Sr. Director:

Comparecer ante un tribunal en una vista oral y especialmente en materia penal, aunque solo fuere como testigo de quien asiste para decir una verdad que pueda perjudicarle, es una experiencia que a la inmensa mayoría de las personas no le provoca precisamente indiferencia, sino cierto nerviosismo, incomodidad y hasta temor que suele manifestarse en el tono de voz e incluso en una tendencia a la rigidez física, debido a diferentes circunstancias del lugar y ambiente, que imponen un respeto reverencial. Por eso, resulta llamativo comprobar, por las imágenes y grabaciones que trascienden de algunos intervinientes en los procesos que se están ventilando respecto a la corrupción que afecta directa o indirectamente al Gobierno de Pedro Sánchez, el desahogo y desparpajo con que estos se desenvuelven ante los tribunales. 

Una laxitud que sólo se explicaría si estuvieran acostumbrados a pisar moqueta judicial, ya fuera por ejercer profesiones habituadas a ello o bien por frecuentarlas como delincuentes. Como no consta que estemos ante unos ni otros (que se sepa), sólo cabría explicar esa soltura por tratarse de personas imperturbables o por considerarse por encima del bien y del mal o incluso por mera inconsciencia sobre la trascendencia de comparecer ante un tribunal. En cualquiera de estos casos, no estaríamos ante individuos con reacciones normales en esas circunstancias. Chocante.