Una mujer ha recibido un nuevo rostro, procedente de una persona eutanasiada. RTVE se ha puesto de parte de la ciencia, naturalmente, así que nos ha repetido las innúmeras ventajas de saber cuándo va a morir -día y hora- el eutanasiado donante para proceder al trasplante. Fíjense si sabrán cuando va a morir que lo matan ellos en la sala de al lado del quirófano trasplantador. Todo muy útil, como pueden ver.
Ahora bien, eso de matar a una persona para mejorar la cara de otra, no deja de ser un hábito de horror. Porque, en efecto nos estamos acostumbrado al horror y a convertir a los médicos, dígase científicos, en señores de la vida y de la muerte, en verdugos, aunque se trate de la muerte de un suicida y de la presunta mejora de salud del destinatario.
No sé si se percatan pero, por la vía del feísmo, nos estamos acostumbrando al horror. Por una parte, al horror de la exaltación, naturalmente científica, del suicidio -el peor de los homicidios- y del feísmo, que naciera con el mito literario de Frankenstein pero que hoy se ha convertido en realismo -filantrópico- de la ciencia.
Yo, naturalmente, siempre estoy con la ciencia.
La muerte merece un respeto. Además, el hombre nunca crea y cuando recrea debe evitar... el mito de Frankenstein.