidad y, en última instancia, mortalidad

Además, no se debe subestimar la sarcopenia secundaria, aquella que aparece asociada a enfermedades como el cáncer, la insuficiencia cardíaca o renal, o tras largos periodos de hospitalización. En estos casos, la recuperación de la masa muscular puede ser aún más compleja y lenta.

El diagnóstico de la sarcopenia requiere una evaluación cuidadosa de la fuerza muscular, la masa muscular y el rendimiento físico. Existen herramientas como la prueba de fuerza de agarre (handgrip), la velocidad de la marcha o el cálculo de la masa muscular mediante técnicas como la bioimpedancia o la densitometría. Pero, según apuntan los expertos, el primer paso suele ser sospecharla ante los signos funcionales: ¿el paciente tiene dificultades para realizar actividades cotidianas? ¿Ha perdido peso o fuerza de manera llamativa en los últimos meses?

Ejercicio y nutrición como claves

La European Working Group on Sarcopenia in Older People (EWGSOP) ha elaborado criterios diagnósticos que facilitan la identificación precoz de la enfermedad, un aspecto clave para poder intervenir a tiempo y evitar la cascada de complicaciones asociadas.

Aunque la sarcopenia no tiene un tratamiento farmacológico específico, la combinación de ejercicio físico —especialmente el entrenamiento de fuerza y resistencia— junto con una nutrición adecuada rica en proteínas, se considera la mejor estrategia para frenar su avance e incluso revertir algunos de sus efectos. Los suplementos de vitamina D y, en casos seleccionados, de aminoácidos esenciales, también pueden ser recomendables bajo supervisión médica.

Aunque la sarcopenia no tiene un tratamiento farmacológico específico, la combinación de ejercicio físico junto con una nutrición adecuada rica en proteínas, se considera la mejor estrategia para frenar su avance e incluso revertir algunos de sus efectos

Por todo ello es importante un abordaje multidisciplinar. El trabajo conjunto de médicos, nutricionistas y fisioterapeutas es esencial para lograr que el paciente recupere funcionalidad y calidad de vida.

La sarcopenia es, en definitiva, una enfermedad silenciosa pero con un impacto enorme en la vida de quienes la padecen. La prevención pasa por mantener un estilo de vida activo, una alimentación equilibrada y, sobre todo, por no resignarse ante la pérdida de fuerza o movilidad. El reto para los profesionales y para la sociedad está en detectarla a tiempo y recordar que envejecer no significa necesariamente perder autonomía.