A ver si nos enteramos: los judíos fueron realmente el pueblo elegido por Dios, son, en verdad, nuestros hermanos mayores en la fe. Creen, de verdad, en el verdadero Dios.
Pero no hay peor cuña que la de propia madera. El odio de verdad -no la estupidez interesada de los delitos de odio, que no es otra cosa que censura- siempre procede del que está a tu lado. No se puede odiar, ni amar, al vietnamita, porque nos pilla muy lejos, y, al igual que ocurre con los mascotas, no pueden ofendernos. El único amor que se valora es el del prójimo, porque podría odiarnos, y el único odio doloroso es el del que tienes al lado, el de tu prójimo porque ese sí que ofende.
Dicho esto, ¿me gusta Benjamín Netanyahu? Ya he dicho cien veces que no. No es un judío, es un sionista. Algo así como la derecha cristiana española que se ha convertido en derecha pagana y entonces me disgusta solo un poco menos que la izquierda atea de Pedro Sánchez.
Un sionista cree en el Estado de Israel, un judío cree en Yavé. Entre las muchas diferencias que parten de este distingo, hay una que conviene recordar: un judío nunca ataca, se defiende. En Gaza los judíos fueron atacaos por los palestinos y tenían derecho a defenderse del fanatismo islámico. En el Líbano tal parece que Netanyahu lucha contra musulmanes de Hezbolá pero con ganas de destruir a los cristianos del Líbano.