Sr. Director:
El Rey de España, Felipe VI, ha vuelto a hacer algo incomprensible: asumir con entusiasmo la leyenda negra antiespañola y adular a quienes la promueven.
Sinceramente: ¿qué necesidad hay de arrodillarse ante quienes insultan nuestra historia?
La conquista no fue solo una guerra entre españoles e indígenas.
Fue, en muchos casos, una alianza de pueblos indígenas contra imperios opresores, como ocurrió en la caída de Tenochtitlán. La historia es más compleja que el eslogan… El Imperio Español no creó un sistema colonial racial como el anglosajón. Los indígenas se convirtieron jurídicamente en súbditos de la Corona. Tenían derechos reconocidos por leyes como las Leyes de Indias y podían acudir a los tribunales. Hubo abusos, claro. Como en cualquier imperio de la historia. Pero también hubo algo extraordinario para su tiempo: un enorme debate moral y jurídico sobre los derechos de los indígenas. Ahí están figuras como Bartolomé de las Casas o Francisco de Vitoria.
Paradójicamente, la situación de muchos indígenas empeoró tras las independencias del siglo XIX. Cuando desapareció la Corona Española, quedaron a merced de oligarquías criollas que los explotaron sin las limitaciones legales que existían antes. Es decir: La mayoría de los abusos que hoy se atribuyen a España fueron en realidad obra de las élites criollas posteriores a la independencia. Pero es más fácil culpar a España que mirarse al espejo.
Gran parte de ese discurso negrolegendario antiespañol procede de la propaganda anglosajona desde el siglo XVI en adelante: la llamada Leyenda Negra. Una campaña política diseñada para desacreditar a la potencia dominante de la época. Y desgraciadamente todavía sigue funcionando.
Lo más sorprendente es que incluso muchos historiadores españoles la han asumido, además de quienes en España se hacen llamar «progresistas» y «de izquierdas».
Aunque hay excepciones como Carmen Iglesias -directora de la Real Academia de la Historia- o Elvira Roca BBarea,que han explicado repetidamente lo simplista y falso de ese relato.
Por eso desconcierta que el propio jefe del Estado español repita ese discurso. Un rey debería defender la historia de su país, no reforzar caricaturas propagandísticas creadas por sus adversarios históricos. España debe sentirse orgullosa de su historia y evitar complejos históricos falaces y artificiales. Y desde luego no necesita que su propio jefe del Estado legitime la propaganda contra su nación. Porque eso, francamente… ¡Manda cojones!