San Jorge es una historia y una leyenda, ambas formidables. Historia: era un soldado que vivió entre los siglos tercero y cuarto, miembro de la guardia personal del emperador Diocleciano. Cuando éste grandísimo emperador e inmisericorde mamonazo decretó la más salvaje de todas las persecuciones contra los cristianos, nuestro militar confesó su fe en Cristo. Por ello fue torturado para que abjurara pero no le dio la gana, así que fue ejecutado.
Su leyenda surge pocos siglos después, ya canonizado, en la alta Edad Media, que aún sufrió la brujería druídica, ergo, demoniaca. Esa, la de nuestro estúpido Halloween. Una religión salvaje y satánica donde, por hacerlo corto, a los sacerdotes no se les amaba sino que se les temía y había que rendirles tributo. Generalmente material, pero también en forma de mujeres jóvenes. ¿De qué se extrañan? Los rijosos siempre han vivido obsesionados con la mujer joven, incluso con las niñas, a las que se entregaba por miedo ya se imaginan ustedes para qué.
Una cuestión está que se arrastra como constante histórpico, presente, por ejemplo, en la América precolombina, verdaderamente tenebrosa, esa América con la que, afortunadamente, acabaron los conquistadores españoles y que ahora nos vende doña Claudia Sheinbaum, como una muestra de la grandeza de aquellos pueblos indigenas esclavizados, no por Hernán Cortés, sino por Moctezuma.
Sí, y Felipe VI y Pedro Sánchez se lo compran.
Pues bien, San Jorge representa la antítesis de ese mundo. El patrón de Aragón y de Cataluña y de un montón de pueblos más, fue un tipo real que se enfrentó al más terrible de los cristófobos clásicos: Diocleciano. Terrible porque Diocleciano no era ningún estúpido, como Nerón y por eso fue aún más cruel con los cristianos que Nerón. Sabía que aquellos cristianos inermes resultaban mucho más peligrosos parA el Imperio que el más numeroso de los ejércitos, porque no se rebelaban contra el emperador, hacían algo peor: le negaban su divinidad, condición que sólo otorgaban a Cristo, o sea, al verdadero y único Dios.
Todo el imperio romano, todo su orden social y hasta su formidable derecho público, se basaba en la aceptación -forzosa, pues era contra toda razón- de un hombre por encima de la ley, por encima de los demás, porque era dios.
Y la leyenda medieval: no es verdad pero es estupenda. Insisto, una reacción cristiana contra la religión druídica y satánica, un dragón, paradigma de la perversidad druídica, al que un pueblo entrega a sus doncellas y un paladín, un caballero que libera a la mujer, en lugar de aprovecharse de ella.
O sea, justo lo contrario de las feministas de hoy, que se jalean con el dragón mientras aúllan desaforadas contra el caballero que las respeta y las pone a salvo.
La historia real de San Jorge es la lucha por dar a Dios lo que es de Dios. La leyenda de San Jorge es la historia misma del caballero cristiano y de la feminidad creativa. O sea, lo contrario del feminismo actual.
¡Feliz día de San Jorge 2026! Un santo simpático.