Donald Trump es el hombre que ha devuelto al debate político mundial los principios cristianos, entre ellos el derecho a la vida -sin el que no existe ningún otro derecho- o el respeto a la ley natural, por ejemplo en materia de familia. Para el presidente norteamericano sólo existe la familia natural, y así es, formada por hombre, mujer e hijos.
Es también, el hombre que le ha declarado la guerra a la corrosiva, y bastante estúpida, ideología de género y ha sido el único que se ha atrevido a denunciar el gran embuste de la multilateralidad -que iguala lo bueno y lo malo- y sus extensiones, el derecho internacional, que ha generado una humanidad liberticida, protectora de todas las tiranías, bajo el sofisma de la no injerencia... hasta generar la diplomacia más egoísta, comodona y connivente de toda la historia de la humanidad.
Donald Trump ha resucitado la doctrina de San Juan Pablo II, el gran pensador del siglo XX, quien habló de injerencia humanitaria: sí, hay que injerirse en la soberanía de otros países cuando se trata de salvar o liberar a sus habitantes. El mismo Papa que aconsejó entrar con armas en Bosnia ante las matanzas, se opuso frontalmente a la invasión de Irak por parte de George Bush. Injerencia positiva e injerencia negativa.
El presidente norteamericano ha devuelto los principios cristianos al debate político mundial... pero calculó mal sus fuerzas en Irán. A partir de ahí, no deja de repetir que ha conseguido que se abra el Estrecho de Ormuz... que ya estaba abierto antes de la guerra y que ha conseguido que Irán no tenga el arma nuclear, que ya veremos. Ahora bien, el objetivo, lo único que justificaba el ataque a Irán era liberar a los iraníes de los ayatolás, y eso, al parecer, está lejos de conseguirse.
Donald Trump es un horror en la forma y un pensador sólido en el fondo, Pedro Sánchez es justo lo contrario: una constante aberración, salvajadas sin límite, puro 'woke' pero, eso sí, envuelta en una apariencia moderada.