El aproximadamente liberal político Práxedes Mateo Sagasta, junto a Cánovas del Castillo, el protagonista de la Restauración, soltó esa frase en le Congreso: “Ya que gobernamos mal, gobernemos barato”. 

Era un tipo humilde, que reconocía su desastre y por tanto prometía no subir mucho los impuestos. Porque el problema de Pedro Sánchez Pérez-Castejón no es que gobierne mal, sino que encima nos sale carísimo... y además no reconoce ni lo mal que gobierna, ni lo carísimo que nos resulta. 

Sánchez prefiere las mentiras enormes, aquellas que se sitúan en el extremo opuesto a la verdad. Una mentira puede colar y ser aceptada si se repite muchas veces, sin inmutarse. Ya saben: dime de qué presumes y te diré de qué careces.

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Por ejemplo, Sánchez ha convencido a muchos de que la economía española va bien. Vive rodeado de corrupción, sí, pero lo cierto es que las cosas de Mammóm marchan de miedo. Da igual que el PIB per cápita se estanque, que seamos campeones del paro, que la inflación haya disparado el precio de los productos de primera necesidad, sobre todo los alimentos, que los jóvenes no pueden soñar, no ya con adquirir una vivienda, sino tan siquiera con alquilar un piso entero y se planteen alquilar una habitación con derecho a baño. Es igual, la economía va genial y eso supone elevar los impuestos y encarecer la vida, especialmente a los elementos más productivos de la sociedad: los emprendedores. Ergo, la economía española va mal pero en un futuro próximo irá peor.

Y pese a todo, en la tele pública, nos dicen que la economía no puede ir mejor... y todo gracias a Sánchez. 

Debería aprender de Práxedes Mateo Sagasta: ya que gobernamos mal, al menos gobernemos barato.