Sr. Director:
¿Qué pueden aprender nuestros hijos?
Desde los 3 años hasta los 16 aproximadamente, la escolaridad es obligatoria en nuestro país. Y los padres, madres y tutores, los maestros, los educadores y profesionales de la enseñanza, el personal no docente y los responsables de la educación de los españoles del siglo XXI se han puesto ya en marcha para prepararse y para preparar de la forma más conveniente a nuestros hijos.
No se trata solamente de enseñarles unas nociones teóricas, que ciertamente son necesarias y deben aprender, al menos mínimamente. Se trata de formarles a fin de que sean personas de bien, hombres y mujeres de bien. Hombres y mujeres con sentido crítico y capaces de poner en práctica un sano discernimiento.
Resulta interesante conocer algunos de los significados del verbo educar (del latín educáre): dirigir, encaminar, desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos; enseñar, formar, instruir, ilustrar, aleccionar, orientar, alfabetizar, guiar; perfeccionar o afinar los sentidos; etc.
La educación es un proceso, el proceso de ayudar a los alumnos a ser personas de verdad, facilitándoles el refinamiento de habilidades y capacidades propias del ser humano, mediante el aprendizaje, la asimilación de conocimientos y experiencias, así como también las virtudes, creencias, hábitos y otras características propias de la persona humana.
La educación está profundamente ligada a lo deseable, lo legítimo, lo inobjetable, afirma Miguel Ángel Pasillas.
Sin embargo, desde hace tiempo, lo que es deseable, legítimo e inobjetable para mí no lo es para mi vecino, o no lo es para las autoridades educativas que señalan los contenidos que se han de aprender, o no lo es para un determinado grupo de presión, una ideología, un partido político, un grupo sectario, etc.
La acción educativa se lleva a cabo cuando involucra, al menos, tres operaciones:
1.- Transmitir un fondo cultural común de conocimientos, saberes, valores, reglas, etc.
2.- Orientar o ayudar a sacar algo que alguien ya tiene, es decir, promover el desarrollo intelectual y cultural del educando, desarrollar sus potencialidades psíquicas y cognitivas desde su intelecto y su conocimiento, etc.
3.- Hacer algo con alguien y para alguien, intervenir con los otros, ser capaz de interactuar con los demás.
Cualquier experiencia que tenga un efecto formativo en la manera en que el individuo piensa, siente o actúa puede considerarse educativa.
Mientras el hijo depende de sus padres ha de recibir la educación que sus padres desean para él.
No debería darse el que los padres formen a sus hijos de determinada manera y en el centro educativo se les eduque de forma contraria.
De ahí que sea bueno que tanto la familia, como el centro educativo, como la parroquia y otros lugares formativos se reúnan y se pongan de acuerdo en la forma, modo y contenidos con los que van a ser educados y formados nuestros hijos.
Por lo que se refiere a la educación religiosa, la Constitución Española de 1978 afirma: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones" (Art. 16, 3)
Y también: "Todos tienen el derecho a la educación. Se reconoce la libertad de enseñanza. La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.
Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones" (Art. 27, 1-3)
Lo que ocurre es que el papel es muy sufrido, y probablemente lo que se aprobó mayoritariamente en 1978, hoy ya no sea relevante y ni siquiera se tenga en cuenta en la práctica.
Con todo, los católicos españoles no debemos resignarnos ni asumir como inevitables los desmanes que algunos tratan de imponer no sólo a nuestros hijos, sino a toda la sociedad en su conjunto.
Lo llevan haciendo desde hace décadas el Gobierno central español con su Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes; también los Gobiernos autonómicos con sus flamantes consejerías, y hasta los propios servicios sociales de algunos Ayuntamientos, Diputaciones, etc.
Nosotros, los miembros de la Iglesia Católica, queremos educar a nuestros hijos en la fe cristiana y que las influencias que reciban desde otras instancias sean cristianas.
A nadie imponemos nuestra fe, ni nuestro credo, ni nuestra forma de vivir, pero como nos interesa el bien integral de nuestros hijos y su salvación eterna, deseamos que se respete este derecho de formarles y educarles cristianamente.
No estoy hablando solamente de la enseñanza religiosa, sino de una educación / formación plenamente cristiana que comprende toda la existencia.
El hecho de que nuestros hijos asistan a la clase de Religión o a un centro concertado o privado católico no es suficiente. La educación cristiana va mucho más allá, es algo más profundo. Ha de contar con el ejemplo y el testimonio de los padres, de los educadores, de los catequistas, de los sacerdotes, de las religiosas, de los demás agentes educativos.
De hecho, se aprende a creer conviviendo con quienes creen y se aprende a rezar rezando con los que rezan.
Se aprende a ser cristiano con quienes tienen más experiencia que yo en el ser y vivir cristiano.
Ciertamente, la educación cristiana aventaja a la educación simplemente humana, porque da a quien está aprendiendo el horizonte adecuado: Jesucristo y su Evangelio.