Sr. Director:

Hubo un momento —y conviene no olvidarlo jamás— en que millones de personas aceptaron dócilmente:

  • encerrarse en sus casas, 
  • prohibir funerales, 
  • abandonar a sus ancianos, 
  • denunciar vecinos, 
  • cubrirse el rostro durante meses, 
  • y permitir que políticos mediocres decidieran:
    cuándo podían salir,
    con quién podían reunirse,
    qué podían decir,
    y hasta qué sustancias debían inyectarse en el cuerpo para conservar derechos elementales.

Todo ello en nombre de “la ciencia”.

Y quizá lo más aterrador de todo no fuera la enfermedad.
Ni siquiera la incompetencia política.
Lo verdaderamente escalofriante fue descubrir hasta qué punto sociedades enteras estaban dispuestas a entregar:

  • libertad, 
  • dignidad, 
  • intimidad, 
  • pensamiento crítico, 
  • y responsabilidad individual,
    a cambio de una promesa de seguridad emitida desde una pantalla. 

La llamada “penúltima crisis sanitaria global” dejó algo meridianamente claro:
Occidente no sufría únicamente una epidemia vírica.
Sufría una epidemia mucho más grave:
la cobardía intelectual.

Millones de personas descubrieron de pronto que pensar por sí mismas resultaba agotador.
Mucho más cómodo era:

  • obedecer, 
  • repetir consignas, 
  • confiar ciegamente en expertos televisivos, 
  • y demonizar a cualquiera que formulara preguntas incómodas. 

El ciudadano libre se convirtió rápidamente en sospechoso.

Durante meses, el miedo permitió justificar cosas que habrían parecido delirantes pocos años antes:

  • confinamientos masivos, 
  • censura abierta, 
  • vigilancia social, 
  • segregación sanitaria, 
  • propaganda infantilizante, 
  • y destrucción económica a escala gigantesca. 

Y lo más grotesco fue observar cómo muchos defendían esas medidas con auténtico fervor religioso.

Porque aquello dejó de ser una cuestión sanitaria.
Se transformó en una nueva religión civil.

Había:

  • dogmas, 
  • herejes, 
  • sacerdotes mediáticos, 
  • rituales obligatorios, 
  • y una culpabilidad colectiva administrada desde arriba con precisión casi litúrgica.

Las mascarillas dejaron de ser instrumentos sanitarios para convertirse en símbolos morales.
La obediencia se disfrazó de virtud.
Y el miedo pasó a funcionar como forma de gobierno.

El ciudadano ya no debía:

  • pensar, 
  • comparar, 
  • analizar, 
  • ni discutir. 

Debía obedecer emocionalmente.

Y ahí apareció el verdadero rostro del nuevo totalitarismo occidental:
un totalitarismo blando,
emocional,
terapéutico,
infantilizante,
disfrazado constantemente de compasión.

No necesitaba gulags.
Ni campos de concentración.
Ni uniformes militares.

Le bastaban:

  • pantallas, 
  • miedo, 
  • algoritmos, 
  • censura selectiva, 
  • expertos mediáticos, 
  • y ciudadanos aterrorizados. 

George Orwell seguramente habría contemplado el espectáculo con mezcla de horror y admiración.
Ni siquiera él imaginó que poblaciones enteras pedirían voluntariamente:

  • vigilancia, 
  • restricciones, 
  • y control permanente…
    mientras insultaban furiosamente a quienes defendían libertades básicas. 

Y lo más irónico es que todo se hacía “por el bien común”.

Esa expresión.
Siempre esa expresión.

La misma fórmula retórica utilizada históricamente por:

  • burócratas, 
  • fanáticos, 
  • inquisidores, 
  • revolucionarios, 
  • y tiranos de toda especie. 

Porque el “bien común”, cuando no posee límites claros, termina convirtiéndose en la excusa perfecta para aplastar cualquier derecho individual.

Y ahí es donde la crítica de Ayn Rand resulta hoy más actual que nunca.

Rand entendió algo profundamente incómodo para el poder:
que el individuo racional constituye un obstáculo enorme para cualquier sistema basado en:

  • culpa, 
  • obediencia, 
  • sacrificio obligatorio, 
  • y manipulación emocional. 

Por eso defendió el “egoísmo racional”.

No:

  • el egoísmo brutal del saqueador, 
  • ni el capricho infantil, 
  • ni la indiferencia hacia los demás. 

Sino el derecho moral del individuo a:

  • pensar por sí mismo, 
  • vivir según la realidad, 
  • proteger su libertad, 
  • y negarse a sacrificar permanentemente su existencia al altar de abstracciones colectivas administradas desde arriba.

Y precisamente eso es lo que el nuevo moralismo contemporáneo considera imperdonable.

Porque el sistema necesita individuos:

  • culpabilizados, 
  • emocionalmente frágiles, 
  • dependientes, 
  • y permanentemente asustados. 

El miedo es rentable.
El miedo disciplina.
El miedo simplifica.

Un ciudadano aterrorizado:

  • consume más propaganda, 
  • cuestiona menos, 
  • acepta más control, 
  • y termina confundiendo obediencia con responsabilidad. 

Por eso la industria del miedo jamás descansa.

Cuando desaparece una amenaza:
aparece otra.

Pandemia.
Emergencia climática.
Crisis energética.
Amenaza alimentaria.
Virus de la rata.
Colapso psicológico.
Desinformación.
Odio.
Polarización.
Lo importante no es el contenido concreto.
Lo importante es mantener a la población en estado permanente de ansiedad moral.

Porque una sociedad agotada piensa poco.

Y cuanto menos piensa una sociedad, más fácil resulta gobernarla mediante:

  • eslóganes, 
  • emociones, 
  • y enemigos abstractos. 

El episodio del supuesto brote de hantavirus transportado por un crucero procedente del Atlántico Sur volvió a mostrar exactamente el mismo patrón:

  • alarmismo, 
  • expertos, 
  • titulares histéricos, 
  • teatralización política, 
  • y reaparición inmediata de los viejos mecanismos psicológicos del COVID. 

Y entonces reapareció también algo todavía más inquietante:
la memoria emocional del confinamiento.

Bastó volver a escuchar ciertas palabras:

  • virus, 
  • contagio, 
  • cuarentena, 
  • mascarillas, 
  • emergencia,
    para que millones de personas sintieran nuevamente aquella mezcla de: 
  • ansiedad, 
  • obediencia, 
  • y miedo paralizante. 

Ése fue el verdadero contagio histórico de la pandemia:
la domesticación psicológica de poblaciones enteras.

Por eso esta obra —y esta reflexión— no hablan realmente de virus.

Hablan de civilización.

Hablan de una sociedad que parece haber perdido:

  • confianza en sí misma, 
  • capacidad crítica, 
  • fortaleza psicológica, 
  • y voluntad de defender la libertad. 

Hablan de ciudadanos convertidos lentamente en menores tutelados.
De gobiernos obsesionados con gestionar emociones.
Y de medios de comunicación transformados en máquinas industriales de ansiedad.

También hablan de algo todavía más peligroso:
la destrucción deliberada de la prudencia.

Hoy, proteger lo propio empieza a considerarse sospechoso.
Poner límites parece inmoral.
Y cuestionar decisiones oficiales puede convertirte rápidamente en enemigo público.

La vieja virtud de la prudencia ha sido sustituida por el sentimentalismo obligatorio.

Pero una sociedad incapaz de distinguir entre:

  • compasión y suicidio, 
  • prudencia y crueldad, 
  • solidaridad y sumisión,
    termina caminando directamente hacia el desastre. 

Aquí reaparece la frase inmortal de Averroes:

“La ignorancia conduce al miedo, el miedo incita al odio y el odio empuja a la violencia.”

Pocas veces una ecuación psicológica describió con tanta precisión el funcionamiento de las sociedades modernas.

La ignorancia impide comprender.
El miedo exige obediencia.
Y el odio termina dirigiéndose siempre contra quien se atreve a disentir.

Por eso el individuo libre resulta hoy tan incómodo.

Porque el individuo libre:

  • pregunta, 
  • compara, 
  • duda, 
  • analiza, 
  • y se niega a delegar completamente su conciencia en políticos, burócratas o expertos televisivos.

Y eso constituye un peligro enorme para cualquier estructura de poder basada en:

  • propaganda, 
  • miedo, 
  • y conformismo emocional. 

Tal vez la gran batalla de nuestro tiempo no sea sanitaria.
Ni económica.
Ni tecnológica.

Tal vez sea una batalla mucho más elemental:
la lucha por conservar la soberanía sobre nuestra propia mente.

Porque una sociedad puede sobrevivir a epidemias.
Puede sobrevivir a crisis económicas.
Puede sobrevivir incluso a gobiernos incompetentes.

Lo que rara vez sobrevive es la pérdida simultánea de:

  • verdad, 
  • razón, 
  • responsabilidad, 
  • y voluntad de ser libre. 

Y quizá por eso conviene recordar algo esencial antes de la próxima emergencia global cuidadosamente dramatizada:

la libertad casi nunca desaparece de golpe.

Desaparece poco a poco,
mediante millones de pequeñas renuncias justificadas siempre por el mismo argumento:

“Es por vuestro bien.”