Sr. Director:

Hay líderes impopulares, y luego están los que, como Pedro Sánchez parece que poseen una especie de imán que atrae todo tipo de rechazo, aparte de ser gafe, llegando a ser detestado como nunca otro lo ha sido… Pedro Sánchez pertenece a esa segunda categoría. Su presidencia ha degenerado de tal manera que la crítica ya no se limita a la gestión: se ha personalizado, se ha convertido en costumbre, incluso en espectáculos deportivos y conciertos de música, aunque él no esté presente… y con características especialmente sonoras. No es necesario exagerar para afirmar que su figura concentra uno de los niveles más altos de animadversión pública de la política española reciente; basta observar la frecuencia con la que su nombre aparece asociado a protesta espontánea, sátira persistente y confrontación directa.

Pues, sí, pocos personajes políticos de la historia reciente en España han generado un rechazo tan intenso y personalizado como Pedro Sánchez. No se trata solo de oposición ideológica: su liderazgo se ha convertido en una muestra constante de antipatía pública que trasciende la discusión programática y entra en el terreno emocional. Abucheos en actos públicos, cánticos hostiles y una circulación constante de sátira política configuran un clima donde el presidente no es únicamente un dirigente, sino un símbolo de confrontación.

Su figura no solo divide electoralmente: concentra emociones intensas, cada vez menos adhesiones y un rechazo igualmente vehemente que se expresa en la calle, en la sátira popular y en la conversación cotidiana. No es una cuestión de anécdotas aisladas, sino de clima político. Sánchez gobierna en un entorno en el que su presencia física es, en sí misma, un acontecimiento…

La política democrática siempre ha producido líderes impopulares. Lo singular del caso español es el grado de personalización del rechazo. La figura del presidente concentra frustraciones, agravios y temores que en otras épocas se distribuían más difusamente entre partidos o instituciones. El resultado es una relación tensa entre poder y calle.

En ese contexto, la metáfora de los pueblos Potemkin reaparece con fuerza.

El decorado como necesidad política

La leyenda de Potemkin sobrevive porque es psicológicamente perfecta. Un ministro que construye aldeas falsas para impresionar a la emperatriz. No importa demasiado si ocurrió de tal manera… La historia se sigue narrando porque describe algo humano y eterno: el poder gestiona lo que se ve.

Hoy no hay aldeas de cartón. Hay actos, conmemoraciones, homenajes… todos ellos muy organizados, sin apenas improvisación, públicos escogidos, encuadres milimétricos. No es sólo falsificación: es supervisar y cuidar al máximo la exhibición de la realidad que le interesa al que manda. El problema no es la existencia del decorado —inevitable hasta cierto punto— sino el momento en que el público empieza a mirar más el decorado que al actor principal.

Cuando eso ocurre, la política entra en fase teatral consciente, pantomima, tragicomedia. Cuando un presidente, como en el caso de Pedro Sánchez, se convierte en protagonista habitual de chistes, memes y relatos populares, ha entrado en la mitología cotidiana. Ya no es solo autoridad; es personaje.

La leyenda de Potemkin habla de un gobernante que construía fachadas de cartón-piedra para engañar a la emperatriz Catalina de Rusia. Esta historia hace referencia a Grigori Potemkin, un político y militar ruso del siglo XVIII. Entre su méritos y cargos militares y políticos están haber combatido en alguna guerra o ser gobernador de Ucrania. Además, fue amante de Catalina II de Rusia. Esto último ya nos da una idea de que era un hombre dado a manejarse bien por los tejemanejes de la corte. Y ahí uno se gana tantos enemigos como amigos. En el año 1783, la reina Catalina viajó a Crimea para conocer las nuevas posesiones rusas en la zona. Potemkin, dispuesto a mostrar la mejor cara posible de la zona, forró las calles de algunos pueblos con fachadas de cartón.

En la historia son famosos los pueblos Potemkin de los nazis para engañar a la Cruz Roja y en la actualidad, según cuentan, aún es una práctica frecuente en Corea del Norte.

En España, antes de Pedro Sánchez, la muestra más conocida de “pueblo Potemkin” la tenemos en Luis García Berlanga que, en 1953 estrenó la película “Bienvenido Mr. Marshall”, Aunque la trama es conocida, no está de más recordarla: un pueblo castellano se disfraza de pueble andaluz, en la vertiente más tópica y folclórica para impresionar a los estadounidenses del Plan Marshall. Rejas falsas, decorados improvisados, flamenco de cartón piedra. El pueblo no experimenta ninguna mejora; simplemente “se maquilla”.

Berlanga captó con precisión quirúrgica una constante política: la tentación de representar prosperidad en lugar de producirla. Villar del Río es un Potemkin ibérico. No engaña solo a los americanos; revela una pulsión humana universal: preferir la escenografía a la incomodidad de la realidad.

Hoy no se recurre a crear aldeas de cartón (aunque más de uno es posible que esté tentado de hacerlo), pero sí una sofisticada arquitectura de imagen. Cuando un dirigente se enfrenta a hostilidad mediante una selección escrupulosa de escenarios, control del acceso, coreografía del público, encuadre televisivo. No es necesariamente engaño; es gestión de exposición en un entorno adverso.

La sospecha ciudadana nace cuando esa gestión parece excesiva. Cuanto mayor es la distancia entre gobernante y espontaneidad, más crece la sensación de decorado. La crítica no acusa solo manipulación: acusa artificialidad.

El mito de Potemkin sobrevive porque describe una intuición persistente: el poder teme a la mirada no controlada.

Liderar con enorme rechazo

Un dirigente que sufre abucheo constantemente desarrolla inevitablemente una relación estratégica con el espacio público. La espontaneidad se convierte en riesgo calculado. La calle deja de ser territorio neutro y pasa a ser superficie de fricción simbólica. Esto produce efectos estructurales:

  • Aumento de la distancia entre el líder y los ciudadanos
  • Escenificación más controlada de los actos
  • Refuerzo de protocolos de seguridad
  • Selección cuidadosa de entornos comunicativos

Nada de esto es exclusivo de Sánchez. Es una respuesta institucional predecible ante la hostilidad. Pero la percepción pública no evalúa intenciones: evalúa imágenes. Cuando todo ello se hace más visible, e incluso escandaloso, el discurso de la oposición encuentra materia prima.

Aquí emerge el síndrome Potemkin: la sensación ciudadana de que el poder necesita endulzar, blanquear, camuflar la realidad para sostener su relato.

Sátira, cultura y desafección

La cultura popular funciona como archivo emocional de una sociedad. La proliferación de chistes, memes y relatos satíricos sobre un determinado líder indica que ha atravesado el umbral de la caricaturización colectiva. En términos sociológicos, eso equivale a una pérdida parcial de solemnidad institucional. El presidente se convierte en personaje. Y si alguna vez poseyó “auctoritas”, ahora sólo le queda “potestas”. Tal vez convenga aclarar las diferencias de amabas:potestas es el poder socialmente reconocido, legal y coactivo asociado a un cargo (poder formal), mientras que auctoritas es la autoridad moral, prestigio o saber que se gana y respeta socialmente. La potestas termina con el mandato; la auctoritas perdura. 

El poder simbólico depende del reconocimiento público. Cuando ese reconocimiento se erosiona, la autoridad no desaparece, pero cambia de textura: se vuelve más discutida, más teatral, más dependiente de su puesta en escena.

La sátira persistente no mide mayorías electorales; mide temperatura cultural. Señala que la figura del dirigente ha entrado en el relato cotidiano como objeto de ironía compartida. Es un indicador de desafección, no necesariamente de derrota política, pero sí de desgaste algo más que simbólico.

Democracia hipervisual

La política contemporánea opera en un ecosistema hipervisual donde la percepción precede a la reflexión. Cada acto público es simultáneamente gestión institucional y producción audiovisual. El líder gobierna y actúa, incluso cuando no pretende hacerlo. La cámara convierte cualquier gesto en escena.

En ese entorno, la metáfora de Potemkin deja de ser algo moralmente reprobable y se convierte en condición estructural. No hay política sin escenografía; la cuestión es el grado de conciencia pública sobre ella. Sánchez gobierna en una etapa donde esa conciencia es bastante aguda. El ciudadano no solo consume imágenes: las disecciona.

La sospecha permanente de decorado de cartón piedra es el precio de la exposición mediática.

El círculo de percepción

Se forma entonces un círculo vicioso:

  1. Hostilidad pública visible
  2. Aumento de control escénico
  3. Percepción de artificialidad
  4. Incremento de desconfianza
  5. Nueva hostilidad

Este bucle no es una “enfermedad” de un dirigente concreto, sino dinámica sistémica de democracias polarizadas. El líder se protege para gobernar; la protección alimenta el discurso   de desconexión. La política entra en una zona donde cada solución simbólica genera un nuevo problema simbólico.

Potemkin no describe una mentira concreta. Describe este mecanismo.

Mirar el teatro sin olvidar el gobierno

La tentación del observador es reducir la política a espectáculo. La tentación del poder es confiar en exceso en la escenografía. Ambas son simplificaciones. Un gobierno puede gestionar políticas reales mientras administra su representación pública. De hecho, siempre ha ocurrido así.

La diferencia contemporánea es que el público ve el decorado y lo comenta en tiempo real. La ciudadanía no está fuera del teatro: es parte activa de la dramaturgia. La política ya no se limita a decisiones; incluye interpretación colectiva de imágenes.

Sánchez encarna un momento histórico donde gobernar significa hacerlo bajo sospecha escénica permanente. Esa condición, más que cualquier juicio partidista, define su presidencia: un liderazgo ejercido en el cruce entre gestión y representación, donde el decorado no oculta la política, sino que se ha convertido en una dimensión inevitable de ella.

Y en ese espacio híbrido —administrativo y teatral— se libra hoy una parte esencial del juego democrático.

El humor como termómetro

El clima político también se mide en chistes. Circulan cuando la autoridad pierde aura y se vuelve caricatura. El relato del presidente que, disfrazado, busca aprobación y solo la encuentra en secreto pertenece a una larga tradición de humor político europeo. Estos cuentos no prueban hechos; prueban atmósferas. Funcionan como barómetro emocional de una sociedad que procesa la política a través de la ironía.

Cuando un líder se convierte en protagonista habitual del folclore satírico, significa que ha dejado de ser solo gestor institucional: es personaje cultural.

Crispación y percepción de la realidad

Decir que un presidente es “el más odiado” puede ser una hipérbole retórica. Decir que gobierna en un clima de rechazo intenso y crispación extrema es posiblemente la mejor descripción de la realidad de Pedro Sánchez y de su gobierno. Un gobierno, no se olvide, que da más prioridad a la propaganda que a la acción.

Equiparar a las puestas en escena a las que recurre Pedro Sánchez con los “pueblos Potemkin”, teniendo en cuenta que hace ya mucho tiempo que el presidente del gobierno de España no puede pisar la calle pues, cada vez que lo hace acaba siendo insultado, abucheado, le acaban nombrando a su madre o a sus aliados más criminales y sanguinarios… Pues, no es ninguna exageración.

 Famosa es la ocasión, hace ya más de un año, cuando las terribles riadas de Valencia y provincias limítrofes, en que tuvo que salir huyendo pues, incluso corrió peligro su integridad física, desde entonces es nombrado por muchos como «el galgo de Paiporta»… Sabido es que en cada acto institucional, el sátrapa ordena que el público permanezca lo más alejado de «su persona», y también da órdenes a las televisiones de que silencien los insultos con los que los españoles suelen premiarlo, como por ejemplo el día de la Constitución y el de las Fuerzas Armadas… Es más, suele evitar en lo posible acudir a actos públicos y envía al rey en su lugar… pero, cuando desea hacerse una foto y propiciar que sus escasos seguidores se hagan una «selfi», como fue el último martes en Jaén, recurre a lo que se conoce como «los pueblos de cartón piedra», a la manera de Potemkin con Catalina de Rusia… a los decorados con que se hace acompañar, también añade la presencia de «charos» desplazadas, con autobús y bocadillo, para la ocasión… Lo que no se sabe bien, en el caso de Sánchez, es quién hace de Catalina y quién de Potemkin…

La metáfora de Potemkin no necesita exageración para ser eficaz. Basta observar una constante histórica: cuanto mayor es la hostilidad pública hacia el poder, mayor es la tentación del poder de controlar el escenario, la puesta en escena. Y cuanto más controlado parece el escenario, más sospecha genera en los ciudadanos.

Es un círculo vicioso de desconfianza mutua.