La gran virtud de Pedro Sánchez es su laboriosidad. Para permanecer en el poder, ciertamente, pero laboriosidad, a fin de cuentas. Nadie sabe cómo puede aguantar el ritmo que afronta cada día y mejor no abrir el capítulo de hipótesis, uno de los comentarios favoritos del Madrid de los Austrias.
Y su gran defecto es que es un ególatra, un ser cuyo universo gira alrededor de sí mismo. Esta obsesión patológica por su persona le mantiene juvenil, pero el retrato de Dorian Grey asoma de vez en cuando. Esta obsesión egocéntrica le mantiene vivo, en circunstancias en las que cualquier otro habría dimitido y corrido a esconderse en alguna cueva, él da lecciones de honradez política, como hizo en el Congreso, el pasado miércoles 24 de junio, festividad de San Juan Bautista.
Su estrategia política es muy sencilla, a fuer de eficaz. Se basa en el antiquísimo proverbio de dime de qué presumes y te diré de qué adoleces. Y así, el miércoles retó, desde la Tribuna del Congreso, al resto de la oposición, no sólo PP y Vox, sino también a sus aliados comunistas de Sumar y nacionalistas vascos y catalanes mientras les daba lecciones de honradez política y personal. ¡Es genial!
En Moncloa se han cogido un cabreo mayor con el socialista catalán que con el juez Peinado
Ahora bien, como los hechos son tercos, resulta que el problema de Sánchez no es con el de enfrente sino con los de su propia casa. No con aquellos que se le han rebelado oficialmente, caso de Felipe González, sino con los que le han apoyado y le apoyan, los que conservan el cargo gracias a él, pero que perciben cómo, a escándalo diario, ni el Sanchismo puede permanecer mucho tiempo más. Es la escuela que pretende retener lo conseguido y modificar, no el Sanchismo, sino a Sánchez, que lo suyo ya canta mucho.
La alternativa más clara es la de Salvador Illa. Ahora mismo, al PSOE le sigue salvando el PSC, granero de voto y de escaños, un poquito a la baja sí, pero todavía con la patina de independencia respecto a Moncloa que Salvador Illa, el pacificador de Cataluña, ha conseguido enhebrar.
El prestigio del solucionador del 'Procés' es alto y en Moncloa lo saben: Sánchez vigila a Salvador Illa más que al mismísimo juez Peinado. Encima, Illa no parece un radical, aunque lo es y por ahora se mantiene y conforma como presidente del gobierno autónomo catalán.
Pero la candidatura de Illa para suceder a Sánchez es tan real que ha servido para que más de un empresario, no todos catalanes, se hayan situado en el punto de mira de Moncloa como poco menos que traidores que apoyan un golpe de Estado interno en el PSOE.
La entronización de Illa como sucesor de Sánchez conlleva una premisa: no se perseguirá a Pedro Sánchez cuando abandone Moncloa. Y eso, para alguien que puede acabar en prisión, es importante
Además, el propio protagonista, Salvador Illa, asegura, al menos a quien quiera escucharle y creerle, que por el momento está muy contento en Cataluña. A Illa no le define su ideología, una auténtica macedonia de principios contrapuestos, por ejemplo, entre presunto cristiano y presunto socialismo, entre centralismo y necesidad de parecer un indepe, sino que no le gusta arriesgar.
Pero la opción Illa es digna de tener en cuenta: porque la entronización de Illa conlleva una premisa: no se perseguirá a Pedro Sánchez. Tengan en cuenta que el presidente del Gobierno no se arriesga a una mera defenestración política: se arriesga a entrar en prisión. Y pocos llorarían si un día Sánchez entra en una celda y se cierran las puertas.
Hay una segunda opción: Óscar Puente, ministro de transporte, un tipo tan inteligente -sí, inteligente- como retorcido. Un tipo listo pero con menos posibilidades que Illa: le pierde su primitiva mala leche y su desastrosa gestión como titular de Transporte y responsable de dos redes que han hecho agua: la red de carreteras y la red ferroviaria. Pero eso puede olvidarse.