Ocurrió el pasado miércoles y es una de las intervenciones más jocosas de varias décadas de periodismo. El presidente del gobierno, Pedro Sánchez, el más odiado de todos los españoles, quizás porque, como diría Isabel Rodríguez, es guapo y la gente le tiene paquete por ello, se lanzaba contra los tecno-oligarcas que expanden el odio y el fango por las redes sociales. 

Fue entonces cuando don Pedro entró en éxtasis y exclamó, preso de angustia inenarrable: debemos hablar más de amor y menos de odio.

¡Profeta, que eres un profeta! ¡Más cursi que bailar la música del telediario! ¡Más hortera que un repollo con lazo rojo!

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Ocurre que en tiempos de crisis, los conceptos más serios son los términos más prostituidos: amor y libertad, principalmente. Y esta es una reflexión demasiado profunda para don Pedro. En su caso no está banalizando conceptos. Simplemente es que, en su infinita egolatría, se cree el más perseguido, el más odiado, cuando, de hecho, no está haciendo otra cosa que censurar a quien se atreva a discrepar de él bajo la acusación de odiador.