El hombre que decidió lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima, un 6 de agosto de 1945, fue el norteamericano Harry Truman, un evangelista baptista, es decir, un fervoroso anticatólico, especialista en lanzar cartas insultantes, y ligeramente estúpidas, al Papa de Roma.
Desde entonces, Guerra Fría y actualidad diplomática incluida, la humanidad ha vivido pendiente de la bomba atómica.
Se lanzaron dos, una sobre Hiroshima y otra sobre Nagasaki. La primera perseguía la rendición del Japón, la segunda perseguía lo mismo, pero es curioso que un país cristiano, con un presidente baptista, decidiese que la segunda bomba nuclear cayera, precisamente, en la única ciudad católica del Japón. ¿Seguro que fue casualidad?
En todo caso, lo mejor sería que no hubiera armas nucleares. Eso es una obviedad y no procede darle más vueltas. Ahora bien, hasta con las armas atómicas se cumple el principio de que las armas no matan: el que mata es el hombre.