Como contamos la semana pasada en Hispanidad, la intervención militar de Estados Unidos e Israel en Irán, para acabar con el régimen fanático islámico de los ayatolás, está generando un debate intenso a nivel nacional en Estados Unidos.
El presidente Donald Trump ha tomado la decisión más arriesgada desde que regresó al Despacho Oval y seguramente de toda su carrera presidencial. No sólo es un riesgo grave si el régimen fanático islámico de los ayatolás logra sobrevivir, sino también si el conflicto se alarga en el tiempo. El legado del presidente quedará sin duda marcado por el devenir de esta guerra.
Si bien dentro del gabinete del presidente y en la formación republicana a nivel general no se han registrado críticas públicas a la intervención en Irán, no cabe duda que gran parte de los líderes y bases del trumpismo no se encuentran precisamente entusiasmados con la intervención militar, máxime cuando la reducción del intervencionismo en el exterior y la promoción de acuerdos de paz han sido bases ideológicas del trumpismo.
Como apuntamos la semana pasada, algunas voces clave como el senador republicano por Wisconsin, Ron Johnson, reconocido trumpista y una de las voces más autorizadas de la formación conservadora en los últimos años, especialmente en materia de política exterior y seguridad nacional han apoyado al presidente pero advirtiendo de la arriesgada estrategia que entraña la operación. Otro ejemplo lo tenemos en el vicepresidente, JD Vance, que si bien ha cerrado filas con Trump, lo ha hecho con un entusiasmo menor al que nos tiene acostumbrados a la hora de defender las iniciativas de la Casa Blanca.
En el mismo sentido, el expresidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, aliado ideológico del trumpismo, ha advertido de los graves riesgos de la supervivencia del régimen fanático, y ha recordado que “si Trump no logra mantener abierto el estrecho de Ormuz, esta guerra será una derrota estadounidense en poco tiempo”.
Por el contrario, sorprende la reaparición para apoyar públicamente la intervención en Irán de Mike Pence, otrora vicepresidente en la primera Administración Trump, convertido en los últimos tiempos en perenne crítico de la Administración Trump Vance y aliado del decrépito sector neocon de la formación conservadora. Pues bien, las bases del trumpismo se muestran escépticas ante el apoyo enfervorecido de Pence a la intervención en Irán. En la CNN, Pence ha afirmado que “la historia dejará constancia de que fue la decisión correcta eliminar al ayatolá Jamenei”, en la CNBC que “era hora de que Estados Unidos termine la guerra que Irán comenzó hace casi medio siglo”, y llegando a elogiar en Fox News el “liderazgo decisivo del presidente Trump”.
Sorprende, no obstante, que Pence, gran defensor durante su carrera política de los principios cristianos, no repare en el riesgo que puede suponer esta operación para los cristianos de Oriente Medio, los más perseguidos. Máxime cuando el conflicto se extiende a Líbano, donde todavía existe una notable población cristiana, que se encuentra en medio del fuego cruzado entre Israel y el grupo fanático terrorista Hezbollah. Convendría que desde Estados Unidos se exija al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, que los cristianos libaneses, no sean las víctimas colaterales del conflicto, máxime tras el fallecimiento en un bombardeo israelí del sacerdote maronita Pierre El Rai. Como hemos contado en Hispanidad, a pesar del riesgo, los cristianos han optado por permanecer en sus hogar, por cuanto como ha recordado el obispo maronita, Maroun Youssef Ghafari: “Estamos convencidos de que si nos vamos, por cualquier motivo, no nos permitirán volver”.
Por el momento, la opinión pública sigue en tablas entre los partidarios de la intervención, un 44% de la población, frente al 47% que se opone. No obstante, la sombra del desastre en Iraq, Afganistán y Libia acecha, y no cabe duda que un conflicto a largo plazo constituiría una seria amenaza para la perspectivas electorales del trumpismo de cara a las presidenciales de 2028.