En Perú, el domingo 7 de junio se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. 

Los dos rivales han sido el izquierdista Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) y la derechista (no ultraderechista, como le gustar decir a toda la progresiva occidental, por ejemplo, a TVE) Keiko Fujimori (Fuerza Popular).

Pues bien: después de tres semanas de recuento de votos, y con el 99,87% de las actas escrutadas, Fujimori ha obtenido el 50,121% de los votos, frente al 49,87% de su rival, Sánchez. Tan solo 44.000 votos separan al uno del otro, pero supone una ventaja ya irreversible y definitiva para la mujer que se presentaba por cuarta vez a la presidencia de su país.  

La nueva presidenta ha reconocido que el país se encuentra "partido en dos". "A partir del 28 de julio (día de la inauguración), lo que podrá ver son acciones y decisiones que se tomarán no solo para restablecer el orden, sino para enfrentar crimen y también para traer progresos”, dijo.

Por su parte, a Roberto Sánchez no le ha sentado nada bien la derrota: «No reconoceremos un gobierno de Keiko Fujimori. Creemos que ha habido una manipulación del voto y que se está produciendo un fraude en desarrollo». Además, dijo que iba a pedir la anulación de los votos en el extranjero. 

En lo que respecta a los principios no negociables para una acción política basada en el humanismo cristiano, establecidos por el Papa Benedicto XVI -respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural; la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer; la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas- Keiko Fujimori (Fuerza Popular) acepta el aborto en caso de peligro de vida para la madre. Y está en contra del matrimonio homosexual y de la eutanasia.