Dedicamos esta crónica semanal sobre Hispanoamérica a Cuba, que se encuentra en un momento histórico crucial. Después de 67 años de comunismo -Fidel Castro llegó al poder en 1959-, la reciente captura por EEUU del dictador venezolano Nicolás Maduro, uno de los sostenes del régimen; la presión a la que la Administración Trump está sometiendo a la dictadura cubana, mediante el bloqueo energético; y las gestiones que está llevando a cabo el secretario de Estado estadounidense -hijo de emigrantes cubanos- Marco Rubio con La Habana hacen pensar que, por fin, algo puede estar moviéndose en la isla y que solo puede ser a mejor.
En ese contexto, Hispanidad ha tenido la fortuna de hablar con un cubano residente en la isla, que ha contado, con la cabeza y el corazón, la situación que se vive en este país hispano, tan querido para los españoles. La entrevista podría tener un montón de titulares. Así que elijan ustedes después de leerla…
¿Cómo está afectando a los ciudadanos el "bloqueo energético" en alimentación, electricidad, sanidad?
Mira, aquí la cosa es simple y compleja al mismo tiempo. Te despiertas y lo primero que piensas no es en el día que tienes por delante, es en si hubo luz de madrugada para que el refrigerador guardara algo. Si no hubo, ya sabes: lo que había adentro hay que cocinarlo ahora o se pierde. Y cocinar cuando no hay gas, ni corriente… pues a improvisar, como siempre.
Los apagones ya no son emergencias. Son el día a día. En muchos lugares la luz aparece 1 hora y media y se va doce, quince, dieciocho. Cuando el Sistema Electroenergético Nacional colapsa -como ha pasado ya- la oscuridad puede durar más de 24 horas seguidas. Y no es exageración ni accidente: el propio gobierno se encargó de legalizarlo. En la Gaceta Oficial quedó publicado que los apagones pueden extenderse hasta 72 horas continuas. Tres días sin luz, sin agua, sin señal, sin comunicación, con el aval del Estado. No como emergencia. Como norma.
Y lo que pocos cuentan afuera: cuando se va la corriente, también se va el internet. Y cuando se va el internet, se va la señal del teléfono móvil. De golpe. El país entero queda incomunicado. No se puede llamar, no se puede escribir, no se puede saber qué pasa a dos cuadras. Lo único que funciona a veces son los SMS.
Eso no es una incomodidad. Es una cadena de golpes seguidos. Se pierde toda la comida que había en el refrigerador. Se quedan sin medicamentos refrigerados los enfermos crónicos. No hay agua porque las bombas no funcionan sin corriente. Los negocios privados que sobrevivían a duras penas cierran. Los niños no pueden estudiar de noche. Los ancianos solos no pueden pedir ayuda.
En los hospitales hay generadores, pero los generadores necesitan combustible, y el combustible no siempre llega. Uno va a emergencias y reza por no necesitar nada complicado. Los medicamentos brillan por su ausencia. Llevas la receta y no hay nada. O hay, pero en la farmacia que solo acepta dólares.
La comida está carísima. El salario estatal no alcanza ni para la primera semana del mes. El que tiene familia afuera sobrevive con las remesas. El que no tiene a nadie afuera resuelve como puede, que generalmente significa hacer milagros con poco o pasarla mal.
Ahora bien -y esto hay que decirlo con precisión, sin repetir el cuento del gobierno ni ignorar la realidad-, el embargo estadounidense existe desde 1962 y tiene algunos efectos concretos y verificables. Bancos internacionales han rechazado transferencias vinculadas a Cuba por miedo a sanciones de Washington. Empresas europeas han cancelado contratos por la misma razón. Ciertos equipos médicos de origen estadounidense tienen restricciones reales de exportación. Eso ocurre y no es invención.
Pero el embargo no explica que Cuba no pueda producir alimentos. No explica que las centrales eléctricas estén destruidas cuando sus piezas de repuesto se consiguen en Europa, China o India sin ningún obstáculo legal. No explica que el campo esté abandonado, que los salarios sean una burla, que las viviendas se derrumben. Cuba comercia libremente con medio mundo: Europa, Canadá, China, Rusia, México, Hispanoamérica. Venezuela regaló petróleo durante años. ¿Dónde está la infraestructura que se construyó con ese petróleo? No está. Porque no se construyó.
Y lo que más rabia da: hubo fondos donados específicamente para reparar las termoeléctricas. Países, organismos internacionales, gobiernos amigos. Ese dinero existió, se recibió, se anunció con fanfarria en la televisión estatal. Las plantas siguen sin funcionar. ¿Dónde está ese dinero? Nadie lo sabe. Nadie lo explica. Nadie rinde cuentas.
La verdad es esta: si mañana desapareciera el embargo, Cuba seguiría en crisis. Porque el problema central no está en Washington, está en La Habana. El gobierno cubano ha necesitado el embargo más como relato político que como explicación económica real. Y esa es quizás su mentira más rentable y más cara para el pueblo.
¿Cómo se ve el futuro del régimen? ¿Qué dicen los cubanos de a pie tras las presiones de EEUU?
Nadie en Cuba te habla de política en la primera conversación. Hay que ganarse esa confianza. Pero cuando la gente suelta lo que piensa, lo que se escucha ya no es rabia, es resignación fría, que es mucho más triste que la rabia.
Nadie le tiene miedo al régimen de la manera en que antes se le tenía. Tampoco le tiene devoción. Es simplemente una realidad que está ahí, pesada e inamovible, como el calor en agosto. El discurso de que todo es culpa del bloqueo yanqui ya no convence a casi nadie, todo el mundo sabe que hay corrupción, ineficiencia, un sistema que no funciona.
Pero hay un peligro real que la gente más lúcida señala: si la presión de afuera se vuelve tan dura que la gente sufre más por eso que por las fallas del propio sistema, el régimen puede terminar usando ese sufrimiento para taparse. Así ha sobrevivido siempre: poniendo al enemigo externo de pantalla. El día que se levantara el bloqueo completamente, el gobierno cubano tendría el peor día de su historia. Porque ya no tendría excusa. Y en el fondo lo sabe.
La conversación real en las calles ya no es tímida ni en voz muy baja. La gente habla. Dice que no aguanta más. Dice que el régimen tiene que irse, que abandonar el poder, que esto no tiene arreglo con los mismos de siempre arriba. No es un murmullo, es un hartazgo que se escucha en la cola del pan, en el portal de las casas, en los grupos de WhatsApp cuando hay señal. La gente quiere un cambio político ya, no mañana, no en una transición ordenada que nunca llega: ya. Lo que frena no es la falta de voluntad sino el miedo a la represión, el recuerdo de lo que le pasó a los que salieron el 11 de julio, y la certeza de que protestar solo vale si es masivo y sostenido. Pero el deseo está ahí, claro y creciente. Y eso, en un país donde durante décadas hasta pensar diferente tenía precio, es un cambio enorme.
¿Cuál es el estado de ánimo de la población tras 67 años de comunismo?
Es difícil describir el estado de ánimo cubano porque es contradictorio. Hay un agotamiento profundo, sí. Sesenta y siete años de esto, con diferentes intensidades, dejan marca en el alma y en el cuerpo. Pero también hay una creatividad para sobrevivir que asombra. El cubano resuelve, inventa, teje redes de solidaridad entre vecinos, comparte lo poco que tiene. No lo hace con esperanza de que las cosas van a mejorar mañana, lo hace porque no queda otra, y porque en el fondo sigue siendo una persona que quiere vivir bien, querer a los suyos y reírse de algo.
Lo que más duele no son los apagones ni el hambre, aunque eso destroza. Lo que más duele es la ruptura de las familias. Cuba se está deshaciendo familia por familia. El hijo está en Miami, la madre en La Habana, el hermano cruzó a pie el Darién. Las remesas llegan, pero no pueden reemplazar una mesa donde sentarse todos juntos. Esa es la herida más profunda y más silenciosa, la que no sale en ningún informe.
El cubano de a pie -ese que lleva más de 24 horas en la oscuridad, con el teléfono muerto, la comida perdida y los viejos sudando en casa- ya no le cree al gobierno. Ya no le tiene miedo. Solo le tiene agotamiento. Y ese agotamiento silencioso y profundo es quizás lo más peligroso que existe para cualquier régimen.
¿Sigue habiendo persecución religiosa? ¿Cómo afecta al día a día?
La persecución religiosa existe, pero es más sofisticada que en los tiempos duros de antes. No cierran las iglesias de golpe, las vigilan, las presionan, las controlan por dentro y por fuera. El que predica el Evangelio sin meterse en política puede funcionar con relativa tranquilidad. El que empieza a tocar la realidad del pueblo desde una ética cristiana, o el que organiza ayuda social de forma independiente al Estado, empieza a sentir el peso.
Ha habido sacerdotes extranjeros expulsados en cuestión de horas, por cosas tan pequeñas como tocar las campanas en solidaridad con vecinos que protestaban. Las comunidades que se organizan con demasiada autonomía reciben visitas, citaciones, presiones sutiles o directas según haga falta.
Y sin embargo -y esto es importante-, la fe está más viva que nunca en Cuba. No a pesar de todo lo que está pasando, sino en medio de todo. Porque la comunidad parroquial se ha convertido para mucha gente en el único espacio donde todavía son libres de verdad. Donde nadie les pide el carnet del Partido, donde se comparte lo que hay, donde se llora sin esconderse y se canta sin miedo. Una comunidad que se reúne a rezar, a ayudarse, a ser humana junta: en Cuba eso sigue siendo, de alguna manera, un acto de resistencia.
Y por eso el régimen la vigila tanto. Porque sabe que donde hay fe genuina, hay dignidad. Y donde hay dignidad, hay algo que no puede controlar del todo.
¿Le gustaría añadir algo?
Sí. Hay algo que no suele nombrarse y que puede ser lo más grave de todo.
Sesenta y siete años de un sistema que premia la doble moral, la delación, el acomodo y la sumisión han dejado una huella muy profunda en el tejido humano de este país. No solo en las infraestructuras, no solo en la economía: en las personas.
La necesidad extrema ha normalizado cosas que antes eran impensables. El robo es algo corriente, en las empresas estatales, en los almacenes, en los hospitales, en los talleres. No porque los cubanos sean ladrones por naturaleza, sino porque durante décadas el Estado robó el salario, el tiempo y la dignidad de la gente, y la gente aprendió a recuperar por su cuenta lo que le quitaban, a "luchar". Esa lógica envenena todo.
La prostitución creció no como opción sino como estrategia de supervivencia, y se ha normalizado de una manera que duele ver. Jovencitas que cambian su cuerpo por jabón, por comida, por una recarga de teléfono. Eso no es libertad: es desesperación con otra cara.
La familia, que era el núcleo más resistente de la sociedad cubana, está fracturada. No solo por la emigración, sino por dentro. La convivencia forzada en viviendas deterioradas, el estrés permanente de no llegar a fin de mes, la ausencia de proyecto de vida común: todo eso destruye matrimonios, aleja a padres de hijos, convierte el hogar en un campo de tensión.
Y la pérdida de valores cristianos es real y visible. No porque la gente haya dejado de creer, al contrario, la búsqueda espiritual es intensa. Sino porque durante décadas se arrancó de la educación cualquier referencia a la trascendencia, a la ética fundada en algo más que la conveniencia, al bien común como vocación y no como slogan.
Lo más esperanzador, paradójicamente, es que en medio de ese deterioro hay cubanos -muchos, más de los que aparecen en las noticias- que se niegan a rendirse moralmente. Que comparten lo último que tienen. Que cuidan a sus viejos. Que educan a sus hijos en valores aunque el sistema empuje en otra dirección. Que sostienen comunidades de fe con una fidelidad que avergüenza a los que tienen todo y no se comprometen con nada.
Cuba está herida profundamente. Pero no está muerta. Y esa resistencia silenciosa, cotidiana, sin cámaras ni aplausos, esa es quizás la semilla de lo que algún día pueda florecer.